©Patrizia Burra
ESTE BLOG ES UN SALÓN DONDE SE REÚNEN ESCRITORES Y AMIGOS PARA CONVERSAR, LEER O PARTICIPAR EN LOS DIVERSOS RETOS QUE SE VAN PROPONIENDO MENSUALMENTE.
Las puertas están
abiertas para todo aquel que desee acompañarnos, sin más propósito que disfrutar
de la escritura/lectura, y crear esos bonitos vínculos que nos conectan con
la emociones en este viaje maravilloso en el que compartir y sentir desde la
reciprocidad.
HISTORIAS ENCADENADAS
Las historias permanecerán abiertas durante un mes.
Cada uno de los participantes deberá continuar el hilo
argumental a partir del anterior comentario.
No hay límite de palabras, y podéis participar tantas veces
deseéis.
En el muro del blog tendréis los enlaces para acceder a cualquiera de las historias; VUESTRAS HISTORIAS.
Aimie-Lee Bliem
Textos del reto de julio y agosto «La vida»:
Chica/ Roselia Bezerra/ Nuria de Espinosa/
Rodrigo Fúster/ Gustab/ María/ Auroratris/
Campirela/ Dulce/ Lunaroja/ Chema/
Dafne Sinedie/ Marifelita/ Tracy/ Ginebra.
lunes, 31 de agosto de 2026
Reflejos en violeta
domingo, 31 de agosto de 2025
Desnudos
lunes, 30 de junio de 2025
El diario de Esther
sábado, 31 de mayo de 2025
Recuerdos fugados
miércoles, 30 de abril de 2025
Oportunidad o condena
(Autora: ©Marifelita)
A día de hoy todavía me cuesta asegurar si mi supervivencia es una verdadera condena o una sencilla oportunidad. Hoy se cumplen ya cinco años desde que empezó la guerra. Y puedo asegurar sin ninguna duda que han sido los más largos, intensos y peores de mi vida.
Tal día como hoy hace cinco años saltaron a los titulares de la prensa internacional en inicio de la guerra entre nuestro país y el vecino, tras años de tiranteces, provocaciones y conflictos internos de poca relevancia para la política internacional.
Pero ese día acaparamos el interés mundial como si de la noche a la mañana fuéramos descubiertos globalmente y todo el planeta nos ubicara en el mapa. En lugar de recibir el soporte internacional y mediación esperada por todos para frenar el inminente conflicto, para sorpresa de todos (o quizá solo para sorpresa nuestra, los principales afectados en el problema) el conflicto se alentó intencionadamente llevándonos a una larga y cruda guerra durante años.
En este tiempo he podido descubrir de qué está hecho el género humano, para bien y para mal. No puedo negar que he conocido la verdadera amistad, la generosidad desinteresada de muy buenas personas que me han ayudado sin esperar nada a cambio y arriesgando mucho en medio de toda esta locura.
He sido testigo también del lado más oscuro que podemos esconder cada uno de nosotros en las situaciones más extremas. Con mis propios ojos he visto los monstruos de la guerra: desapariciones y asesinatos, violaciones y abusos, robos y pillaje, hambre y violencia desmesurada. A día de hoy aun no logro comprender como he sobrevivido a todo ello.
Ahora que la guerra ya se ha acabado, puedo decir que he perdido todo lo que tenía: mi trabajo pocos días antes de empezar el conflicto, nuestro jefe cerró la fábrica cogiendo todo su dinero y huyendo al extranjero; mi casa quedó hecha escombros con los primeros bombardeos en tan solo unas horas; bajo los cascotes quedaron mi madre que sufrió una angustiosa y larga demencia durante años y mi hermano, que arrastró un problema grave de drogadicción desde su adolescencia, sin encontrar nunca la forma de superarlo.
He huido lejos, fuera de un país que ya no reconozco como mío. Que me lo ha arrebatado todo y que nada puede ya aportarme. Quizá en la distancia pueda olvidarlo todo o incluso perdonarlo algún día. Soy una persona nueva, que empieza de cero. Sin pasado ya que no me interesa conservarlo. ¿Qué pensarían mi madre o mi hermano de mi postura? Espero que me perdonen si en alguna otra dimensión son capaces de oír mis pensamientos. Pero creo que para ambos este resultado ha sido el mejor posible ya que sus futuros no eran demasiado alentadores, se han ahorrado años de sufrimiento, ellos y también a mí, debo admitirlo.
Pero esta misma convicción que siento ahora me hace sentir la peor de las personas, no puedo evitar. Me hace sentir culpable el hecho de tener estos pensamientos y el hecho también de seguir yo viva al contrario que ellos y de otros muchos que no pudieron conseguirlo.
Dicen que la guerra hace un borrón y cuenta nueva de todo, aunque yo creo que quizá solo de lo material. De todo lo demás creo que es devastadora y perversa con todas las ideas que bullen en nuestras mentes heridas y los sentimientos que quedan encerrados en nuestros corazones.
En mi nuevo país de acogida he acabado mis estudios de magisterio, que dejé colgados cuando mi madre enfermó para poder cuidarla. He conseguido un buen trabajo de profesora de primaria en una escuela rural. Allí he hecho nuevas amigas, algunas de ellas comparten casa conmigo. Ahora son mi nueva familia. Y si tengo un propósito en esta nueva vida que me han regalado, es la de ser de ayuda y útil a otros, enseñar todo lo que he aprendido a las nuevas generaciones para forjar jóvenes mentes con la fortaleza y en convencimiento suficiente para que otra guerra como esta no se vuelva a repetir.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Pros y contras”)
lunes, 31 de marzo de 2025
El último golpe
(Autora: ©Marifelita)
Hoy no soy el favorito. De hecho, hace tiempo que ya no lo
soy. Cada golpe de mi pareja de baile esculpe una nueva figura, una que no se
parecerá en nada al hombre que entró en el ring y que cuando acabe el encuentro
tan solo te lo recordará vagamente. Saldrá un hombre nuevo, dolorido en cuerpo
y alma, con la cara hinchada, enrojecida y con nuevas heridas que pasarán a la
colección de viejas cicatrices ya acumuladas con los años.
Mis sentidos me abandonan a medida que los asaltos avanzan.
El zumbido de mis oídos mitiga al ruidoso público que nos vitorea e importuna
por partes iguales desde que entramos en el recinto. Mi ojo izquierdo, ya
tocado de otros combates anteriores, no me deja ver más que sombras, rojizas
debido al sudor y la sangre que mezcladas sobre mi ceja partida, gotean
desbordándose por mi mejilla. En su último golpe, el dolor es insoportable y
hace que casi me quede sin aliento.
Me siento agotado, no tanto por los golpes sino porque
llevamos ambos danzando al son de las voces de las gradas que nos animan
constantemente a tumbar al otro con sus elocuentes sugerencias y sus gritos de
ánimo al decir insistentemente: “mátalo”, “ya es tuyo”, “está acabado” y
mensajes similares.
Ahora ya solo se trata de resistir, encajar la paliza lo
mejor que pueda y soportarlo como lo hice en cada pelea durante todo este
tiempo. Solo espero que termine rápido. En mi última visita al rincón del ring,
mi entrenador me grita, o al menos eso intuyo por sus gestos violentos y
exagerados. Debe estar cabreado, parece excitado, pero un pitido insistente y
prologado hace que ya no oiga ninguna de sus instrucciones. Él parece ser el
único que aún cree en mí, pobre necio, con esperanzas de que hoy tenga un
resultado diferente.
Siento un cansancio de todo lo que hay fuera de este ring, de
este cuadrilátero que durante más de la mitad de mi vida lo ha sido todo para
mí. Fuera de él no soy nadie, ya no soy nada. Un trozo de carne más, un saco de
huesos que solo sirve para encajar golpes, para que otros pasen un rato
divertido y ganen un puñado de billetes a nuestra costa.
Segundos antes de oír la campana que nos liberará a ambos de
este largo baile con el que empezamos la noche, noto un directo en mi mentón y
en unos segundos, la lona en contacto con mi piel, y hago un titánico esfuerzo
por mantener mis parpados abiertos, que caen, haciendo que todo desparezca de
mi vista y antes de perder el sentido, y justo en ese momento sé que todo ha
acabado.
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)
viernes, 28 de febrero de 2025
" BIONIC-A"
(Autora: ©Marifelita)
Cuando voy por la calle, la gente que pasa por mi lado, me mira con cierto recelo. Sí, veo en sus ojos parte de rechazo, en ocasiones miedo y en otros, miradas de lástima que les resultan imposibles de disimular.
Mi físico es un tanto peculiar, incluso con cierto toque futurista, no paso desapercibida. Algunos niños en el supermercado o en la parada del autobús se acercan osados a preguntarme si soy un robot. Las madres les dan un buen estirón y se apartan de mi lado ruborizadas y disculpándose nerviosas por su atrevimiento.
Debido a un aparatoso
y desgraciado accidente que sufrí hace ya unos años, fui sometida a unas
cuantas intervenciones que salvaron mi precaria vida. Sin duda, de haberme
ocurrido muchos años atrás hubiera muerto sin remedio. Pero gracias a los
grandes avances de la tecnología y la medicina, estoy viva para contarlo,
aunque mi vida es totalmente diferente a la que llevaba antes.
Los primeros años
fueron de total dependencia, principalmente de mis padres, volvía a sentirme
como una niña. No podía caminar, no podía asearme por mí misma ni tampoco comer
sola. Necesitaba ayuda para todo, hasta la cosa más sencilla e insignificante.
En el accidente que sufrí perdí todo el lado derecho de mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Por lo tanto, me quedé sin mi brazo y pierna derechas, además de dejar tocados algunos órganos internos y también perdí la visión del ojo y el oído derecho.
La recomposición facial fue lo más fácil, casi no se me nota, con una operación de cirugía plástica, todo volvió a su sitio, tan solo mi implante sobre mi nueva oreja derecha da pistas de que mi audición no es del 100%.
Mi caja torácica, mi brazo y mi pierna nuevos, ya eran otra cosa… Tras varios implantes fallidos e intervenciones innovadoras, pasé unos años de quirófano en quirófano sin obtener los resultados que los ambiciosos cirujanos e ingenieros esperaban. Pero lejos de caer en la peor de las depresiones tras tantos intentos y sus decepcionantes resultados, no podía permitirme verlo de otra forma que una nueva oportunidad.
Milagrosamente salí con vida de aquel aparatoso accidente, y siento que he sido escogida para disfrutar de una segunda oportunidad que no pienso desaprovechar. Tenía una muy mala vida antes, ahora lo puedo confesar. Mi familia, amigos y compañeros de trabajo vivían ignorantes de todo, aunque ahora que lo pienso en la distancia, veo difícil que no sospecharan que algo en mi matrimonio no funcionara bien.
Mi pareja nunca me puso la mano encima, pero en lo relativo al componente emocional se cebó conmigo. No supe nunca cuál fue el detonante, la situación o el motivo que hiciera que me tratara como lo hacía. Solo cuando estábamos solos, me hablaba de esa manera agresiva, hiriente, despectiva y me hacía sentir tan poca cosa, insegura, desgraciada incluso dependiente. Ahora, miro atrás y no sé darme cuenta de cuando empezó todo.
Pero una noche fue más allá, o quizá yo no pude soportarlo. Estábamos regresando a casa, tras asistir a la fiesta de unos amigos. Esperábamos el metro en el andén y empezó como siempre su discurso, tras cualquier insignificante palabra mía. Aquella retahíla de insultos adornados con aquel educado vocabulario suyo, y aquel tono de voz pausado como si estuviera comentando cualquier tema banal y sin importancia. No era su volumen ni tono de voz el que me hería, sino el contenido y fondo de sus palabras.
Y entonces, delante de aquel público improvisado del andén y expectante al ver entrar el metro a la estación, sin pensarlo dos veces, decidí tirarme a la vía, sin no antes llevármelo conmigo. Y justo en el momento de saltar, le cogí por la manga del abrigo y tiré de él, cayendo juntos a la vía justo cuando el metro atravesaba el andén.
Él murió en el acto. Lo que quedaba de mí, tras unas semanas en coma, regresó a la vida milagrosamente, gracias a la atenta observación de un equipo de médicos e ingenieros que me propusieron su ambicioso proyecto tan pronto desperté de aquella larga pesadilla.
El proyecto del que soy producto, se llama BIONIC-A, debido a que soy el primer prototipo. Reconozco que conservaba cierta ilusión por averiguar si sería la primera mujer biónica al 50% de la historia y a día de hoy puedo decir que finalmente ha sido todo un éxito. Ahora hay muchas miradas y esperanzas puestas en mí, así que no puedo decepcionarlos, tengo una gran labor que realizar y un largo futuro esperándome.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Resiliencia”)
miércoles, 8 de enero de 2025
La vida en llamas
Cada año por estas fechas me ronda la misma visión. A veces me visita en sueños, en otras se cuela en aquel lugar de mi memoria, donde guardamos las cosas que no desean ser recordadas.
Era una noche de San Juan, tomábamos la cena en un picnic improvisado en el jardín de los Bertrand, los vecinos de la finca contigua a la nuestra. Los niños, tomábamos los postres tumbados en unas mantas observando el cielo, adornado por los fuegos artificiales. Mis padres no llegaban y los Bertrand llamaron a casa sin recibir respuesta. A lo lejos una columna de humo salía de nuestra casa y en minutos se convirtió en llamas, que ardieron con tal ferocidad que en pocos minutos la fachada de madera de nuestra casa centenaria se convirtió en una gran fogata. Los vecinos de los terrenos colindantes no dudaron en intentar sofocar el incendio por todos los medios a su alcance, pero para cuando llegaron los bomberos que tardaron una eternidad, ya no quedaba rastro de la casa.
Esa noche mi hermano y yo quedamos huérfanos y pasamos al cuidado del orfanato local, hasta que unas semanas más tarde nos encontraron una familia de acogida en un pueblo cercano. Mi hermano pareció encajar mejor que yo la muerte de mis padres, con más serenidad. A mí me llevó varios años de pesadillas y terapias superar su pérdida, sumida eternamente en una profunda depresión.
Si había algo que me inquietaba y me asustaba por encima de cualquier cosa era enterarme que en alguna finca vecina les había sorprendido un incendio. Solo conocer la noticia, me hacía revivir de nuevo nuestro drama familiar. No era extraño que hubiera de vez en cuando un incendio, en aquellas casas viejas y poco cuidadas, aquellos campos abandonados y secos, sobre todo cuando llegaba el verano. Después de la verbena de San Juan siempre había alguna desgracia que lamentar.
Por esas fechas siempre estaba más sensible al recordar nuestra tragedia. Nuestros padres dejaron un hueco difícil de llenar. Los Rizzo, la pareja que nos acogió en su casa durante años, nos cuidaron muy bien, pero nunca podrían sustituir a nuestros padres. Esa noche del año tan especial, cuando más necesitaba a mi hermano, él siempre estaba ausente, decía que prefería pasar esa noche a solas, que no era buena compañía para nadie.
Esas noches temía meterme en la cama y quedarme dormida, era cuando me asaltaban aquellas horribles pesadillas. Entraba en nuestra vieja casa, nada más poner el pie se oía el crujir de la madera vieja. Parecía que no había nadie, mis padres aún no habían regresado de sus quehaceres en el campo, pero yo notaba una presencia. Subía a mi habitación y me tendía en la cama. De repente oía el chasquido de una cerilla al encenderse y el olor inconfundible del fósforo y entraba volando en mi habitación justo antes de que la puerta se cerrara de golpe. Caía en la alfombra que se incendiaba en segundos mientras yo intentaba salir, pero la puerta no se abría, el picaporte no giraba. Me dirigía angustiada a la ventana, pero tampoco lograba abrirla. Entonces en medio de aquella humareda, mis ojos empezaban a llorar sin poder evitarlo y el humo se colaba en mis pulmones provocándome una tos descontrolada. Intentaba pedir auxilio, pero me faltaba el aire, y ya caída en el suelo intentaba arrastrarme, pero mi cuerpo pesaba y no avanzaba. Detrás de la puerta oía a mi hermano llamarme y golpear la puerta sin conseguir entrar y entonces perdía el conocimiento justo cuando despertaba del sueño. Entre lágrimas, asustada y faltándome la respiración, como en la pesadilla.
Ya habían pasado diez años desde el incendio en nuestra casa y no podía deshacerme de aquellas malditas pesadillas, me perseguían allá donde fuera. Fue después de aquel verano cuando llegó el momento de irme a estudiar a la universidad, pensé que sería bueno para mí cambiar de aires, quizá en la distancia, todo sería distinto y no me perseguirían mis viejos fantasmas.
El día que recibí la carta de admisión a la universidad que yo deseaba, subí corriendo las escaleras y entré en la habitación de mi hermano para darle la buena noticia. Me recibió como siempre con una gran sonrisa.
—Me alegro un montón por ti, canija. Yo también tengo buenas noticias para ti. Hoy he entregado mi solicitud para ingresar en el cuerpo de bomberos.
En aquel momento, al mirarle vi algo en sus ojos, y un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Me dejó sin respiración. Algo en mi interior siempre lo había sospechado. ¿Sería él el culpable de todos aquellos misteriosos incendios locales? Y lo que definitivamente me heló la sangre y casi me hizo perder el conocimiento fue pensar que tuviera algo que ver en el incendio de nuestra casa.
Era mi hermano gemelo, lo conocía tan bien como si fuera yo misma. En ese mismo instante, al cambiar su semblante, puede que al leer en mi cara desencajada, que yo quizá sospechara algo, lo supe.






01sunbathersgallery.ngsversion.1438432202428.webp)

















