©Patrizia Burra
SERENDIPIA
Ella forma parte de nuestra vida de muy distintas maneras, pero todas ellas son como esa chispa, casual y motivadora, que de pronto nos abre una puerta o nos tiende un puente para llegar a cualquier punto en el que dibujarnos esas alas de papel, y volar por cualquier confín que nos propongamos, e incluso, imaginemos. Ginebra©®

ESTE BLOG ES UN SALÓN DONDE SE REÚNEN ESCRITORES Y AMIGOS PARA CONVERSAR, LEER O PARTICIPAR EN LOS DIVERSOS RETOS QUE SE VAN PROPONIENDO MENSUALMENTE.  
Las puertas están abiertas para todo aquel que desee acompañarnos, sin más propósito que disfrutar de la escritura/lectura, y crear esos bonitos vínculos que nos conectan con la emociones en este viaje maravilloso en el que compartir y sentir desde la reciprocidad.  
 

Quienes invertimos tiempo, ilusión y sueños a través de las letras, bien sabemos de la importancia del arte en cualquiera de sus expresiones. Esa voz interior que, entre gráciles musas, se pronuncia a través de cualquier vía con la que exteriorizar la inspiración.
 
Siéntete como en casa...
La mente es una magnífica fábrica generadora de historias. Somos nosotros los que llevamos la batuta; los que cincelamos los caminos, los mundos y los personajes. Sé libre para hacerlo. Date la oportunidad de volar, y dánosla a los demás para hacerlo contigo.
 
 
BASES CONVOCATORIA
 
Los retos estarán vigentes durante un mes.  
Los textos pueden realizarse en cualquier formato, y no hay límite de palabras.
Dejadme vuestros enlaces en el apartado de comentarios, y vinculad vuestras publicaciones a este blog.
Una vez finalizado el proyecto, el último día de cada mes, vuestras participaciones serán publicadas en este blog bajo la etiqueta de vuestra autoría.
 
En cuanto a los textos, y como ya sabemos quienes escribimos, muchas veces, y sin darnos cuenta, nos comemos una letra; no tildamos; y algunas cosillas que se nos escapan… Es pues que, con vuestro permiso, y puesto que leo todos los textos con esmero antes de publicarlos, me tomo el beneplácito de corregir esos pequeños detalles (NUNCA EN SU ESTRUCTURA).
En el caso de que alguno de vosotros prefiriera que no lo hiciese, por favor, hacédmelo saber.
 
Muchísimas gracias por vuestra compañía, tanto a los que participáis, como a los que nos seguís con vuestra lectura. 

HISTORIAS ENCADENADAS

Las historias permanecerán abiertas durante un mes.
Cada uno de los participantes deberá continuar el hilo argumental a partir del anterior comentario.
No hay límite de palabras, y podéis participar tantas veces deseéis.

En el muro del blog tendréis los enlaces para acceder a cualquiera de las historias; VUESTRAS HISTORIAS. 



Aimie-Lee Bliem
Mostrando entradas con la etiqueta Marifelita. Mostrar todas las entradas
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lunes, 31 de agosto de 2026

Reflejos en violeta

 

(Autora: ©Marifelita)

Slim Aarons
 
Hay mañanas que al ir a ducharme para salir pitando a trabajar, evito mirarme al espejo. El reflejo que me devuelve estos últimos meses me inquieta. No es por ver como el paso del tiempo se ceba conmigo ya que nunca he sido especialmente presumida. Descubrir una cana nueva por aquí y alguna pequeña arruga o mancha en mi piel por allá, no me quita el sueño, aún. Pero sí que hay pequeños detalles que veo en el espejo que me perturban y hacen que los engranajes de mi mente se pongan en marcha y mi traicionera memoria me devuelva recuerdos que ya estaba empezando a olvidar.
 
No puedo evitar recordarla cuando al mirar mi reflejo la veo a ella. Los mismos ojos de ese peculiar tono gris tirando a violeta, que inspiró mi nombre. Ahora ya apagados y cansados, sin fuerzas ni ánimos para luchar por nada ni nadie. Esa boca pequeña que antes, con sus labios carnosos y aquel tono rojizo invitaba a besarla, pero que ha ido perdiendo la intensad de la juventud. Ahora con ese gesto torcido como de desaprobación por todo lo que nos ha deparado la vida, o por todo aquello que nos ha negado.
 
Esas orejas pequeñas, pero caprichosamente arqueadas hacia delante, como si estuvieran preparadas para huir en cualquier momento, pero que al final siempre se quedan por pura cobardía.
 
Nuestra redondita y chata nariz, herencia familiar de varias generaciones, por la que se deslizan caprichosamente mis gafas. Hacen que con mi mirada por encima de ellas aparezca una listilla descarada y prepotente que desprecia abiertamente cualquier comentario o idea ingeniosa que se te ocurra, como ella también solía hacer, pisoteando cualquiera de mis ilusiones juveniles. ¡Ay, esa nariz, si hubiera ido creciendo con cada mentirijilla suya! La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado, o quizá no.
 
El pelo negro como una noche sin luna, pero mágicamente rojizo bajo los rayos de sol. Ensortijado y rebelde, aunque pareciera libre, más bien resultaba caótico y desordenado, imposible de peinar y dominar, como ella misma, supongo.
 
Al lavarme las manos menudas, veo sus dedos cortitos y regordetes, y recuerdo sus uñas tan bien recortadas, limpias y perfectamente pintadas, cuidadas como las de una señora, aunque no se puede decir lo mismo de las mías, olvidadas de cualquier arreglo.
 
En ocasiones sale de mi boca alguna expresión, como aquellas que ella utilizaba habitualmente y que tanto odio oírmelas decir ahora. Como cuando decía orgullosa “el único libro que me he leído fue el misal de la comunión”. No dudo que un hada del bosque del “Gran Conocimiento y Curiosidad” fallecía irremediablemente al pronunciar aquellas palabras, lo sé. Y algo del poco respeto y admiración que me quedaba por ella, si es que alguna vez lo tuve, también.
 
La recuerdo sentada, mirando hacia la televisión, como si fijara la vista en la pantalla. Pero su mente volaba, ya no estaba allí sino calculando y tejiendo alguna historia con la que conmovernos y pedirnos algún favor. Mientras lo hacia sus inexistentes cejas, en su juventud finas y cuidadas, ahora desaparecidas y sustituidas por una delgada línea pintada, marcaban una expresión y un ánimo distintos según su habilidad de esa mañana para ser dibujadas, por su tembloroso pulso.
 
Cuando yo era niña y quería castigarme o hacerme sentir culpable por cualquier cosa que hiciera que no fuera de su agrado, me decía con voz muy afectada “Eres igual que tu padre”. Siempre lo asocié a algo negativo, ya que interpreté que debería ser una mala persona por habernos abandonado. Y automáticamente buscaba la manera de compensarle mi mal comportamiento y el mal trago, alagando su maestría en la cocina, su inteligencia y desenvoltura con cualquier cosa, cuando en realidad era negada para todo, no por capacidad, sino por falta de interés y cobardía, que es la peor razón por la que uno se frena a hacer cualquier cosa en la vida.
 
Crecí como una niña insegura, temerosa de todo, tímida en cualquier relación social, acobardada ante toda novedad, rendida antes de empezar cualquier proyecto, miedosa del futuro, nunca decidida a emprender nada nuevo, ni me veía suficiente atractiva o interesante para que nadie se fijara en mí. Y ella lo sabía, y lo peor de todo es que lo alimentaba. Me moldeó a su medida, me convirtió en una hija complaciente hasta tal punto que llegué a vestir exclusivamente con la ropa que ella me compraba, utilizaba su misma colonia, escuchaba la música que a ella le gustaba, solo íbamos al cine a ver las películas que ella escogía. Mi única rebeldía era escaparme de vez en cuando a la biblioteca, o leer a escondidas en casa alguna novela romántica, que camuflaba entre mis cuadernos y libros de la escuela, convencida que allí nunca las encontraría. Nunca me di ningún capricho de niña, eso me ha hecho ser la mujer austera que soy ahora. Tenía una pequeña hucha que los primeros años alimentaba con ilusión con algunas aportaciones que me daban mis abuelos y mis tíos. Con cualquier pretexto, como una imperiosa necesidad ella me demandaba y yo siempre la abría para ayudarla, pero luego resultaba ser algún capricho, un vestido o perfume nuevo que ella se regalaba. Y yo tonta de mí, siempre caía en la trampa.
 
Siempre fue una madre posesiva y exageradamente protectora. Su vida se centró en mí y mi vida fue la suya. Su decepcionante historia de amor con mi padre, al que nunca conocí, hizo que se amargara la vida pensando en lo dañinos y engañosos que eran los hombres, e intoxicando la percepción que tendría de ellos durante mucho tiempo.
 
Pocos hombres se interesaron por mí, y todos ellos huyeron de mi lado al conocerla. Y ella lo sabía, que con cada decepción amorosa, más me anclaría a su lado. Hubo una temporada en la que me aventuré a salir con algunos amigos de mis amigas. El experimento no salió bien del todo, fue una época en la que me lo pasé bien, aunque con una decepción tras otra.
 
Cuando me arreglaba para salir, o pasaba la noche fuera, la cara se le transfiguraba. Al regresar siempre me esperaba para decirme: “Esta Violeta no me gusta”. Y cuando se enteró que empezaba a salir con gente que conocía por Internet, entonces eso ya la superó del todo.
 
Volvió a recurrir al viejo truco que ya utilizaba en mi infancia para salirse con la suya, pero que ahora ya no funcionaba. “Cualquier día de estos me tiraré por el balcón y acabaré con todo”, me decía. Ya podéis imaginaros lo que supone oír esto a tu madre con escasos diez años cumplidos.
 
Estuve años temiendo el sonido que marca el final del programa en la lavadora, pensando que al salir a tender la colada a la terraza cumpliera su amenaza. Siendo ya adulta, la miraba de reojo al salir fuera, y confieso que en alguna ocasión pensabas si sería ese el día, pero una pequeña parte de mí se decepcionaba al comprobar que de nuevo no tenía agallas para dar el paso. Si tan cansada de vivir estaba, según ella me recordaba incansablemente cada día de nuestras vidas, ¿por qué no lo hizo nunca?
 
Ella ya no está y tengo una extraña doble sensación que me inquieta. Por un lado, cierta tristeza al pensar que he perdido a la constante de mi existencia y me siendo como una niña perdida. Por otro, cierto alivio y ligereza al saber que el lastre que frenaba mi vida y me impedía disfrutarla, ya no está y soy libre para hacer nuevas amistades, vestirme como quiera, escuchar la música que realmente me guste, disfrutar de nuevas películas y viajar donde y con quien me apetezca.
 
 
Slim Aarons

 
Así que este verano, el primero que pasaré sin ella, tengo la firme determinación de disfrutarlo hasta el último segundo y aprovechar el tiempo perdido. Este y todos los que vendrán. Estoy en una edad en la que soy todavía joven para ser mayor y demasiado mayor para ser joven. ¡No tengo tiempo que perder! Como dice la canción… “El tiempo que se pierde, no vuelve”.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: «La vida»).


domingo, 31 de agosto de 2025

Desnudos

 

(Autora: ©Marifelita)


(Bill Brandt)


 
Acalorados, cabreados y desorientados por culpa del GPS, creímos llegar a nuestro destino. Aquella playa paradisíaca, recomendada por unos amigos, resultó ser una modesta cala, tranquila y poco transitada, por algunos visitantes completamente desnudos. Un viejo cartel con letras desteñidas anunciaba lo evidente: Nudista.
 
Mi pareja durante treinta años, poco amigo de imprevistos, probar cosas nuevas y que creía conocer bien hasta ese momento, se giró con una mirada pícara preguntándome:
 
—Ya que estamos aquí, nos quedamos ¿no?
 
Me cayó el mundo encima. Estaba agotada de nuestra interminable excursión y lo único que deseaba era soltar todos los bártulos y darme un chapuzón.
 
Nunca había estado en un lugar similar, y estar rodeada de gente desnuda por todas partes me incomodaba. Mirara donde mirara, hombres y mujeres, jóvenes y maduros: todos desnudos.
 
A su difícil pregunta solo pude contestar con media sonrisa incómoda, que interpretó como un sí.
 
Sorteando toallas y parasoles, llegamos a un claro donde instalarnos. Nunca he tardado tanto en colocar toallas, parasol y quitarme la ropa doblándola cuidadosísimamente. Solo faltaba quitarse el bikini, cuando comprobé sorprendida que mi pareja estaba instalada sobre su toalla, completamente desnudo y aplicándose generosamente protector solar donde nunca le había dado el sol.
 
Me sentí una intrusa, siendo la única “vestida” de toda la cala. Hice un enorme esfuerzo quedándome en “Top Less” pero fui incapaz de ir más allá. Para esconder mi “no desnudez” decidí meterme en el agua, tenía un calor insoportable y no solo era debido al inclemente sol.
 
Desde allí observaba cuerpos peludos y perfectamente depilados, carnes apretadas y colgantes, pieles tersas y arrugadas, bronceadas y níveas, todo un catálogo de cuerpos de lo más normales. Ninguno sería portada de revista, pero todos orgullosos de compartir su desnudez con el mundo. Me hizo pensar que le damos más importancia de la que realmente tiene, por la vulnerabilidad e inseguridad que la acompañada, cuando es algo tan natural.
 
Algo hizo click en mi cabeza y como una Venus salí de aquellas aguas con mis braguitas en la mano. Un gesto imperceptible para el resto de bañistas, pero gigantesco para mí. Una sensación refrescante de libertad que os recomiendo.
 

(Clifton R. Adams, National Geographic)


 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: “La fotografía”)


lunes, 30 de junio de 2025

El diario de Esther

 

(Autora: ©Marifelita)

Purita Campos

 
Yo que nunca he sido nada deportista, me he apuntado al gimnasio. Mis compañeras de clase me han comentado que Miguel, el chico que me gusta y que va dos cursos por delante, empezaría a trabajar este mes en el gimnasio de moda de la ciudad.
 
El verano pasado lo vimos de socorrista en la piscina municipal. Y fue cuando me quedé colgada por él. Mis amigas se burlan de mí porque dicen que es totalmente inaccesible para una chica como yo, que me vaya olvidando. Mejor no hacerse ilusiones con esa clase de chicos cuando una no tiene ninguna posibilidad. Pero yo paso de hacerles caso, me gusta demasiado, no lo puedo evitar.
 
Así que con mi nuevo conjunto de bañador, chanclas, gorro y gafas todo a juego, fui decidida a la zona termal y su piscina interior. Mi plan era hacerme la encontradiza y que, a fuerza de ir viniendo cada día un ratito, fuéramos entablando conversación.
 
Lo que en un principio me pareció un buen plan, no estaba dando los frutos esperados, o al menos no al ritmo que yo pretendía. Llevaba quince días seguidos viniendo a la misma hora. Y ni él me dirigió la palabra ni yo me atreví a saludarlo. Creo que con el gorro y las gafas quizá no me reconocía. Siempre me quedaba de las últimas para que no tuviera más remedio que venir a avisarme que era la hora de cerrar, pero ni así conseguí la más mínima reacción.
 
En lo que sí me había fijado es que a esa misma hora casi antes de cerrar, venía otro chico que solo se estiraba en una tumbona del solárium y allí pasaba el rato. Él sí que se quedaba el último y serían amigos porque charlaban animadamente, se reían e incluso alguna vez le ayudaba a recoger.
 
Pero hoy he entrado en la piscina decidida a no esperar más y saludarle a la primera ocasión que tuviera. Cuando los bañistas se fueron retirando y ya era la hora de ir recogiendo, he salido de la piscina, me he secado y camino de la puerta he pasado justo al lado de donde estaba Miguel charlando con su amigo como cada día y he soltado:
 
—¡Hola chicos! ¿Cómo estáis?
 
¿En serio, Esther? Un simple ¡Hola chicos! ¿No se te ha ocurrido algo más original, algo con lo que poder alargar la conversación? Pues no, no se me ha ocurrido pero qué más da, porque ellos ni siquiera se han fijado en mí, ni me han respondido. Tampoco me extraña porque, entre que este bañador de abuela me tapa todo y no sugiere ni el más mínimo de mis encantos; voy con la cara lavada y pierdo bastante atractivo; y con mi espectacular y cuidada melena escondida en este ridículo gorro ¿Cómo me va a reconocer?
 
Con los nervios he salido pitando de la piscina y cuando he llegado al vestuario me he dado cuenta que me había olvidado las chanclas. Imagínate lo empanada que iba que no me he dado ni cuenta… Ahora pienso que podría haberme resbalado y matarme allí mismo. Eso sí que hubiera sido una vergüenza, pero seguro que habría conseguido captar su atención.
 
Al darme cuenta del olvido, dudé un segundo, pero decidí deshacer mis pasos y volver a la piscina. Por el camino fui pensando una frase ocurrente y simpática con la que hacer mi entrada triunfal de nuevo. Pero antes de abrir la boca y poner el pie en la zona termal, sin hacer caso del cartel que ponía claramente que ya estaba cerrada, me quedé muda, paralizada y sorprendida al mismo tiempo.
 
Hubiera preferido quedarme ciega en ese preciso instante, antes de que mis pupilas captaran, allá a lo lejos, al otro extremo de la piscina, entre las sombras de la luz tenue que habían dejado al cerrar, a Miguel dándose el lote con su misterioso amigo.
 
Y como siempre dice mi abuela, que “dos son compañía, y tres son multitud”, me agaché silenciosamente a recoger del suelo mis chanclas olvidadas junto con los trocitos de mi roto corazón y salí de allí algo aturdida, pero con el convencimiento de borrarme del gimnasio esa misma tarde.
 
Mientras estaba en el vestuario, no podía dejar de pensar en dos cosas: ¿Podría enamorarme de nuevo? y más importante aún ¿Podría mantener en secreto algo tan grande? Más me valía, porque si mis compañeras se enteraban sería el hazmerreír de la clase.
 
Que puedo decir, es muy duro sobrevivir a la adolescencia.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: “Pura adolescencia”)


sábado, 31 de mayo de 2025

Recuerdos fugados

 

(Autora: ©Marifelita)


RECUERDOS
(Lisa Lach-Nielsen)

 
Cumplidos los quince no quería seguir estudiando, aquel curso fue un verdadero desastre. No estaba centrada, quizá nunca lo estuve pero en aquellos momentos aún menos. Mis padres habían fallecido en un aparatoso accidente de tráfico, y me quedé a vivir en casa de mi abuela. Todo me daba igual y permanecer allí encerrada entre aquellas cuatro paredes recordándome a ellos cada objeto y rincón a cada instante, me estaba volviendo loca.
 
Al acabar las clases, la hermana de mi abuela, que vivía en Estados Unidos me hizo una propuesta. Si quería ir con ellos, a pasar el verano, ganarme un dinero cuidando a los gemelos de sus vecinos, aprender inglés y ver mundo, me esperaban encantados. Para disgusto de mi abuela, acepté su oferta y me fui sin dudarlo, a la aventura americana, como ella decía, mientras se despedía de mí en el aeropuerto.
 
Me marché con poco equipaje: ropa de verano, un par de libros, y algunos objetos de mis padres, que guardaba siempre conmigo. La funda de las gafas de mi padre y un ramito de flores secas que me había regalado en mi último cumpleaños juntos. De mi madre conservaba una cajita de madera con algunas de sus pinturas y perfumes y un pequeño estuche de terciopelo rojo que contenía las alianzas de ambos, recuperadas del día de su accidente.
 
Pero al finalizar aquel verano no regresé, porque Anna, la hermana de mi abuela, me preguntó si quería volver o quedarme una temporada más con ellos, y me pareció una idea estupenda. Les había tomado cariño a los gemelos y podría mejorar aún más mi inglés e intentar continuar mis estudios allí sin problemas.
 
Estuve varios años más viviendo en casa de la tía Anna y en mi dieciocho y veinticinco cumpleaños recibí la visita sorpresa de mi abuela. Nunca imaginé que aquella mujer que nunca había salido de su pueblo, se decidiera a tomar un avión y venir por fin a ver a su hermana al otro lado del mundo, con la excusa de venir a visitarme. Me hizo mucha ilusión.
 
Con los años conocí a mi actual pareja y nos fuimos a vivir un año más tarde al mismo vecindario, unas calles más abajo de donde vivía la tía Anna. El me preguntó si deseaba que fuéramos de vacaciones a mi tierra algún verano y así podría presentarle al resto de mi familia, pero nunca tuve necesidad, o quizá siempre busqué alguna excusa para no hacerlo.
 
Pero ahora era diferente. Un mes atrás recibí la llamada de una prima mía para decirme que mi abuela había fallecido y sin pensarlo, compré un billete en el primer avión que encontré para regresar a casa y poderme despedir de ella de alguna forma, aunque ya fuera tarde.
 
Al entrar al velatorio y verla allí durmiendo tan relajada y plácidamente me deshice en lloros y me asaltó la culpa. Por no haber regresado con ella, como quizá siempre quiso pero nunca se atrevió a pedírmelo, y así acompañarla durante los últimos años que le quedaban.
 
Y mientras le daba vueltas a aquellos pensamientos dolorosos, a mi espalda oí una voz que me dejó helada, y un aroma dulzón que reconocí enseguida y que sin saber por qué me produjo nauseas. Me giré despacio y temerosa de comprobar que se trataba efectivamente del hijo menor de mi abuela y al que mi memoria había desterrado para siempre.
 
Tuvo el atrevimiento de acercarse a mí y sin esperarlo ni darle yo pie a ello, me besó en la mejilla, quizá demasiado cerca de los labios, y me abrazó con fuerza, también excesiva para mi gusto, mientras ese perfume, analizado de nuevo por mi olfato, explotó en mi cabeza en forma de recuerdo.
 
Reviví aquel otro abrazo lejano, que quedó borrado en mi memoria como un gesto de compasión hacia mí, y de pronto se convirtió en otra cosa. Algo complicado de explicar para mí ahora y mucho más difícil de aceptar. Me vino a la mente como algo sucio, que debía ser escondido. Avergonzante, por el simple hecho de pensar en la posibilidad de que en realidad fuera así como yo lo recordaba ahora, nítido. Con todos aquellos matices que con los años y debido a mi juventud e inocencia no supe captar entonces, aunque algo en mí, en el fondo de mi consciencia sabía que no eran limpios, puros ni sinceros.
 
Aquel olvidado abrazo que me aprisionaba con fuerza y aquel perfume fuerte que me mareaba, mientras notaba que las puntas de sus dedos se metían sutilmente por mi cintura, entre el principio de mi falda y el final de mi blusa, intentando llegar a mi piel. Y mientras sus labios pegados a mi oreja, soltaban su desagradable aliento y susurraban en mi oído aquellas pegajosas y arrastradas palabras: “yo cuidaré de ti, no tengas miedo”. Temerosa estuve durante meses en la casa de la abuela, de no quedarme de nuevo a solas con él. No podía imaginar de lo que sería capaz, aunque su turbia mirada podía darme alguna pista de ello.
 
En el tanatorio, antes de dejarle seguir hablando, mis labios esbozaron una tenue sonrisa, quizá por los nervios o por mi improvisada determinación. Y al pasar por su lado y dirigirme fuera donde se encontraba el resto de su familia, fue cuando vi el terror en sus ojos, como si supiera exactamente lo que por fin estaba dispuesta a hacer.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Fugarse”)


miércoles, 30 de abril de 2025

Oportunidad o condena

 

(Autora: ©Marifelita)


(Vincenzo Sguera)

A día de hoy todavía me cuesta asegurar si mi supervivencia es una verdadera condena o una sencilla oportunidad. Hoy se cumplen ya cinco años desde que empezó la guerra. Y puedo asegurar sin ninguna duda que han sido los más largos, intensos y peores de mi vida.

Tal día como hoy hace cinco años saltaron a los titulares de la prensa internacional en inicio de la guerra entre nuestro país y el vecino, tras años de tiranteces, provocaciones y conflictos internos de poca relevancia para la política internacional.

Pero ese día acaparamos el interés mundial como si de la noche a la mañana fuéramos descubiertos globalmente y todo el planeta nos ubicara en el mapa. En lugar de recibir el soporte internacional y mediación esperada por todos para frenar el inminente conflicto, para sorpresa de todos (o quizá solo para sorpresa nuestra, los principales afectados en el problema) el conflicto se alentó intencionadamente llevándonos a una larga y cruda guerra durante años. 

En este tiempo he podido descubrir de qué está hecho el género humano, para bien y para mal. No puedo negar que he conocido la verdadera amistad, la generosidad desinteresada de muy buenas personas que me han ayudado sin esperar nada a cambio y arriesgando mucho en medio de toda esta locura.

He sido testigo también del lado más oscuro que podemos esconder cada uno de nosotros en las situaciones más extremas. Con mis propios ojos he visto los monstruos de la guerra: desapariciones y asesinatos, violaciones y abusos, robos y pillaje, hambre y violencia desmesurada. A día de hoy aun no logro comprender como he sobrevivido a todo ello. 

Ahora que la guerra ya se ha acabado, puedo decir que he perdido todo lo que tenía: mi trabajo pocos días antes de empezar el conflicto, nuestro jefe cerró la fábrica cogiendo todo su dinero y huyendo al extranjero; mi casa quedó hecha escombros con los primeros bombardeos en tan solo unas horas; bajo los cascotes quedaron mi madre que sufrió una angustiosa y larga demencia durante años y mi hermano, que arrastró un problema grave de drogadicción desde su adolescencia, sin encontrar nunca la forma de superarlo.

He huido lejos, fuera de un país que ya no reconozco como mío.  Que me lo ha arrebatado todo y que nada puede ya aportarme. Quizá en la distancia pueda olvidarlo todo o incluso perdonarlo algún día. Soy una persona nueva, que empieza de cero. Sin pasado ya que no me interesa conservarlo. ¿Qué pensarían mi madre o mi hermano de mi postura? Espero que me perdonen si en alguna otra dimensión son capaces de oír mis pensamientos. Pero creo que para ambos este resultado ha sido el mejor posible ya que sus futuros no eran demasiado alentadores, se han ahorrado años de sufrimiento, ellos y también a mí, debo admitirlo.

Pero esta misma convicción que siento ahora me hace sentir la peor de las personas, no puedo evitar. Me hace sentir culpable el hecho de tener estos pensamientos y el hecho también de seguir yo viva al contrario que ellos y de otros muchos que no pudieron conseguirlo.


(Vincenzo Sguera)

Dicen que la guerra hace un borrón y cuenta nueva de todo, aunque yo creo que quizá solo de lo material. De todo lo demás creo que es devastadora y perversa con todas las ideas que bullen en nuestras mentes heridas y los sentimientos que quedan encerrados en nuestros corazones.

En mi nuevo país de acogida he acabado mis estudios de magisterio, que dejé colgados cuando mi madre enfermó para poder cuidarla. He conseguido un buen trabajo de profesora de primaria en una escuela rural. Allí he hecho nuevas amigas, algunas de ellas comparten casa conmigo. Ahora son mi nueva familia. Y si tengo un propósito en esta nueva vida que me han regalado, es la de ser de ayuda y útil a otros, enseñar todo lo que he aprendido a las nuevas generaciones para forjar jóvenes mentes con la fortaleza y en convencimiento suficiente para que otra guerra como esta no se vuelva a repetir.

©Marifelita

(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Pros y contras”)


lunes, 31 de marzo de 2025

El último golpe


(Autora: ©Marifelita)

 

(Danny O'Connor)

Hoy no soy el favorito. De hecho, hace tiempo que ya no lo soy. Cada golpe de mi pareja de baile esculpe una nueva figura, una que no se parecerá en nada al hombre que entró en el ring y que cuando acabe el encuentro tan solo te lo recordará vagamente. Saldrá un hombre nuevo, dolorido en cuerpo y alma, con la cara hinchada, enrojecida y con nuevas heridas que pasarán a la colección de viejas cicatrices ya acumuladas con los años.

Mis sentidos me abandonan a medida que los asaltos avanzan. El zumbido de mis oídos mitiga al ruidoso público que nos vitorea e importuna por partes iguales desde que entramos en el recinto. Mi ojo izquierdo, ya tocado de otros combates anteriores, no me deja ver más que sombras, rojizas debido al sudor y la sangre que mezcladas sobre mi ceja partida, gotean desbordándose por mi mejilla. En su último golpe, el dolor es insoportable y hace que casi me quede sin aliento.

Me siento agotado, no tanto por los golpes sino porque llevamos ambos danzando al son de las voces de las gradas que nos animan constantemente a tumbar al otro con sus elocuentes sugerencias y sus gritos de ánimo al decir insistentemente: “mátalo”, “ya es tuyo”, “está acabado” y mensajes similares.

Ahora ya solo se trata de resistir, encajar la paliza lo mejor que pueda y soportarlo como lo hice en cada pelea durante todo este tiempo. Solo espero que termine rápido. En mi última visita al rincón del ring, mi entrenador me grita, o al menos eso intuyo por sus gestos violentos y exagerados. Debe estar cabreado, parece excitado, pero un pitido insistente y prologado hace que ya no oiga ninguna de sus instrucciones. Él parece ser el único que aún cree en mí, pobre necio, con esperanzas de que hoy tenga un resultado diferente.

Siento un cansancio de todo lo que hay fuera de este ring, de este cuadrilátero que durante más de la mitad de mi vida lo ha sido todo para mí. Fuera de él no soy nadie, ya no soy nada. Un trozo de carne más, un saco de huesos que solo sirve para encajar golpes, para que otros pasen un rato divertido y ganen un puñado de billetes a nuestra costa.

Segundos antes de oír la campana que nos liberará a ambos de este largo baile con el que empezamos la noche, noto un directo en mi mentón y en unos segundos, la lona en contacto con mi piel, y hago un titánico esfuerzo por mantener mis parpados abiertos, que caen, haciendo que todo desparezca de mi vista y antes de perder el sentido, y justo en ese momento sé que todo ha acabado.

©Marifelita

(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)


viernes, 28 de febrero de 2025

" BIONIC-A"

 

(Autora: ©Marifelita)


(Elly Liyana Ruslan)


Cuando voy por la calle, la gente que pasa por mi lado, me mira con cierto recelo. Sí, veo en sus ojos parte de rechazo, en ocasiones miedo y en otros, miradas de lástima que les resultan imposibles de disimular.

Mi físico es un tanto peculiar, incluso con cierto toque futurista, no paso desapercibida. Algunos niños en el supermercado o en la parada del autobús se acercan osados a preguntarme si soy un robot. Las madres les dan un buen estirón y se apartan de mi lado ruborizadas y disculpándose nerviosas por su atrevimiento.

Debido a un aparatoso y desgraciado accidente que sufrí hace ya unos años, fui sometida a unas cuantas intervenciones que salvaron mi precaria vida. Sin duda, de haberme ocurrido muchos años atrás hubiera muerto sin remedio. Pero gracias a los grandes avances de la tecnología y la medicina, estoy viva para contarlo, aunque mi vida es totalmente diferente a la que llevaba antes.

Los primeros años fueron de total dependencia, principalmente de mis padres, volvía a sentirme como una niña. No podía caminar, no podía asearme por mí misma ni tampoco comer sola. Necesitaba ayuda para todo, hasta la cosa más sencilla e insignificante.

En el accidente que sufrí perdí todo el lado derecho de mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Por lo tanto, me quedé sin mi brazo y pierna derechas, además de dejar tocados algunos órganos internos y también perdí la visión del ojo y el oído derecho. 

La recomposición facial fue lo más fácil, casi no se me nota, con una operación de cirugía plástica, todo volvió a su sitio, tan solo mi implante sobre mi nueva oreja derecha da pistas de que mi audición no es del 100%.


(Elly Liyana Ruslan)


Mi caja torácica, mi brazo y mi pierna nuevos, ya eran otra cosa… Tras varios implantes fallidos e intervenciones innovadoras, pasé unos años de quirófano en quirófano sin obtener los resultados que los ambiciosos cirujanos e ingenieros esperaban. Pero lejos de caer en la peor de las depresiones tras tantos intentos y sus decepcionantes resultados, no podía permitirme verlo de otra forma que una nueva oportunidad.

Milagrosamente salí con vida de aquel aparatoso accidente, y siento que he sido escogida para disfrutar de una segunda oportunidad que no pienso desaprovechar. Tenía una muy mala vida antes, ahora lo puedo confesar. Mi familia, amigos y compañeros de trabajo vivían ignorantes de todo, aunque ahora que lo pienso en la distancia, veo difícil que no sospecharan que algo en mi matrimonio no funcionara bien.

Mi pareja nunca me puso la mano encima, pero en lo relativo al componente emocional se cebó conmigo. No supe nunca cuál fue el detonante, la situación o el motivo que hiciera que me tratara como lo hacía. Solo cuando estábamos solos, me hablaba de esa manera agresiva, hiriente, despectiva y me hacía sentir tan poca cosa, insegura, desgraciada incluso dependiente. Ahora, miro atrás y no sé darme cuenta de cuando empezó todo.

Pero una noche fue más allá, o quizá yo no pude soportarlo. Estábamos regresando a casa, tras asistir a la fiesta de unos amigos. Esperábamos el metro en el andén y empezó como siempre su discurso, tras cualquier insignificante palabra mía. Aquella retahíla de insultos adornados con aquel educado vocabulario suyo, y aquel tono de voz pausado como si estuviera comentando cualquier tema banal y sin importancia. No era su volumen ni tono de voz el que me hería, sino el contenido y fondo de sus palabras.

Y entonces, delante de aquel público improvisado del andén y expectante al ver entrar el metro a la estación, sin pensarlo dos veces, decidí tirarme a la vía, sin no antes llevármelo conmigo. Y justo en el momento de saltar, le cogí por la manga del abrigo y tiré de él, cayendo juntos a la vía justo cuando el metro atravesaba el andén.

Él murió en el acto. Lo que quedaba de mí, tras unas semanas en coma, regresó a la vida milagrosamente, gracias a la atenta observación de un equipo de médicos e ingenieros que me propusieron su ambicioso proyecto tan pronto desperté de aquella larga pesadilla.

El proyecto del que soy producto, se llama BIONIC-A, debido a que soy el primer prototipo. Reconozco que conservaba cierta ilusión por averiguar si sería la primera mujer biónica al 50% de la historia y a día de hoy puedo decir que finalmente ha sido todo un éxito. Ahora hay muchas miradas y esperanzas puestas en mí, así que no puedo decepcionarlos, tengo una gran labor que realizar y un largo futuro esperándome.

©Marifelita

(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Resiliencia”)


miércoles, 8 de enero de 2025

La vida en llamas

Cada año por estas fechas me ronda la misma visión. A veces me visita en sueños, en otras se cuela en aquel lugar de mi memoria, donde guardamos las cosas que no desean ser recordadas.

Era una noche de San Juan, tomábamos la cena en un picnic improvisado en el jardín de los Bertrand, los vecinos de la finca contigua a la nuestra. Los niños, tomábamos los postres tumbados en unas mantas observando el cielo, adornado por los fuegos artificiales. Mis padres no llegaban y los Bertrand llamaron a casa sin recibir respuesta. A lo lejos una columna de humo salía de nuestra casa y en minutos se convirtió en llamas, que ardieron con tal ferocidad que en pocos minutos la fachada de madera de nuestra casa centenaria se convirtió en una gran fogata. Los vecinos de los terrenos colindantes no dudaron en intentar sofocar el incendio por todos los medios a su alcance, pero para cuando llegaron los bomberos que tardaron una eternidad, ya no quedaba rastro de la casa.

Esa noche mi hermano y yo quedamos huérfanos y pasamos al cuidado del orfanato local, hasta que unas semanas más tarde nos encontraron una familia de acogida en un pueblo cercano. Mi hermano pareció encajar mejor que yo la muerte de mis padres, con más serenidad. A mí me llevó varios años de pesadillas y terapias superar su pérdida, sumida eternamente en una profunda depresión.

Si había algo que me inquietaba y me asustaba por encima de cualquier cosa era enterarme que en alguna finca vecina les había sorprendido un incendio. Solo conocer la noticia, me hacía revivir de nuevo nuestro drama familiar. No era extraño que hubiera de vez en cuando un incendio, en aquellas casas viejas y poco cuidadas, aquellos campos abandonados y secos, sobre todo cuando llegaba el verano. Después de la verbena de San Juan siempre había alguna desgracia que lamentar.

Por esas fechas siempre estaba más sensible al recordar nuestra tragedia. Nuestros padres dejaron un hueco difícil de llenar. Los Rizzo, la pareja que nos acogió en su casa durante años, nos cuidaron muy bien, pero nunca podrían sustituir a nuestros padres. Esa noche del año tan especial, cuando más necesitaba a mi hermano, él siempre estaba ausente, decía que prefería pasar esa noche a solas, que no era buena compañía para nadie.

Esas noches temía meterme en la cama y quedarme dormida, era cuando me asaltaban aquellas horribles pesadillas. Entraba en nuestra vieja casa, nada más poner el pie se oía el crujir de la madera vieja. Parecía que no había nadie, mis padres aún no habían regresado de sus quehaceres en el campo, pero yo notaba una presencia. Subía a mi habitación y me tendía en la cama. De repente oía el chasquido de una cerilla al encenderse y el olor inconfundible del fósforo y entraba volando en mi habitación justo antes de que la puerta se cerrara de golpe. Caía en la alfombra que se incendiaba en segundos mientras yo intentaba salir, pero la puerta no se abría, el picaporte no giraba. Me dirigía angustiada a la ventana, pero tampoco lograba abrirla. Entonces en medio de aquella humareda, mis ojos empezaban a llorar sin poder evitarlo y el humo se colaba en mis pulmones provocándome una tos descontrolada. Intentaba pedir auxilio, pero me faltaba el aire, y ya caída en el suelo intentaba arrastrarme, pero mi cuerpo pesaba y no avanzaba. Detrás de la puerta oía a mi hermano llamarme y golpear la puerta sin conseguir entrar y entonces perdía el conocimiento justo cuando despertaba del sueño. Entre lágrimas, asustada y faltándome la respiración, como en la pesadilla.

Ya habían pasado diez años desde el incendio en nuestra casa y no podía deshacerme de aquellas malditas pesadillas, me perseguían allá donde fuera. Fue después de aquel verano cuando llegó el momento de irme a estudiar a la universidad, pensé que sería bueno para mí cambiar de aires, quizá en la distancia, todo sería distinto y no me perseguirían mis viejos fantasmas.

El día que recibí la carta de admisión a la universidad que yo deseaba, subí corriendo las escaleras y entré en la habitación de mi hermano para darle la buena noticia. Me recibió como siempre con una gran sonrisa.

—Me alegro un montón por ti, canija. Yo también tengo buenas noticias para ti. Hoy he entregado mi solicitud para ingresar en el cuerpo de bomberos.

En aquel momento, al mirarle vi algo en sus ojos, y un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Me dejó sin respiración. Algo en mi interior siempre lo había sospechado. ¿Sería él el culpable de todos aquellos misteriosos incendios locales? Y lo que definitivamente me heló la sangre y casi me hizo perder el conocimiento fue pensar que tuviera algo que ver en el incendio de nuestra casa.

Era mi hermano gemelo, lo conocía tan bien como si fuera yo misma. En ese mismo instante, al cambiar su semblante, puede que al leer en mi cara desencajada, que yo quizá sospechara algo, lo supe.

©Marifelita