(Autora: ©Marifelita)
Hoy no soy el favorito. De hecho, hace tiempo que ya no lo
soy. Cada golpe de mi pareja de baile esculpe una nueva figura, una que no se
parecerá en nada al hombre que entró en el ring y que cuando acabe el encuentro
tan solo te lo recordará vagamente. Saldrá un hombre nuevo, dolorido en cuerpo
y alma, con la cara hinchada, enrojecida y con nuevas heridas que pasarán a la
colección de viejas cicatrices ya acumuladas con los años.
Mis sentidos me abandonan a medida que los asaltos avanzan.
El zumbido de mis oídos mitiga al ruidoso público que nos vitorea e importuna
por partes iguales desde que entramos en el recinto. Mi ojo izquierdo, ya
tocado de otros combates anteriores, no me deja ver más que sombras, rojizas
debido al sudor y la sangre que mezcladas sobre mi ceja partida, gotean
desbordándose por mi mejilla. En su último golpe, el dolor es insoportable y
hace que casi me quede sin aliento.
Me siento agotado, no tanto por los golpes sino porque
llevamos ambos danzando al son de las voces de las gradas que nos animan
constantemente a tumbar al otro con sus elocuentes sugerencias y sus gritos de
ánimo al decir insistentemente: “mátalo”, “ya es tuyo”, “está acabado” y
mensajes similares.
Ahora ya solo se trata de resistir, encajar la paliza lo
mejor que pueda y soportarlo como lo hice en cada pelea durante todo este
tiempo. Solo espero que termine rápido. En mi última visita al rincón del ring,
mi entrenador me grita, o al menos eso intuyo por sus gestos violentos y
exagerados. Debe estar cabreado, parece excitado, pero un pitido insistente y
prologado hace que ya no oiga ninguna de sus instrucciones. Él parece ser el
único que aún cree en mí, pobre necio, con esperanzas de que hoy tenga un
resultado diferente.
Siento un cansancio de todo lo que hay fuera de este ring, de
este cuadrilátero que durante más de la mitad de mi vida lo ha sido todo para
mí. Fuera de él no soy nadie, ya no soy nada. Un trozo de carne más, un saco de
huesos que solo sirve para encajar golpes, para que otros pasen un rato
divertido y ganen un puñado de billetes a nuestra costa.
Segundos antes de oír la campana que nos liberará a ambos de
este largo baile con el que empezamos la noche, noto un directo en mi mentón y
en unos segundos, la lona en contacto con mi piel, y hago un titánico esfuerzo
por mantener mis parpados abiertos, que caen, haciendo que todo desparezca de
mi vista y antes de perder el sentido, y justo en ese momento sé que todo ha
acabado.
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)



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