Yo que nunca he sido
nada deportista, me he apuntado al gimnasio. Mis compañeras de clase me han
comentado que Miguel, el chico que me gusta y que va dos cursos por delante,
empezaría a trabajar este mes en el gimnasio de moda de la ciudad.
El verano pasado lo
vimos de socorrista en la piscina municipal. Y fue cuando me quedé colgada por
él. Mis amigas se burlan de mí porque dicen que es totalmente inaccesible para
una chica como yo, que me vaya olvidando. Mejor no hacerse ilusiones con esa
clase de chicos cuando una no tiene ninguna posibilidad. Pero yo paso de
hacerles caso, me gusta demasiado, no lo puedo evitar.
Así que con mi nuevo
conjunto de bañador, chanclas, gorro y gafas todo a juego, fui decidida a la
zona termal y su piscina interior. Mi plan era hacerme la encontradiza y que, a
fuerza de ir viniendo cada día un ratito, fuéramos entablando conversación.
Lo que en un principio
me pareció un buen plan, no estaba dando los frutos esperados, o al menos no al
ritmo que yo pretendía. Llevaba quince días seguidos viniendo a la misma hora.
Y ni él me dirigió la palabra ni yo me atreví a saludarlo. Creo que con el
gorro y las gafas quizá no me reconocía. Siempre me quedaba de las últimas para
que no tuviera más remedio que venir a avisarme que era la hora de cerrar, pero
ni así conseguí la más mínima reacción.
En lo que sí me había
fijado es que a esa misma hora casi antes de cerrar, venía otro chico que solo
se estiraba en una tumbona del solárium y allí pasaba el rato. Él sí que se
quedaba el último y serían amigos porque charlaban animadamente, se reían e
incluso alguna vez le ayudaba a recoger.
Pero hoy he entrado en
la piscina decidida a no esperar más y saludarle a la primera ocasión que
tuviera. Cuando los bañistas se fueron retirando y ya era la hora de ir
recogiendo, he salido de la piscina, me he secado y camino de la puerta he
pasado justo al lado de donde estaba Miguel charlando con su amigo como cada
día y he soltado:
—¡Hola chicos! ¿Cómo
estáis?
¿En serio, Esther? Un
simple ¡Hola chicos! ¿No se te ha ocurrido algo más original, algo con lo que
poder alargar la conversación? Pues no, no se me ha ocurrido pero qué más da,
porque ellos ni siquiera se han fijado en mí, ni me han respondido. Tampoco me
extraña porque, entre que este bañador de abuela me tapa todo y no sugiere ni
el más mínimo de mis encantos; voy con la cara lavada y pierdo bastante
atractivo; y con mi espectacular y cuidada melena escondida en este ridículo
gorro ¿Cómo me va a reconocer?
Con los nervios he
salido pitando de la piscina y cuando he llegado al vestuario me he dado cuenta
que me había olvidado las chanclas. Imagínate lo empanada que iba que no me he
dado ni cuenta… Ahora pienso que podría haberme resbalado y matarme allí mismo.
Eso sí que hubiera sido una vergüenza, pero seguro que habría conseguido captar
su atención.
Al darme cuenta del
olvido, dudé un segundo, pero decidí deshacer mis pasos y volver a la piscina.
Por el camino fui pensando una frase ocurrente y simpática con la que hacer mi
entrada triunfal de nuevo. Pero antes de abrir la boca y poner el pie en la
zona termal, sin hacer caso del cartel que ponía claramente que ya estaba
cerrada, me quedé muda, paralizada y sorprendida al mismo tiempo.
Hubiera preferido
quedarme ciega en ese preciso instante, antes de que mis pupilas captaran, allá
a lo lejos, al otro extremo de la piscina, entre las sombras de la luz tenue
que habían dejado al cerrar, a Miguel dándose el lote con su misterioso amigo.
Y como siempre dice mi
abuela, que “dos son compañía, y tres son multitud”, me agaché silenciosamente
a recoger del suelo mis chanclas olvidadas junto con los trocitos de mi roto
corazón y salí de allí algo aturdida, pero con el convencimiento de borrarme
del gimnasio esa misma tarde.
Mientras estaba en el
vestuario, no podía dejar de pensar en dos cosas: ¿Podría enamorarme de nuevo?
y más importante aún ¿Podría mantener en secreto algo tan grande? Más me valía,
porque si mis compañeras se enteraban sería el hazmerreír de la clase.
Que puedo decir, es
muy duro sobrevivir a la adolescencia.
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