©Patrizia Burra
SERENDIPIA
Ella forma parte de nuestra vida de muy distintas maneras, pero todas ellas son como esa chispa, casual y motivadora, que de pronto nos abre una puerta o nos tiende un puente para llegar a cualquier punto en el que dibujarnos esas alas de papel, y volar por cualquier confín que nos propongamos, e incluso, imaginemos. Ginebra©®

ESTE BLOG ES UN SALÓN DONDE SE REÚNEN ESCRITORES Y AMIGOS PARA CONVERSAR, LEER O PARTICIPAR EN LOS DIVERSOS RETOS QUE SE VAN PROPONIENDO MENSUALMENTE.  
Las puertas están abiertas para todo aquel que desee acompañarnos, sin más propósito que disfrutar de la escritura/lectura, y crear esos bonitos vínculos que nos conectan con la emociones en este viaje maravilloso en el que compartir y sentir desde la reciprocidad.  
 

Quienes invertimos tiempo, ilusión y sueños a través de las letras, bien sabemos de la importancia del arte en cualquiera de sus expresiones. Esa voz interior que, entre gráciles musas, se pronuncia a través de cualquier vía con la que exteriorizar la inspiración.
 
Siéntete como en casa...
La mente es una magnífica fábrica generadora de historias. Somos nosotros los que llevamos la batuta; los que cincelamos los caminos, los mundos y los personajes. Sé libre para hacerlo. Date la oportunidad de volar, y dánosla a los demás para hacerlo contigo.
 
 
BASES CONVOCATORIA
 
Los retos estarán vigentes durante un mes.  
Los textos pueden realizarse en cualquier formato, y no hay límite de palabras.
Dejadme vuestros enlaces en el apartado de comentarios, y vinculad vuestras publicaciones a este blog.
Una vez finalizado el proyecto, el último día de cada mes, vuestras participaciones serán publicadas en este blog bajo la etiqueta de vuestra autoría.
 
En cuanto a los textos, y como ya sabemos quienes escribimos, muchas veces, y sin darnos cuenta, nos comemos una letra; no tildamos; y algunas cosillas que se nos escapan… Es pues que, con vuestro permiso, y puesto que leo todos los textos con esmero antes de publicarlos, me tomo el beneplácito de corregir esos pequeños detalles (NUNCA EN SU ESTRUCTURA).
En el caso de que alguno de vosotros prefiriera que no lo hiciese, por favor, hacédmelo saber.
 
Muchísimas gracias por vuestra compañía, tanto a los que participáis, como a los que nos seguís con vuestra lectura. 

HISTORIAS ENCADENADAS

Las historias permanecerán abiertas durante un mes.
Cada uno de los participantes deberá continuar el hilo argumental a partir del anterior comentario.
No hay límite de palabras, y podéis participar tantas veces deseéis.

En el muro del blog tendréis los enlaces para acceder a cualquiera de las historias; VUESTRAS HISTORIAS. 



Aimie-Lee Bliem
Mostrando entradas con la etiqueta Campirela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Campirela. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de agosto de 2026

Lo que la mirada sugiere

 


(Autora: ©Campirela)
 
Slim Aarons

 
Ese momento en que alguien se detiene, se apoya la mano en la cara y deja que el mundo siga girando alrededor. La vida no siempre es acción, a veces es pausa, observación, un pequeño refugio dentro del ruido.
 
La vida, para ella, no está en la mesa donde se sienta. Está en ese lugar al que mira sin mirar, donde alguien —quizá lejano, quizá imposible— le enciende el pecho con una mezcla de nostalgia y deseo.
 
No piensa en quien la acompaña, piensa en quien la acompaña por dentro.
 
Y en esa grieta, en ese hueco secreto, la vida se vuelve verdad, esa que no se grita, que no se exhibe, pero que hace feliz a quien la siente.
 
Porque vivir, para ella, es recordar lo que la tocó de verdad y seguir deseando lo que aún no ha llegado.
 
La vida, para ella, ocurre en dos planos, el que comparte con quien está a su lado, y ese otro que se abre cuando su mirada se empaña pensando en alguien que no está.
 
No es desdén, no es distancia, es la forma que tiene su corazón de recordar que también existe un deseo más lejos, una nostalgia que la acompaña como una sombra tibia.
 
Y aun así, en esa doble presencia, hay un hilo de esperanza, la certeza de que lo que busca —lo que la enciende— todavía puede llegar.
 
Porque ella vive así, entre lo que tiene y lo que sueña, sin negar a nadie, pero sin renunciar a lo que la hace vibrar.

 
 
EN SU PROPIA SOLEDAD
 
Slim Aarons


 
Sentada en la acera, cierra sus ojos y el mundo se queda fuera. No hay voces, no hay nombres, no hay historias reclamando espacio.
 
Solo ella, su cuerpo relajado, y ese silencio de compañía.
 
La mente empieza a caminar despacio, como quien recorre un lugar conocido y vuelve a tocar las paredes con la yema de los dedos. No piensa en nadie. No espera nada.
 
No recuerda para dolerse, ni imagina para desear.
 
Es una sesión íntima con su propia vida, un paseo por sus neuronas, por los rincones donde guarda lo que la sostiene, lo que la calma, lo que la hace ser ella sin esfuerzo.
 
En esa quietud, la vida se vuelve clara, como si la luz se ordenara dentro de su pecho. Y entiende algo sencillo, casi secreto que esta soledad no es vacío, es hogar.
 
Aquí, en este instante sin pretensiones, ella vive. Ella es feliz con su yo más íntimo, el más personal, el que pocos conocen, el más real.
 
 
(Relatos pertenecientes a la propuesta de SerendipiaVariétés: «La vida»).



martes, 30 de junio de 2026

El azul que la despertó

 

(Autora: ©Campirela)


Robert McGinnis

 
El azul la rodea como un susurro. No sabe por qué, pero ese color la llama, la envuelve, la empuja a un gesto que nunca antes se había permitido.
Sostiene la tela entre los dedos, ligera, temblorosa, como si fuera un secreto que aún no entiende.
 
De espaldas, siente el aire tocarle la piel.
No es frío ni cálido: es un despertar.
Una corriente suave que sube por su cuerpo sin avisar, simplemente la siente.
 
Solo fluye, como si la juventud hubiera decidido hablarle por primera vez.
 
La cinta que recoge su cabello —esa pequeña prenda que siempre la hacía parecer traviesa— hoy se siente distinta.
No la sujeta, la libera. Le recuerda que ya no es solo la niña que jugaba a provocar risas, sino alguien que empieza a escucharse por dentro.
 
Por eso deja caer un poco la tela. No para mostrarse, no para esconderse, sino para sentirse.
Para entender ese calor nuevo que no es deseo, ni miedo, ni vergüenza.
Es vida que se estira, que se abre, que pide espacio.
 
El banco de atrás espera, silencioso. Ella también
 
Y en ese instante como si estuviera en una nube, donde nada ocurre y sin embargo todo cambia, descubre que crecer no es un salto, sino un fluir.
Una ola que la toca despacio, la despierta y la invita a seguir siendo ella… pero un poco más luminosa.
 
 
(Texto perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: «Fluir»).


domingo, 31 de mayo de 2026

El vuelo y el círculo

Eric Keller


(Autora: ©Campirela)


Brad Kunkle


 
El pájaro emerge del cuerpo que se muerde, como si la serpiente fuera un deseo antiguo que por fin se abre para dejarlo nacer.
 
Ella gira sobre sí misma, eterna, guardando el calor de lo que nunca termina, el pulso secreto que late en lo prohibido.
 
Él la atraviesa con un temblor de ala, como si su vuelo fuera una respuesta a la pregunta que la serpiente lleva siglos susurrando en su propia piel.
 
No se enfrentan: Se reconocen.
 
La serpiente arde en su círculo. Él vibra en su ascenso. Y entre ambos se forma un instante donde el tiempo respira más hondo, como si algo invisible se encendiera al fin.
 
Porque hay símbolos que se buscan, y cuando se tocan —aunque sea en silencio— el mundo recuerda cómo se despierta.
 
 
 
El pájaro rompe el círculo que la serpiente guarda, como si su ascenso despertara el latido oculto que ella protege en su giro eterno.  Él atraviesa el límite, ella arde en su frontera, y en ese roce sin contacto el mundo recuerda que todo renace cuando algo se atreve a abrir lo que siempre estuvo cerrado.
 
 
(Texto perteneciente a la propuesta
de SerendipiaVariétés: «La poesía, como contemplación»).



jueves, 30 de abril de 2026

Rock lento entre espinas

 

(Autora: ©Campirela)


Karl Blossfeld




 
Nea, se sienta en la orilla del río como quien llega a un lugar sagrado sin saberlo. Lleva las zapatillas llenas de polvo del camino y el pelo revuelto por un viento que parece conocerla desde antes de que ella misma se conociera. No tiene prisa. No la necesita.
A su lado, los cardos se alzan como pequeñas catedrales de espinas, coronados por flores que no se rinden. Hay algo en ellos que la inquieta y la calma al mismo tiempo, esa mezcla de dureza y belleza que siempre le ha recordado a su propia piel.
Saca el altavoz de la mochila.
Un rock lento *Aerosmith - I Don't Want Miss a Thing *empieza a vibrar en el aire, grave, profundo, como si cada nota fuera un latido antiguo que sube desde la tierra. El riff se mezcla con el rumor del agua, y por un instante no sabe si la música viene del altavoz o del paisaje entero.
 
La adolescente observa los cardos con una atención que no suele darse a nada.
Los mira como si fueran un espejo.
A veces siente que también está hecha de espinas, de silencios, de cosas que no sabe decir. Pero la música… la música le da permiso para sentirlo todo sin explicarlo.
 
El sol cae oblicuo sobre las flores, iluminando cada filamento como si fueran cuerdas vibrando. Ella imagina que el cardo escucha con ella, que ambos comparten ese instante suspendido donde la naturaleza y el rock se abrazan sin tocarse.
 
Respira más hondo.
Como si ese rock lento le enseñara a habitar su propio cuerpo.
Como si el cardo le recordara que incluso lo áspero puede florecer.
 
En ese pueblo pequeño, junto a ese río que nadie mira dos veces, la chica descubre un lugar donde puede ser ella misma sin miedo.
Un lugar donde la música no es ruido, sino compañía.
Y donde los cardos, orgullosos y tercos, le enseñan que crecer también es una forma de resistencia.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: «La música y las flores»)


martes, 31 de marzo de 2026

El instante suspendido


 

(Autora: ©Campirela)


Francine Van Hove


 
El banco de madera aún conservaba el calor de la mañana cuando ella se recostó, dejando que el sol le dibujara un abrazo tibio sobre la piel. Había llevado un libro, no para leerlo, sino para acompañar el silencio. Lo dejó abierto sobre su pecho desnudo, como si las palabras impresas pudieran protegerle el corazón de los ruidos del mundo.
 
Cerró los ojos.
El viento jugaba con mechones de su cabello, y cada soplo parecía contarle una historia distinta, la historia de un verano que no tenía prisa, de un cuerpo que por fin encontraba un lugar donde descansar, de una mente que dejaba de correr para simplemente estar.
Mientras el sol avanzaba lento, ella imaginó que soñaba. Soñaba con playas que no conocía, con ciudades que quizá nunca visitaría, con conversaciones que aún no habían ocurrido. En ese estado entre vigilia y sueño, el placer no era un sobresalto, sino una caricia, la sensación de sentirse completa, suficiente, presente.
El libro sobre su pecho se movía suavemente con cada respiración, como si también él estuviera vivo. Y en ese pequeño vaivén, ella encontró un ritmo que no necesitaba música, el ritmo de su propio descanso.
Cuando finalmente abrió los ojos, no sabía cuánto tiempo había pasado. Pero sí sabía algo, ese instante suspendido, tan simple y tan suyo, era un tipo de placer que pocas veces se nombra, pero que todos reconocemos cuando lo vivimos.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétes: «Placeres»)


sábado, 28 de febrero de 2026

Aprendiendo a convivir con nosotros mismos

 

(Autora: ©Campirela)


Tea Jagodić


 
Hay quienes dicen que el sufrimiento debe afrontarse de frente, sin máscaras. Que hay que dejar que duela, que queme, que te arrincone si hace falta, porque solo cuando lo miras a los ojos entiendes qué parte de ti está pidiendo auxilio. Que acurrucarte en él no es rendirte, sino escucharte de verdad.
 
Y luego está la otra voz, la que insiste en que no deberías sentirte mal, que la vida es demasiado corta para detenerte en lo que duele. Esa voz que te empuja a sonreír, aunque por dentro estés hecho pedazos, que te convence de que sufrir es un fracaso personal, una pérdida de tiempo, un desvío que no deberías permitirte.
 
Entre esas dos fuerzas, uno se queda en medio, preguntándose qué camino es el correcto. Tal vez no exista una única respuesta. Tal vez el sufrimiento no sea un enemigo ni un maestro, sino simplemente una parte inevitable de estar vivo. Y cada uno aprende a convivir con él como puede, a su ritmo, sin recetas universales.
 
 
 
Sé que duele,
pero sigues en pie.
En tu silencio también vive la fuerza,
y aunque hoy todo pese,
tu luz no se ha ido.
Yo creo en ti,
incluso en tus días más frágiles.
Aun dentro de ti
late un amanecer.
 

 
(Texto y poema pertenecientes a la propuesta de 
SerendipiaVariétés: Las nubes pasan)




lunes, 22 de septiembre de 2025

Retrato de Fantasía

 

(Autora: ©Campirela)


(Jenny Liz Rome)


En lo alto de la colina de Valverde, donde los cipreses susurran secretos al viento, se alzaba la mansión de los Helmand. Allí vivía Noa, una joven de 16 años, tímida como un suspiro y vestida siempre con una boina negra, chaqueta negra, blusa blanca impecable y una pajarita que parecía sujetar su mundo. Su trenza, larga y pulida, caía hacia el lado derecho como si protegiera su mundo interior.
 
La casa estaba llena de relojes que no marcaban la hora, espejos que no reflejaban del todo, y salones donde el eco parecía tener voluntad propia. Noa pasaba las tardes en el Salón de los Ecos, una habitación prohibida por su abuela, donde las paredes murmuraban fragmentos de conversaciones pasadas. Allí escribía cartas que nunca enviaba, tocaba melodías que nadie escuchaba, y soñaba con un mundo más allá de los muros dorados de su encierro.
 
Una noche, mientras la luna se colaba por los cristales, Noa encontró un espejo distinto. No mostraba su reflejo, sino una versión de ella misma vestida de rojo, con la trenza al otro lado y una mirada decidida. Al tocar el cristal, fue absorbida por él.
 
Despertó en una ciudad paralela llamada Lunaria, donde los tímidos eran poderosos, y los ricos no tenían dinero, sino recuerdos. Allí, su boina era una insignia de nobleza, y su pajarita, una llave mágica que abría puertas a otros mundos. Pero Lunaria estaba en peligro, los ecos del Salón habían comenzado a desaparecer, y con ellos, los recuerdos de los habitantes.
 
Noa, debía encontrar el origen de esa pérdida, enfrentarse a su propio miedo de hablar, y descubrir que su timidez no era debilidad, sino una forma de escuchar lo que otros no podían oír.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: “Fantasía”)


domingo, 31 de agosto de 2025

Retrato en Blanco y Alma

 


(Autora: ©Campirela)


(Dorothea Lange)


(Niño Dañado, Shacktown, Elm Grove, Oklahoma)


En una cabaña de paredes húmedas, un hombre de manos grandes y espalda encorvada cuelga un retrato sobre su cama. La imagen muestra a un niño de ojos inquietantes, de esos que no piden ayuda, pero la claman en silencio. El hombre se llama Manuel, aunque nadie lo llama así. Ex esclavo de cuerpo, todavía esclavo de recuerdos.
 
Décadas antes, en un rincón del mundo donde el polvo se cuela entre los huesos, Isabel Ríos enfocaba su lente sobre la miseria que otros elegían no mirar. Su cámara no era un arma, pero disparaba con precisión quirúrgica al alma. Y esa tarde, entre ruinas y susurros, atrapó un instante imposible de ignorar, un niño, solo, sucio, mirando al vacío con una madurez que daba miedo.
 
Cuando Isabel reveló la fotografía en su cuarto oscuro, no fue solo la imagen la que emergió… fue una sensación punzante de haber tocado algo sagrado y roto. Se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Guardó silencio, como si hablar pudiera profanar aquello que acababa de capturar.
 
Años después, esa imagen llegaría a manos de Manuel. No por casualidad. Alguien la dejó olvidada en una estación de tren, dentro de un libro de poemas que hablaba de la libertad. Al verla, él supo que no era un niño cualquiera. Era él. O lo que quedó de él.
 
Ahora la foto cuelga como un espejo sin mentiras. Isabel nunca conoció a Manuel, pero su foto lo encontró. Y en ese encuentro mudo, algo sanó. Un poco. No todo.

 
*


(Helmut Newton)

La Modelo Imposible


 
París, 1984. La suite 302 del hotel Lutetia era una jaula de terciopelo, y ella, la gata  que no maullaba. Lara no necesitaba instrucciones. La pose surgía de su cuerpo como un idioma antiguo que solo hablaban los que no temían mirar de frente.
 
La lluvia tamborileaba sobre los cristales del hotel como si quisiera colarse en la sesión. En la suite 302, la luz era artificial, dura, perfecta. Él ajustaba el foco sin decir una palabra. La cámara era una extensión de sus ojos, pero no de su alma.
 
Frente al lente, Lara desafiaba el silencio. No posaba, dominaba. Apoyada contra una silla Art Deco, llevaba un abrigo que caía justo hasta donde empezaba el misterio. No había música, pero su respiración marcaba el ritmo del momento.
 
—No sonrías —dijo él al fin—. La sumisión ya está agotada.
 
Lara encendió un cigarro y lo sostuvo como un cetro. Había sido fotografiada muchas veces, pero nunca así. Aquí no era musa, era autora de su propia imagen.
 
Horas después, él revelaba los negativos con manos temblorosas. Aquella toma—Lara con la espalda recta, la barbilla en alto, y esa mirada que rompía espejos—le produjo una punzada extraña. No deseo. No admiración. Algo más. Algo como derrota.
 
Ella no pidió ver las fotos. Solo una cosa, el negativo.
 
—No es arte, si no decido yo cómo se muestra —dijo, guardándolo en la chaqueta como si fuera un relicario. Aquella imagen nunca salió a la luz. En un mundo que devora todo, ella logró poseer un instante. Un fotograma que vivió entre dos respiraciones... y se volvió eterno al elegir ser invisible.
 
Nunca volvió a mencionar aquella sesión. Ni ella tampoco. Pero años después, alguien vio colgada en una pequeña galería de Lisboa una fotografía sin firma. La modelo, borrosa por el cristal envejecido, parecía observar con una mezcla de desafío y elegancia triste. Nadie sabía quién la tomó.
 
Y quizás eso era lo justo. Porque algunos momentos no están destinados a pertenecer al mundo. Solo a quienes se atreven a desaparecer en ellos.



(Relatos pertenecientes a la propuesta de SerendipiaVariétés: “La fotografía”)


lunes, 30 de junio de 2025

Las aventuras de Ester y su madre (o cómo sobrevivir a la adolescencia sin perder el humor)

 

(Autora: ©Campirela)

Purita Campos

 
Ester tenía 16 años y estaba convencida de que su madre había sido puesta en la Tierra con una única misión, complicarle la existencia. No importaba si era un cambio de ropa que su madre consideraba inapropiado, una decisión aparentemente sin sentido sobre su futuro, o su tendencia a encerrarse en su cuarto con los auriculares como única barrera entre ella y el mundo. Su madre siempre tenía algo que decir, y ella siempre tenía algo que protestar.
 
Pero había algo que Ester no podía negar, su madre era su mundo. No porque fuera perfecta ni porque siempre tuvieran razón la una sobre la otra, sino porque, de algún modo inexplicable, su madre entendía lo que ni siquiera ella misma lograba comprender.
 
Como aquel día en que volvió a casa después de suspender un examen de matemáticas. Ester había ensayado su discurso de excusas en el camino a casa, pero no lo necesitó. Su madre la miró, le sirvió un chocolate caliente y dijo:
 
—Tener un mal día no te define, lo que haces después de él sí.
 
Y así, sin más, Ester soltó un suspiro que llevaba horas guardando en su pecho y dejó que el chocolate hiciera su magia.
 
Luego estaban los días en que su madre hacía el ridículo solo para hacerla reír. Como cuando intentó aprender las coreografías de las canciones de moda para "conectar con los jóvenes" y casi se dislocó un tobillo en el proceso.
 
—¿Te das cuenta de que estoy poniendo en riesgo mi integridad física solo para entretenerte? —dijo su madre, medio cojeando.
 
Ester se echó a los brazos de su madre, y terminó riendo. Porque si algo era cierto, es que su madre tenía un don para sacarla de sus propios pensamientos.
 
Con el tiempo, Ester se dio cuenta de algo. No era que su madre quisiera complicarle la vida, sino que quería asegurarse de que estuviera lista para enfrentarla. Con su humor, sus frases sabias de madre y su amor infinito disfrazado de discusiones, su madre era su brújula, incluso cuando Ester quería navegar por sí misma.
 
Reflexión:
A veces, en la adolescencia, sentimos que nuestros padres están ahí solo para cuestionarnos. Pero, en realidad, están tratando de enseñarnos a vivir en un mundo que aún estamos descubriendo. Son los primeros en poner límites, pero también los primeros en levantarnos cuando caemos. Y aunque no siempre lo vemos, son la red que nos sostiene en el caos de crecer.
 
El texto es un poco real, otra poca ficción y otra poca magia del teclado ajajá, algo si es verdad verdadera, mi Madre lo fue todo y de algún modo ella siempre está presente en mí.
 
Y sí, la adolescencia es complicada, pero qué lindo es sentir como descubrimos cada sentimiento de la vida.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de SerendipiaVariétés: “Pura adolescencia”)


sábado, 31 de mayo de 2025

Mi Oasis

 

(Autora: ©Campirela)


OASIS
(Lisa Lach-Nielsen)

 
El agua aún goteaba en mi piel cuando crucé el umbral. Dejaba atrás el oasis prometido, el espejismo de amor, la tentación de quedarme.
 
La pasión me quemaba los labios, el deseo me tensaba los músculos, pero el miedo me impulsaba a escapar. Tenía que huir, la red estaba tejida y no podía permitirme caer en ella.
Escapaba de mí misma, sin más patria que el polvo que alzaba mis zapatillas desgastadas.
Las bombas caían como lluvia negra, ahí me di cuenta de que  la tentación  y mi deseo solo duro ese instante cuando corría  hacia el oasis prometido.
El agua salpicó mi rostro, mezclándose con el polvo y el miedo, temblaba, él ya no estaba
La guerra nos arrancó todo, pero nunca el latido de compartir. Aunque ahora tocaba Huir...
 
Huir de mí
Corrí bajo un cielo sin nombre,
buscando un oasis en la sombra,
donde mi rostro se reflejara
donde el deseo no quemara mi piel.
Tentación, Pasión y Anhelo
me llamaban susurrando mi nombre
Escapar era la única plegaria
que quería oír
quedarme allí, en ese Oasis
me condenaría al infierno
aunque cada noche viera el mejor de los cielos.
 
 
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Fugarse”)


miércoles, 30 de abril de 2025

Ser Madre



(Autora: ©Campirela)


(Vincenzo Sguera)

Desde pequeñas nos enseñaban que la mujer no se sentía realizada hasta ser madre, era la mejor experiencia de la vida.
Así crecí así fui mentalizándome para ejercer de ser madre, en un futuro.
Con el tiempo, aquel deseo, u obligación social, no llegué a realizarlo, las causas no importan, o si lo hicieron en su momento se desvaneció por el amor y lealtad.
Y aquí vienen los Pros de no,  haberlo sido.
La libertad mía como persona y mujer, no tener la preocupación constante de sentir esa inquietud por el bienestar de otra persona.
Podría decir que la vida sigue, de un modo distinto, aquellas otras que los tienen, los intereses cambian y sobre todo las conversaciones.
Los Contra, Sentir una vida dentro de ti, saber que ese ser que está creciendo dentro de ti es tu obra más bonita que jamás vas a hacer en tu vida.
El amor incondicional que siempre le darás, y saber que has sido capaz de dar vida a otro ser.
Y ahora viene como me siento en realidad.
Me encantan los niños, y por suerte siempre a pesar de no haberlos tenido biológicos, he estado rodeada de ellos, y hoy  lo sigo haciendo.
Me han llenado de felicidad, de esa magia de seguir siendo un poco niña y no he necesitado para nada ser madre,  parir, para sentirme mujer y  dar cariño y amor a esos pequeños enanos.
Jamás me he sentido que no estuviera realizada como persona y mujer, y feliz como todos en esta vida tenemos momentos, y esos momentos son más abundantes que las tristezas, que las hay, por supuesto, como todo ser viviente  en este planeta.
Por eso hagamos de los contra, pros y así al menos llenaremos nuestros días de ilusión, que esta es una parte muy importante de nuestro día a día.
 
Hoy seré tu contra y te daré alegría
estás altiva, le contestó, de eso nada
yo seré tu pros y te la daré yo.
Así fue como juntas firmaron un acuerdo de cortesía...
Procuraremos ser balanzas y nunca rebasar la media de cada emoción, sentimiento y pensamiento que la humanidad nos pida.

©Campirela

(Texto perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Pros y contras”)


lunes, 31 de marzo de 2025

El Rostro Azulado

 

(Autora: ©Campirela)


(Danny O'Connor)

Aquel cuadro era más que un rostro o trazo de líneas de colores, allí desde mi perspectiva veía algo más que un hombre.

Lo encontré una noche deambulando por la ciudad, estaba postrado sobre una pared, al lado de enseres que aguardaban al camión de la basura.

No me lo pensé dos veces, miré a ambos lados de la calle y como aquel que va a robar algo lo cogí y lo metí entre mi abrigo, no lo estaba robando, allí lo habían abandonado.

Cuando llegué  a mi apartamento, lo dejé sobre la mesa, lo miré y observé, aquel cuadro tenía algo especial, cada línea, cada trazo representaba años de su propia vida.

Me preguntaba por qué su dueño lo habría dejado expuesto para que fuera mutilado en ese camión de la basura.

Tal vez fuera un autorretrato y no se veía reflejado, o tal vez cuando se lo entregaron no le gustó, o simplemente algo más fuerte que su ego le hizo hacer tal barbaridad.

Sus colores me daban serenidad, sus líneas en su rostro marcaban una vida vivida, la seriedad tal vez, una desgracia en su pasado, y sus ojos eran tristes, diferentes de color, pero ambos hablaban de dolor.

Trazos de una vida, reflejados en un tapiz donde quien lo pintó no vio un rostro, sino un alma de sentimientos.

Solo me pregunté ¿quién sería ese hombre, y si existía?

Algo en él me decía que necesitaba compañía...

©Campirela

(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)


viernes, 28 de febrero de 2025

Resiliencia

 

(Autora: ©Campirela)


(Elly Liyana Ruslan)


Kioto, le educaron en un hogar donde había tres normas básicas. La disciplina, el respeto y la responsabilidad.

Así fue creciendo hasta que abandonó su casa para seguir evolucionando como persona y marchó a la ciudad. Las cosas allí no eran como él había pensado, vio que los valores que su familia le habían inculcado, algunos eran ignorados. Aunque esto no hizo que él cambiara sus buenos hábitos adquiridos por sus padres y familia, cuánto añora ese cariño recibido, se sentía solo, hasta ese día que por casualidad del destino la vio a ella. Caminaba absorta y él embobado, lo cual fue la mezcla perfecta que los dos chocaran y se quedaran absortos el uno en el otro. Desde ese día, sus vidas quedaron unidas. Después de ese encontronazo, ambos se pidieron perdón, pues sin darse cuenta, se vieron envueltos de una atracción que no tiene explicación, ¿acaso un flechazo la tiene? Se presentaron y se rieron del encuentro, ambos como si se conocieran de siempre, se contaron sus vidas, cortas, pero intensas, cada uno tenía un camino definido, eso al menos pensaron ellos, aunque la vida es la que marca los destinos. Así pasó un año, donde cada día después de sus quehaceres, quedaban en el parque, para contarse su día, Kioto siempre estaba con su pitillo en la boca, era como él mismo decía, el compañero fiel que le seguía allá por donde fuera. Miku, no le gustaba ese olor que desprendía, pero jamás le dijo nada, respetaba su decisión aunque no la compartiese. Él se daba cuenta y la pedía perdón, prometía que buscaría ayuda para dejar de fumar, pues ya lo había intentado en varias ocasiones y no lo había logrado. Al cabo de dos años de relaciones comenzaron a planear vivir juntos, se ahorrarían en alquiler y compartirían gastos, además querían tener una convivencia, estaban un poco hartos de verse siempre en lugares públicos, necesitaban intimidad. Así  fue, como comenzaron una vida llena de ilusiones, a los seis meses de esa luna de miel, Miko comenzó a sentirse mal, cada mañana su tos era como si fuera ella la que fumara un paquete de cigarrillos, al cabo de un mes en esa situación empeoró, decidieron dar el paso y visitar al doctor. Éste le comentó si fumaba, ella dijo, que no, y omitió que su pareja sí era un fumador empedernido. La hicieron pruebas y cuando fueron por los resultados, la noticia no podía ser peor. Su cáncer de pulmón estaba en estado avanzado, sus posibilidades eran de un treinta, por cierto, había que actuar ya. El jarro de agua fría para Kioto fue abrumador, al salir de la consulta se derrumbó, cogió su paquete de tabaco y lo destrozó con sus manos, lo pataleó, rompió a llorar, abrazó a Miko, sus lágrimas rodaban por su cara y su pecho se desbocaba, él y solo él era el culpable de que ella estuviera en peligro, y eso no podía ser. Miko, lo acarició, besó su mejilla, fue comprensiva, aunque su corazón lloraba por dentro. Kioto llamó a sus padres y les contó todo su sufrimiento, estos le escucharon como su hijo sufría por Miko estaba desgarrado, su madre, con su tranquilizadora voz, le dijo. — Hijo mío, no debes culparte, ya no hay remedio, lo que si puedes hacer, es ayudarla y estar ahí, con y para ella. Las palabras de su madre, le hizo coger esa fuerza y enfrentar el problema de frente, se informó de todos los tratamientos posibles que pudieran salvar a Miko, cuando todo parecía perdido, esas ganas, fuerzas y el amor, logró que el tratamiento funcionara, que Miko lograra vencer esa enfermedad. La actitud de Kioto fue ejemplar, en vez de derrumbarse sacó toda su fuerza, esa Resiliencia para hacer frente a su desgracia. Hoy, hace más de cinco años que pasó todo, caminan juntos de la mano y su amor no solo fue más grande, diría que está prueba, los elevó a ese plano de amor eterno, ese hilo jamás se romperá. Ante acontecimientos desbordantes que la vida nos da, no, más que enfrentarse y tener Resiliencia, ella nos salivará de hundirnos en ese pozo que no verá más que problemas en vez de soluciones.

©Campirela

(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: "Resiliencia")