©Patrizia Burra
ESTE BLOG ES UN SALÓN DONDE SE REÚNEN ESCRITORES Y AMIGOS PARA CONVERSAR, LEER O PARTICIPAR EN LOS DIVERSOS RETOS QUE SE VAN PROPONIENDO MENSUALMENTE.
Las puertas están
abiertas para todo aquel que desee acompañarnos, sin más propósito que disfrutar
de la escritura/lectura, y crear esos bonitos vínculos que nos conectan con
la emociones en este viaje maravilloso en el que compartir y sentir desde la
reciprocidad.
HISTORIAS ENCADENADAS
Las historias permanecerán abiertas durante un mes.
Cada uno de los participantes deberá continuar el hilo
argumental a partir del anterior comentario.
No hay límite de palabras, y podéis participar tantas veces
deseéis.
En el muro del blog tendréis los enlaces para acceder a cualquiera de las historias; VUESTRAS HISTORIAS.
Aimie-Lee Bliem
Textos del reto de julio y agosto «La vida»:
Chica/ Roselia Bezerra/ Nuria de Espinosa/
Rodrigo Fúster/ Gustab/ María/ Auroratris/
Campirela/ Dulce/ Lunaroja/ Chema/
Dafne Sinedie/ Marifelita/ Tracy/ Ginebra.
lunes, 22 de septiembre de 2025
Pequeñas realidades
domingo, 31 de agosto de 2025
Fotografías vacías
(Autor:
©Necco)
Cuando no tengo nada
que hacer me siento en mi sillón favorito a contemplar mis álbumes de fotos. No
sé, supongo que es una forma de recordar aquéllos lugares visitados, vivencias.
No sé. Una manera de no olvidar.
Paso las hojas muy despacio,
pues me gusta entretenerme en cada una de las imágenes que contienen. Un árbol,
un edificio, un conocido monumento, una calle por la que paseé alguna noche y
que fueron retratados me traen a la memoria olores, sabores, brisas frescas o
cálidas, sonidos, palabras en idiomas que no conozco pero que aprendí.
¡Ah!, mira qué
curioso. En esta aparezco yo. Lo cierto es que no tengo muchas en las que
aparezca. ¿Quién me la hizo? No recuerdo bien, pero creo que fue una pareja muy
simpática. Sí... Ella llevaba un vestido azul y sonreía mucho. Él creo que era
italiano. Una pareja muy simpática. Me pidieron que les hiciera unas fotos y
luego se empeñaron en hacerme una a mí. No pareció importarles mis excusas para
que no se molestaran, que daba igual, que yo estaba solo, que ya había
fotografiado el lugar. "Así todo el mundo sabrá que has estado aquí cuando
se la enseñes", me dijeron. ¡Qué majos! Se puede encontrar gente
encantadora en cualquier lugar.
Es verdad. No aparezco
en casi ninguna fotografía. No me importa, ¿a quién se las podría enseñar? En
realidad, si lo pienso, viajo para poder escapar de esta soledad, para poder
compartir unos momentos con otros, como con la pareja simpática que me hizo la
foto. Probablemente ellos no me recuerden cuando vean las que les hice yo a
ellos, pues en su imagen pueden verse abrazados, sonrientes. En esta aparezco
solo, y aparezco de casualidad, por el empeño de un joven italiano que, junto a
una bella muchacha, rompieron por unos momentos mi silencio, mi soledad.
Cierro el álbum y lo
dejo en su estante. No quiero seguir viendo imágenes de árboles y edificios y
calles y monumentos junto a los que no aparezco, fotografías vacías que no dan
testimonio de mí, de nada. Fotografías a las que a nadie enseñaré.
No volveré a sentarme
en mi sillón favorito a no olvidar mi soledad.
©Necco
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia༄Variétés: “La fotografía”)
miércoles, 30 de abril de 2025
Fantasmagoría
(Autor: ©Necco)
Sabe perfectamente que ella no existe, sabe perfectamente que
sólo es un producto de su imaginación enferma. Sabe que si se toma esa pastilla
dejará de verla tras el cristal de la cafetería allí, en la acera de enfrente,
con su pelo negro y largo, con su vestido rojo, mirándole coqueta, como
siempre. Observa la pastilla en la palma de su mano abierta y también sabe
perfectamente lo que sucederá si no la toma. Empezará su juego de siempre. Él
se levantará dejando sin terminar el café, le dará unas monedas al camarero y
saldrá a la calle. Ella comenzará a caminar despacio, insinuante, volviéndose
de vez en cuando con un rápido movimiento de su negra melena para comprobar lo
que sin duda sabe..., para comprobar que él la sigue. Y él la sigue a cierta
distancia, la sigue porque no puede dejar de seguirla, la sigue porque la ama,
la sigue porque la desea.
Y él sabe que el juego puede continuar incluso durante horas.
Ella camina por las calles segura, lenta, indolentemente; a veces se para y
hace como que mira de forma distraída algún escaparate. Él se detiene y
disfruta de cada movimiento cuando ella, aprovechando su reflejo en el cristal,
arregla su pelo. Otras veces sólo camina, sin detenerse, sin rumbo y él la
sigue deambulando tras ella. En alguna ocasión se había dicho a sí mismo que no
era real, que ella no era real y cerraba fuerte los ojos y, cuando los abría al
momento de nuevo, ella ya no estaba allí. Entonces miraba sobresaltado en todas
direcciones, buscándola, y echaba a correr y se detenía en seco, girando sobre
sí mismo aterrado hasta que por fin la encontraba de nuevo, sonriente, con su
pelo negro y largo y su vestido rojo, esperándole en la puerta de su casa.
Entonces él respiraba profundamente, aliviado, y caminaba despacio buscando las
llaves en su bolsillo.
Él sabe que subirán juntos de la mano y en silencio en el
ascensor y que cuando entren en su casa ella pedirá que le sirva una copa. Y él
servirá dos copas, y hablarán y reirán hasta bien entrada la noche. Entonces se
acostarán juntos y harán el amor. Y él sabe que a la mañana siguiente se
despertará completamente solo, y que la copa que le sirvió a ella por la noche
seguirá en la mesa, donde la dejó, completamente llena. Y tomará la copa y con
un rápido gesto la vaciará de un golpe en el fregadero, y llorará porque sabe,
perfectamente, que ella sólo existe en su imaginación enferma.
Observa la pastilla en la palma de su mano abierta y sabe
perfectamente lo que sucederá si no la toma. La deja caer al suelo y la pisa
como se pisa una colilla. Mira tras el cristal de la cafetería; ella sigue
allí, con su pelo negro y largo y su vestido rojo. Él sabe perfectamente cómo
acabará todo, pero también sabe que en la película de su vida el protagonista
termina muriendo. Si el final será, después de todo, trágico, él prefiere y
elige vivir la tragedia completamente.
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Pros y contras”)
lunes, 31 de marzo de 2025
De mi puño y letra
(Autor:
©Necco)
Todo estaba listo. La
felicidad del momento me había llevado a la euforia y ésta a la temeridad:
escribiría sobre mí mismo. La hoja blanquísima, y sin ni una sola arruga o
imperfección, estaba sobre una mesa en la que el orden habitual de los
elementos que sobre ella normalmente descansaban parecía rayando la perfección
bajo la abundante luz solar que la bañaba. La agradable temperatura y el
silencio que me envolvían completaban el marco ideal para que mi felicidad se
plasmase indeleblemente en el tiempo; sí, inmortalizaría la felicidad que
sentía en aquel momento dejándola por escrito. Me sentía bien, muy bien. Me
sentía poeta.
Y comencé a escribir. ¿Cómo describir lo que sentía? Mi mano bailaba sobre la hoja y, a cada paso, a cada giro, brotaban incontenibles las palabras que, como notas musicales, creaban algo que era más que un reflejo de mí mismo. Todo mi ser y mis esperanzas y todos mis deseos estaban fluyendo con la tinta que convertida en ola de mar bañaba incesantemente la playa de mi hoja de papel. Y la cabeza me daba vueltas y el corazón me latía fuerte, muy fuerte dentro del pecho. Me sentía arrebatado por la experiencia de mí mismo. Mi conciencia apenas era capaz de seguir el ritmo de mi mano convertida, ahora, en bailarina que danzaba sobre el mar. ¡Qué magnifica experiencia! Cuando la danza cesó, tuve que esperar unos instantes a que mi agitada respiración se normalizase antes de comenzar a leer lo que, sin duda, sería lo mejor que hubiese escrito nunca pues, allí, en aquella hoja que era playa de blanquísima arena, estaba yo mismo de mi puño y letra.
Temblaba emocionado cuando mis ojos comenzaron a pasar por las frases que acababa de escribir. Y cuando terminé la lectura estaba pálido, frío, pues todo el calor que hasta entonces había inundado mi eufórico pecho había desaparecido como desaparecido había la imagen que yo creía haber plasmado en aquel papel. ¿Quién era el que estaba allí dibujado? ¡No podía ser yo! Mi mano culpable arrugó con rabia y lanzó lejos de sí el retrato del extraño al que había dado vida y, de un salto, me puse de pie. Sentía miedo, un miedo como el que nunca soñé que podría llegar a sentirse. No podía explicarme lo que había pasado. ¿Dónde estaba yo? Miré la bola de papel con aquellos trazos garabateados que estaba en el suelo justo en frente de mí, y el tiempo se detuvo cuando, abatido, desarrugué la hoja y la leí de nuevo.
No sé cuánto tiempo estuve allí, arrodillado, llorando con la hoja de papel en la mano; no lo sé. Pero cuando por fin me puse de pie, ya había comprendido que las palabras que ahora ardían en la chimenea, eran el real reflejo de mí mismo, una simple caricatura de lo que yo pensaba ser.
En las cenizas aún podía verme a mí mismo de mi puño y letra.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)










