Siempre recordaba las palabras de su padre y mentor cuando, jugando
a con él siendo una niña, le decía que no podía mostrar sus emociones; que
tenía que pensar fríamente y jamás crear ningún lazo sentimental con ninguno de
los objetivos.
Fueron meses los que tardó en recopilar toda la información
requerida antes de llevar a cabo su trabajo. Un tiempo en el que ese recio y
pétreo muro que debía mantenerse firme por encima de todo, fue dejando sutiles
grietas por donde comenzaron a filtrarse esos sentimientos que, hasta ese momento,
habían permanecido maniatados.
Y llegó la hora; esa noche debería acabar con la vida de
Marcos.
Como le repetía una y mil veces su mentor: “Un espía no puede
flaquear; ni dejar ningún cabo suelto”.
No temblaba. No
lloraba. Pero dentro de ella, algo se estaba desmoronando con una violencia
silenciosa.
Marcos la miró, sin
sorpresa.
—Sabía que vendrías
—dijo, sin levantar la voz.
Ella no respondió.
Solo lo observó, intentando recordar que era un objetivo, no un hombre.
Marcos no se movió.
Sus manos permanecían abiertas sobre la mesa, lejos de cualquier gesto
amenazante. La luz mortecina de la lámpara apenas delineaba sus facciones, y
aun así, ella pudo percibir esa calma extraña, casi resignada, en su mirada.
—¿Entonces… lo harás?
—preguntó él, como si conociera la respuesta desde mucho antes de esa noche.
Ella apretó la
mandíbula. El arma pesaba más de lo habitual, como si todo el acero se hubiera
impregnado de su duda. No era miedo, no era debilidad… era algo distinto, un
forcejeo interno entre el deber aprendido y la voz que, por primera vez, le
pedía traicionarse a sí misma.
—No lo entiendes…
—murmuró al fin, con la garganta seca—. No debería haberte conocido.
Marcos sonrió apenas,
una mueca amarga que no alcanzó sus ojos.
—Pero me conociste. Y
eso lo cambió todo, ¿verdad?
Un silencio espeso
cayó entre ellos. Afuera, la ciudad dormía sin sospechar lo que estaba a punto
de decidirse en aquella habitación. Ella sintió que cada latido era una cuenta
regresiva; que si no actuaba pronto, jamás sería capaz de hacerlo.
Dio un paso hacia él,
levantando el arma. Marcos no retrocedió.
—Si aprietas el
gatillo —dijo con serenidad—, tal vez completes tu misión. Pero te perderás a
ti misma.
Las palabras chocaron
contra ella con más fuerza que cualquier bala. Por un instante, pensó en su
padre, en su mentor, en las reglas que habían dictado cada movimiento de su
vida. Y entonces se dio cuenta: esas reglas no eran suyas.
El dedo sobre el
gatillo tembló.
—Marcos… —susurró,
incapaz de contener la grieta final en su muro.
Él la miraba sin
rencor. Solo esperando.
Ella tenía que elegir:
obedecer la voz del deber, o escuchar, por primera vez, la de su propio
corazón...
—¿Evelyn, podrías
bajar el arma un momento? —preguntó Marcos— Estás temblando, muy malo para tu
puntería. Y prefiero una muerte rápida, si es inevitable, a desangrarme
lentamente.
—Yo nunca haría eso —dijo
ella— Prefiero ser rápida y letal.
Evelyn bajó su arma
pero siguió sosteniéndola.
—Creo que no te
contaron el motivo de mi muerte. Tal vez sepa demasiado. Sobre una mujer
llamada Malena, que fue separada de sus tres hijas, Mónica, Perséfone y Alex o
Alexa. O sobre si Charlotte, una psiquiatra y femme fatal, merecía que un
detective la asesinara.
Pausa.
—Pero no creo que sea
el motivo.
—Lo siento pero debo
cumplir con la misión —dijo Evelyn y gradualmente fue levantando su arma.
—Si es inevitable, tal
vez podrías recurrir a un método más personal y...más íntimo.
Las disuasiones de
Marcos iban poniendo más dudas en el propósito inicial de Evelyn. Ella misma se
había puesto en esa encrucijada y ella misma debería resolverla, conocía los
riesgos de su profesión y no podía fallar esta vez, aunque Marcos lo hiciera más
complicado.
Decidida levantó el
arma con firmeza, los ojos de Marcos se abrieron sin pestañear, intentó una vez
convencerla, pero justo en ese momento ella presionó el gatillo...
La bala pasó rozando
la cabeza de Marcos, el zumbido seco cerca de su oído se sumó al estruendoso
ruido que provocó al incrustarse en el espejo de la pared. La perplejidad de
Marcos no contrastaba con el rostro impertérrito de Ella, que seguía
manteniendo en alto el arma, la postura congelada y los sentimientos en plena
batalla. No había errado el tiro, simplemente no quería ver su propio rostro
disparándole. Hubiera sido un recuerdo torturador. Antes de que Marcos cruzara
su mirada con la de Ella, un segundo disparo se hizo presente estrellándose en
el cuerpo de Marcos.
Sobrevivirá, con esa
idea abandonó el lugar. Sabía que ningún órgano vital había sido dañado. Era
consciente de que nadie creería su versión sobre una mala puntería. Habría que
inventar una historia sostenible, pero Marcos la odiará de por vida o se vengará...
Evelyn también recordó
que las historias sostenibles podrían no funcionar. Convenía tener un plan de
escape. Tener un lugar desconocido para sus contactos, mantenerse oculta
durante el lapso necesario. Y sólo entonces reaparecer, para cumplir con otra
misión letal.
—Y recuerda —le había
dicho su padre— Tus blancos pueden ser inocentes pero tener familias, amantes,
aliados con deseos de venganza.
Mientras, Marcos se
encontraba con una herida dolorosa y con emociones mezcladas y contradictorias.
Evelyn observaba el
mapa digital en su dispositivo, cada punto marcado con precisión quirúrgica.
Sabía que no podía confiar en nadie, ni siquiera en quienes decían protegerla.
El silencio era su mejor aliado, y la distancia, su escudo.
Mientras tanto, Marcos
intentaba detener la hemorragia con una toalla vieja. El dolor físico era
soportable; lo que lo desbordaba era la traición. Evelyn había desaparecido sin
dejar rastro, justo después de que él le confesara lo que había descubierto. ¿Había
sido parte del plan desde el principio? ¿O estaba ella huyendo de algo más
grande?
En la penumbra de su
escondite, Evelyn recibió una notificación cifrada. Solo tres palabras:
“Cambio de objetivo.”
Su respiración se
detuvo por un segundo. Ese mensaje solo podía venir de una fuente, su padre. Y
si él había intervenido, significaba que alguien más estaba en peligro. Alguien
que no figuraba en la lista original.
Se apresuró para
volver a salir, no había tiempo que perder, también porque Marcos no se
quedaría de brazos cruzados, aunque ahora estuviera limitado por la herida, mal
que mal sus sentimientos no habían desaparecido tras el disparo, pero ese no
era su mayor problema, no había cumplido el objetivo inicial. ¿Y ahora?. ¿Qué
venía ahora?. Tomó una ducha rápida, se cambió de ropa, eligió un nuevo
pasaporte, tarjetas bancarias, cambió el móvil, se puso una peluca, lentes de
contacto y adhesivos con nuevas huellas sobre sus dactilares. Fue cuando
recibió otro mensaje: "Encontrarás tu nuevo destino en un gabinete en el
aeropuerto, el número es el 373".
Evelyn recordó otra de
las lecciones de su padre y mentor.
—Cada cambio de
identidad será más que asumir un disfraz distinto. Tendrás que dejar atrás
algunas de tus preferencias, reemplazarlas por otras, para evitar que tus
amigos reconozcan un patrón de búsqueda. Ser impredecible es una clave para
escapar. Sí, es una amarga lección.
Ella pensó en ese y
otros recuerdos, como cuando se alejó de su madre, para no ponerla en peligro.
Y finalmente llegó al
aeropuerto, al gabinete con el número 373.
Mientras tanto, Marcos
escuchó pasos apresurados y voces que reconocía.
Rápidamente fue
atendido, con eficacia, con un protocolo de emergencia. Le dijeron que
sobreviviría, que la cicatriz desaparecería pero dolería mucho.
—Y que no se te olvide
ese dolor —le dijo Circe, la médica que lo atendía— Te advertimos sobre no confiar
en cualquier mujer.
—Ella no quiso matarme
—contestó Marcos.
—Pero estuviste a
punto de morir —contestó Medea, la enfermera que acompañaba a Circe.
Marcos nunca se
atrevió a preguntar si Circe y Medea eran sus verdaderos nombres o pseudónimos,
inspirados en brujas míticas, que eran tía y sobrina.
—Por eso habrá
represalias contra esa mujer —dijo Circe, con una expresión inquietante.
Marcos sintió dolor, que
le impidió hablar. Cuando lo logró, dijo:
—Ustedes me dan miedo.
—Pero no dañamos a
quienes queremos —contestó Circe.
—No lo hacemos —agregó
Medea.
Apenas logró cerrar la
cremallera de la mochila cuando sintió el ardor en el costado. La herida no era
superficial. Circe y Medea habían hecho un buen trabajo, aunque todavía
sangraba, pero no podía detenerse. El tiempo apremiaba. Se colocó una venda improvisada,
apretando con fuerza para contener la hemorragia. Cada paso hacia la terminal
era una batalla contra el dolor.
El aeropuerto estaba
lleno. Turistas, ejecutivos, familias. Nadie reparaba en él, y eso era lo que
necesitaba. Pasó por el control de seguridad con el nuevo pasaporte, nombre
falso, nacionalidad distinta, rostro irreconocible. El agente lo miró brevemente,
luego asintió. Un suspiro de alivio.
Buscó el gabinete 373.
Estaba en una zona poco transitada, cerca de los baños del ala internacional.
Introdujo el código que había memorizado: 7-3-3-1. El clic metálico confirmó
que estaba dentro. Dentro había una pequeña caja negra. Al abrirla, encontró un
billete de avión, una llave, y un sobre con una nota escrita a mano.
“No confíes en nadie.
El vuelo te lleva a Tiflis. Allí empieza todo.”
El dolor se
intensificaba. Tenía que llegar al avión antes de que su cuerpo lo traicionara.
Se dirigió a la puerta de embarque, con la mirada fija, el paso firme, y la
certeza de que lo que venía no era una huida… era una misión.
En otras
circunstancias, le habría prestado una mirada a las azafatas, que parecían ser
parte de una película o de un videoclip. Y por supuesto... lo hizo. Otra
actitud habría sido sospechosa. Pero su mente estaba en otro lado, de la
confusa naturaleza de su misión. Encontrar a Evelyn y salvarla de las
represalias.
O encontrarla y
encargarse de ella, no por rencor, sino para que no cayera en las manos de las
represalias. Circe y Medea, igual que sus ilustres homónimas de los mitos
griegos, eran refinadamente crueles en sus métodos de venganza. No se encargaban
personalmente pero daban algunas directivas. Que se cumplían, ya que Marcos no
era el único que les temía.
Marcos no sabía lo
cerca que había estado de Evelyn. Ni que ella había llegado a un gabinete con
el mismo número, aunque en otro sector del aeropuerto.
En su identidad de
Franca Castillo, Evelyn cumplía una misión, que no le planteaba ningunas dudas.
Y no dudó en llevarla a cabo.
Fue fácil ingresar en
esa casa, de actividades ilegales. Se encontró con una mujer que daba órdenes y
sus esbirros. Como a tres jóvenes prisioneras, a punto de ser ejecutadas.
Unos disparos y los
esbirros cayeron. Apenas uno ofreció una resistencia antes de morir. Evelyn
derribó de un golpe a la mujer.
-Miren hacia abajo o
tendré que hacer algo drástico -les advirtió Evelyen- Y no quiero hacerlo.
Evelyn las desató y
las ayudó a levantarse. Cuando se recuperaron un poco, obedecieron las
indicaciones, ataron a la mujer. Recuperaron los celulares y cuando Evelyn se
marchó, esperaron unos minutos para llamar a la policía.
Cuando llegaron
encontraron una masacre, una mujer que amenazaba con sus caros abogados, aunque
estaba aterrada.
Y escucharon una
historia que parecía una leyenda urbana, una mujer implacable, letal, la
Castigadora.
Para Evelyn, la misión
había sido un descanso. Tendría un par de días de tregua, antes de seguir
siendo acechada y acechando.
No temblaba. No lloraba. Pero dentro de ella, algo se estaba desmoronando con una violencia silenciosa.
ResponderEliminarMarcos la miró, sin sorpresa.
—Sabía que vendrías —dijo, sin levantar la voz.
Ella no respondió. Solo lo observó, intentando recordar que era un objetivo, no un hombre.
Gracias, Linda, muchachita por tenernos en vilo y que nuestras neuronas no se duerman en los laureles jaja. Mil besos más ...
Marcos no se movió. Sus manos permanecían abiertas sobre la mesa, lejos de cualquier gesto amenazante. La luz mortecina de la lámpara apenas delineaba sus facciones, y aun así, ella pudo percibir esa calma extraña, casi resignada, en su mirada.
ResponderEliminar—¿Entonces… lo harás? —preguntó él, como si conociera la respuesta desde mucho antes de esa noche.
Ella apretó la mandíbula. El arma pesaba más de lo habitual, como si todo el acero se hubiera impregnado de su duda. No era miedo, no era debilidad… era algo distinto, un forcejeo interno entre el deber aprendido y la voz que, por primera vez, le pedía traicionarse a sí misma.
—No lo entiendes… —murmuró al fin, con la garganta seca—. No debería haberte conocido.
Marcos sonrió apenas, una mueca amarga que no alcanzó sus ojos.
—Pero me conociste. Y eso lo cambió todo, ¿verdad?
Un silencio espeso cayó entre ellos. Afuera, la ciudad dormía sin sospechar lo que estaba a punto de decidirse en aquella habitación. Ella sintió que cada latido era una cuenta regresiva; que si no actuaba pronto, jamás sería capaz de hacerlo.
Dio un paso hacia él, levantando el arma. Marcos no retrocedió.
—Si aprietas el gatillo —dijo con serenidad—, tal vez completes tu misión. Pero te perderás a ti misma.
Las palabras chocaron contra ella con más fuerza que cualquier bala. Por un instante, pensó en su padre, en su mentor, en las reglas que habían dictado cada movimiento de su vida. Y entonces se dio cuenta: esas reglas no eran suyas.
El dedo sobre el gatillo tembló.
—Marcos… —susurró, incapaz de contener la grieta final en su muro.
Él la miraba sin rencor. Solo esperando.
Ella tenía que elegir: obedecer la voz del deber, o escuchar, por primera vez, la de su propio corazón...
-¿Evelyn, podrías bajar el arma un momento? -preguntó Marcos- Estás temblando, muy malo para tu puntería. Y prefiero una muerte rápida, si es inevitable, a desangrarme lentamente.
ResponderEliminar-Yo nunca haría eso -dijo ella- Prefiero ser rápida y letal.
Evelyn bajó su arma pero siguió sosteniéndola.
-Creo que no te contaron el motivo de mi muerte. Tal vez sepa demasiado. Sobre una mujer llamada Malena, que fue separada de sus tres hijas, Mónica, Perséfone y Alex o Alexa. O sobre si Charlotte, una psiquiatra y femme fatal, merecía que un detective la asesinara.
Pausa.
-Pero no creo que sea el motivo.
-Lo siento pero debo cumplir con la misión -dijo Evelyn y gradualmente fue levantando su arma.
-Si es inevitable, tal vez podrías recurrir a un método más personal y...más íntimo.
Las disuasiones de Marcos iban poniendo más dudas en el propósito inicial de Evelyn. Ella misma se había puesto en esa encrucijada y ella misma debería resolverla, conocía los riesgos de su profesión y no podía fallar esta vez, aunque Marcos lo hiciera más complicado.
ResponderEliminarDecidida levantó el arma con firmeza, los ojos de Macos se abrieron sin pestañear, intentó una vez convencerla, pero justo en ese momento ella presionó el gatillo ...
Puse Macos en el segundo párrafo :) Lo siento.
EliminarDulces besos cariñosos Querida Gine.
Nada que sentir. A mí también se me pasó por alto 🧐
Eliminar😉😘💙
La bala pasó rozando la cabeza de Marcos, el zumbido seco cerca de su oído se Sumó al estruendoso ruido que provocó al incrustarse en el espejo de la pared. La perplejidad de Marcos no contrastaba con el rostro impertérrito de Ella, que seguía manteniendo en alto el arma, la postura congelada y los sentimientos en plena batalla. No había errado el tiro, simplemente no quería ver su propio rostro disparándole. Hubiera sido un recuerdo torturador. Antes de que Marcos cruzara su mirada con la de Ella, un segundo disparo se hizo presente estrellándose en el cuerpo de Marcos.
ResponderEliminarSobrevivirá, con esa idea abandonó el lugar. Sabía que ningún órgano vital había sido dañado. Era consciente de que nadie creería su versión sobre una mala puntería. Habría que inventar una historia sostenible, pero Marcos la odiará de por vida o se vengará...
Evelyn también recordó que las historias sostenibles podrían no funcionar. Convenía tener un plan de escape. Tener un lugar desconocido para sus contactos, mantenerse oculta durante el lapso necesario. Y sólo entonces reaparecer, para cumplir con otra misión letal.
ResponderEliminar-Y recuerda -le había dicho su padre- Tus blancos pueden ser inocentes pero tener familas, amantes, aliados con deseos de venganza.
Mientras, Marcos se encontraba con una herida dolorosa y con emociones mezcladas y contradictorias.
Evelyn observaba el mapa digital en su dispositivo, cada punto marcado con precisión quirúrgica. Sabía que no podía confiar en nadie, ni siquiera en quienes decían protegerla. El silencio era su mejor aliado, y la distancia, su escudo.
ResponderEliminarMientras tanto, Marcos intentaba detener la hemorragia con una toalla vieja. El dolor físico era soportable; lo que lo desbordaba era la traición. Evelyn había desaparecido sin dejar rastro, justo después de que él le confesara lo que había descubierto. ¿Había sido parte del plan desde el principio? ¿O estaba ella huyendo de algo más grande?
En la penumbra de su escondite, Evelyn recibió una notificación cifrada. Solo tres palabras:
“Cambio de objetivo.”
Su respiración se detuvo por un segundo. Ese mensaje solo podía venir de una fuente, su padre. Y si él había intervenido, significaba que alguien más estaba en peligro. Alguien que no figuraba en la lista original.
Me está encantando como está quedando , vamos esto de Pulitzer ajajjajaja besos y gracias por estos proyectos.
EliminarTotalmente. ¡Esto es una maravilla! 🤩👍👏👏
EliminarGracias a ti y a todos🙏 ¡¡Sois muy grandes!! 💙
Se apresuró para volver a salir, no había tiempo que perder, también porque Marcos no se quedaría de brazos cruzados, aunque ahora estuviera limitado por la herida, mal que mal sus sentimientos no habían desaparecido tras el disparo, pero ese no era su mayor problema, no había cumplido el objetivo inicial. ¿Y ahora?. ¿Qué venía ahora?. Tomó una ducha rápida, se cambió de ropa, eligió un nuevo pasaporte, tarjetas bancarias, cambió el móvil, se puso una peluca, lentes de contacto y adhesivos con nuevas huellas sobre sus dactilares. Fue cuando recibió otro mensaje: "Encontrarás tu nuevo destino en un gabinete en el aeropuerto, el número es el 373".
ResponderEliminarEvelyn recordó otra de las lecciones de su padre y mentor.
ResponderEliminar-Cada cambio de identidad será más que asumir un disfraz distinto. Tendrás que dejar atrás algunas de tus preferencias, reemplazarlas por otras, para evitar que tus amigos reconozcan un patrón de búsqueda. Ser impredecible es una clave para escapar. Sí, es una amarga lección.
Ella pensó en ese y otros recuerdos, como cuando se alejó de su madre, para no ponerla en peligro.
Y finalmente llegó al aeropuerto, al gabinete con el número 373.
Mientras tanto,, Marcos escuchó pasos apresurados y voces que reconocía.
Rápidamente fue atendido, con eficacia, con un protocolo de emergencia. Le dijeron que sobreviviría, que la cicatriz desaparecería pero dolería mucho.
-Y que no se te olvide ese dolor -le dijo Circe, la médica que lo atendía- Te advertimos sobre no confiar en cualquier mujer.
-Ella no quiso matarme -contestó Marcos.
-Pero estuviste a punto de morir -contestó Medea, la enfermera que acompañaba a Circe.
Marcos nunca se atrevió a preguntar si Circe y Medea eran sus verdaderos nombres o pseudónimos, inspirados en brujas míticas, que eran tía y sobrina.
-Por eso habrá represalias contra esa mujer -dijo Circe, con una expresión inquietante.
Marcos sintió dolor, que le impidió hablar. Cuando le logró, dijo:
-Ustedes me dan miedo.
-Pero no dañamos a quienes queremos -contestó Circe.
-No lo hacemos -agregó Medea.
Apenas logró cerrar la cremallera de la mochila cuando sintió el ardor en el costado. La herida no era superficial. Circe y Medea habían hecho un buen trabajo, aunque todavía sangraba, pero no podía detenerse. El tiempo apremiaba. Se colocó una venda improvisada, apretando con fuerza para contener la hemorragia. Cada paso hacia la terminal era una batalla contra el dolor.
ResponderEliminarEl aeropuerto estaba lleno. Turistas, ejecutivos, familias. Nadie reparaba en él, y eso era lo que necesitaba. Pasó por el control de seguridad con el nuevo pasaporte, nombre falso, nacionalidad distinta, rostro irreconocible. El agente lo miró brevemente, luego asintió. Un suspiro de alivio.
Buscó el gabinete 373. Estaba en una zona poco transitada, cerca de los baños del ala internacional. Introdujo el código que había memorizado: 7-3-3-1. El clic metálico confirmó que estaba dentro. Dentro había una pequeña caja negra. Al abrirla, encontró un billete de avión, una llave, y un sobre con una nota escrita a mano.
“No confíes en nadie. El vuelo te lleva a Tiflis. Allí empieza todo.”
El dolor se intensificaba. Tenía que llegar al avión antes de que su cuerpo lo traicionara. Se dirigió a la puerta de embarque, con la mirada fija, el paso firme, y la certeza de que lo que venía no era una huida… era una misión.
En otras circunstancias, le habría prestado una mirada a las azafatas, que parecían ser parte de una película o de un videoclip. Y por supuesto...lo hizo. Otra actitud habría sido sospechosa. Pero su mente estaba en otro lado, de la confusa naturaleza de su misión. Encontrar a Evelyn y salvarla de las represalias.
ResponderEliminarO encontrarla y encargarse de ella, no por rencor, sino para que no cayera vva en las manos de las represalias. Circe y Medea, igual que sus ilustres homónimas de los mitos griegos, eran refinadamente en sus métodos de venganza. No se encargaban personalmente pero daban algunas directivas. Que se cumplían, ya que Marcos no era el único que les temía.
Marcos no sabía lo cerca que había estado de Evelyn. Ni que ella había llegado a un gabinete con el mismo número, aunque en otro sector del aeropuerto.
Luego de "refinadamente" va la palabra "Crueles"
EliminarPalabra que me olvidé de escribir.
Ya está puesta, querido amigo 👍
EliminarQueridos amigos. Tal y como os comunico en el post publicado recientemente, dejo en pausa los retos debido a la situación personal que os comparto en dicha entrada.
ResponderEliminarPor supuesto, y a pesar de mi ausencia durante ese tiempo, sentíos libres para seguir el hilo de esta o cualquier historia; así como para dejar lo que deseéis en los comentarios.
Estas puertas siempre estarán abiertas para vosotros.
Gracias inmensas.
En su identidad de Franca Castillo, Evelyn cumplía una misión, que no le planteaba ningunas dudas. Y no dudo en llevarla a cabo.
ResponderEliminarFue fácil ingresar en esa casa, de actividades ilegales. Se encontró con una mujer que daba órdenes y sus esbirros. Como a tres jóvenes prisioneras, a punto de ser ejecutadas.
Unos disparos y los esbirros cayeron. Apenas uno ofreció una resistencia antes de morir. Evelyn derribó de un golpe a la mujer.
-Miren hacia abajo o tendré que hacer algo drástico -les advirtió Evelyen- Y no quiero hacerlo.
Evelyn las desató y las ayudó a levantarse. Cuando se recuperaron un poco, obedecieron las indicaciones, ataron a la mujer. Recuperaron los celulares y cuando Evelyn se marchó, esperaron unos minutos para llamar a la policía.
Cuando llegaron encontraron una masacre, una mujer que amenazaba con sus caros abogados, aunque estaba aterrada.
Y escucharon una historia que parecía una leyenda urbana, una mujer implacable, letal, la Castigadora.
Para Evelyn, la misión había sido un descanso. Tendría un par de dias de tregua, antes de seguir siendo achechada y acechando.