Hay aficiones que
pueden suscitar desde cierta satisfacción a incredulidad o miedo como es el
caso de aquella noche en la que ocurrió aquello tan extraño, hace bastantes
años.
Desde hacía algún
tiempo, un telescopio, una cámara, un temporizador, un trípode y algún elemento
más, se habían convertido en nuevos compañeros de aventuras. La aventura de
poder observar el firmamento y sacar fotografías de aquel inmenso espectáculo.
Algo compatible también con la contemplación y admiración nocturna que la
naturaleza producía en mí. Una sensación de bienestar y calma por la quietud y
soledad que el entorno provocaba, conjugada con ese temor de estar a esas horas
en mitad de la montaña.
Aquella noche era una
noche despejada, con estrellas y las luces del valle brillando a lo lejos como
luciérnagas. Nadie más alrededor.
Por otra parte no era
la noche más adecuada pues alguna nube se interponía entre nosotros sin que
ello fuera un obstáculo que me pudiera ocasionar decepción ni ningún otro tipo
de molestia, al contrario, estaba en ese momento de encanto, poseído por aquel
paisaje de sombras y figuras arbóreas y su contemplación, y por aquel aíre puro
con perfumes de montaña y hierbas aromáticas.
¡Vaya! Aquella
constelación es Casiopea, en forma de uve doble, aquella es la Osa Mayor,
aquella es Andrómeda, aquella Sagitario...
Pero, para mi
sorpresa, algo ocurrió. En una de aquellas nubes que flotaban en aquel cielo
nocturno se encendió como una gran llamarada mientras las luces del valle se
apagaban. Todo se ralentizó, se quedó quieto, un instante de vacilación se
apoderó de mí. No sabía si quedarme quieto o salir corriendo de allí ante el
asombro que algo tan extraño ocasionaba en mí.
Opté por quedarme
allí, y como si no hubiera pasado nada, la luz de detrás de aquella nube se
apagó y volvieron a brillar las del valle, tal vez con más intensidad.
Con resignación y alborozo y la contrariedad por no haber podido sacar ninguna fotografía aquella noche, pero la alegría de haber contemplado aquel fenómeno tan inusual, fui bajando como a cámara lenta de aquella montaña tan habitual para mí, camino de casa, con la reserva que era normal y la esperanza de poder volver a tener una experiencia de aquel tipo.