(Autora: ©Marifelita)
A día de hoy todavía me cuesta asegurar si mi supervivencia es una verdadera condena o una sencilla oportunidad. Hoy se cumplen ya cinco años desde que empezó la guerra. Y puedo asegurar sin ninguna duda que han sido los más largos, intensos y peores de mi vida.
Tal día como hoy hace cinco años saltaron a los titulares de la prensa internacional en inicio de la guerra entre nuestro país y el vecino, tras años de tiranteces, provocaciones y conflictos internos de poca relevancia para la política internacional.
Pero ese día acaparamos el interés mundial como si de la noche a la mañana fuéramos descubiertos globalmente y todo el planeta nos ubicara en el mapa. En lugar de recibir el soporte internacional y mediación esperada por todos para frenar el inminente conflicto, para sorpresa de todos (o quizá solo para sorpresa nuestra, los principales afectados en el problema) el conflicto se alentó intencionadamente llevándonos a una larga y cruda guerra durante años.
En este tiempo he podido descubrir de qué está hecho el género humano, para bien y para mal. No puedo negar que he conocido la verdadera amistad, la generosidad desinteresada de muy buenas personas que me han ayudado sin esperar nada a cambio y arriesgando mucho en medio de toda esta locura.
He sido testigo también del lado más oscuro que podemos esconder cada uno de nosotros en las situaciones más extremas. Con mis propios ojos he visto los monstruos de la guerra: desapariciones y asesinatos, violaciones y abusos, robos y pillaje, hambre y violencia desmesurada. A día de hoy aun no logro comprender como he sobrevivido a todo ello.
Ahora que la guerra ya se ha acabado, puedo decir que he perdido todo lo que tenía: mi trabajo pocos días antes de empezar el conflicto, nuestro jefe cerró la fábrica cogiendo todo su dinero y huyendo al extranjero; mi casa quedó hecha escombros con los primeros bombardeos en tan solo unas horas; bajo los cascotes quedaron mi madre que sufrió una angustiosa y larga demencia durante años y mi hermano, que arrastró un problema grave de drogadicción desde su adolescencia, sin encontrar nunca la forma de superarlo.
He huido lejos, fuera de un país que ya no reconozco como mío. Que me lo ha arrebatado todo y que nada puede ya aportarme. Quizá en la distancia pueda olvidarlo todo o incluso perdonarlo algún día. Soy una persona nueva, que empieza de cero. Sin pasado ya que no me interesa conservarlo. ¿Qué pensarían mi madre o mi hermano de mi postura? Espero que me perdonen si en alguna otra dimensión son capaces de oír mis pensamientos. Pero creo que para ambos este resultado ha sido el mejor posible ya que sus futuros no eran demasiado alentadores, se han ahorrado años de sufrimiento, ellos y también a mí, debo admitirlo.
Pero esta misma convicción que siento ahora me hace sentir la peor de las personas, no puedo evitar. Me hace sentir culpable el hecho de tener estos pensamientos y el hecho también de seguir yo viva al contrario que ellos y de otros muchos que no pudieron conseguirlo.
Dicen que la guerra hace un borrón y cuenta nueva de todo, aunque yo creo que quizá solo de lo material. De todo lo demás creo que es devastadora y perversa con todas las ideas que bullen en nuestras mentes heridas y los sentimientos que quedan encerrados en nuestros corazones.
En mi nuevo país de acogida he acabado mis estudios de magisterio, que dejé colgados cuando mi madre enfermó para poder cuidarla. He conseguido un buen trabajo de profesora de primaria en una escuela rural. Allí he hecho nuevas amigas, algunas de ellas comparten casa conmigo. Ahora son mi nueva familia. Y si tengo un propósito en esta nueva vida que me han regalado, es la de ser de ayuda y útil a otros, enseñar todo lo que he aprendido a las nuevas generaciones para forjar jóvenes mentes con la fortaleza y en convencimiento suficiente para que otra guerra como esta no se vuelva a repetir.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Pros y contras”)




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