«No puedo creerlo; no puedo creerlo. Y mira que me lo
propongo, pero nada; al final siempre me dejo llevar por estos impulsos que
cualquier día me van a hacer perder la cabeza. Mi cabeza… ¿En qué estaría yo
pensando para hacerle caso a esa…, esa “aparición”?
Todos mis ahorros. ¡Todos! Esa entrada para la casa que me
costó años ahorrar, y ahora, a cambio, tengo esta maravillosa puerta en medio de la nada que, supuestamente, es mágica.
Ya me lo decía mi abuela; sí, algo bruja, pero de las buenas;
que no todas las hadas dicen la verdad. ¿Y si era un demonio?
Será mejor comprobar de una vez si esta puerta tiene algún…
poder.
¿Y para qué querrán el dinero en ese otro plano?
Con la falta que hace aquí…
Bueno. Voy a ello… Sólo tengo que girar el pomo y…»
Por lo pronto no había
demonios del otro lado, sino una luz brillante que parecía emitir una música
envolvente y que atraía. ¿Qué puede haber de malo en una luz que se siente tan
agradable? Di un paso, no sin cierta prudencia, luego otro y sin darme cuenta,
ya había recorrido varios metros.
Una figura luminosa se
acercó, y aunque no tenía rostro, sintió que observaba con una atención
antigua.
—Crees que pagaste con
dinero —dijo la voz—, pero ese metal no tiene valor aquí.
Frunció el ceño.
—¿Entonces qué he
entregado?
La luz vibró, como si
dudara en responder.
—Has entregado aquello
que te mantenía atado a tu mundo. Lo que te hacía sentir seguro. Lo que te
impedía moverte.
Sintió un nudo en la
garganta.
—¿Mi futuro?
—Tu idea de él
—corrigió la voz—. Aquí solo entra quien está dispuesto a perderse para
encontrarse.
El paisaje cambió a su
alrededor, la luz se abrió en un sendero que parecía latir.
—Ahora debes decidir
—continuó la voz—. Puedes avanzar y descubrir qué has venido a buscar… o quedarte
aquí, donde nada duele, pero nada cambia.
No sabía qué había al
final, pero por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a curiosidad…
o a miedo.
Quizá eran lo mismo.
Proseguí casi sin
dudarlo, mi curiosidad no me daba tregua.
Un paso y luego otro,
el camino parecía tan agradable de andar, casi como si volase a ras del
sendero... y qué preciosa música se escuchaba, con acordes de carrillón chino,
sonaba una melodía tan-tan romántica... a lo lejos avisté al pianista ¡tocando
un singular piano de cola verde fosforito! ¡Qué fachón y qué virtuosidad!
Me dejé guiar por la
música, mis emociones se habían nublado por ese sonido que me tenía embelesada,
hice caso omiso a esa vocecilla interna que me pedía que me detuviera, que no
siguiera por ese camino, pero la música era tan atrayente que me fue imposible
razonar.
Las manos alargadas y
suaves del pianista parecía que lanzaban hechizos, me acerqué tanto que pude
sentir su calor, un calor quemante, abrasivo, me miró; y en sus ojos había un
abismo...
… un abismo que no
reflejaba mi imagen, sino mis deseos.
Intenté apartar la
mirada, pero el pianista sonrió sin mover los labios. Sus dedos no tocaban ya
las teclas: las acariciaban como si fueran recuerdos. Cada nota que brotaba del
piano verde fosforito arrancaba algo de mi pecho, una certeza, una duda, un miedo.
—La música no es mía
—dijo sin voz—. Es tuya.
Entonces aquel
carrillón lejano, aquella melodía romántica, no era más que la suma de mis
anhelos no cumplidos. La casa que no compré. La vida que no viví por prudencia.
El amor que no me atreví a nombrar.
El calor se volvió
insoportable. Sentí que si permanecía un segundo más allí, terminaría por
consumirme en una versión perfecta y estática de mí misma. Sin riesgo. Sin
pérdida. Sin regreso.
La vocecilla interior
regresó, más firme.
Di un paso atrás.
La música desafinó.
Otro más.
El pianista alzó la
vista, y el abismo en sus ojos se resquebrajó como un espejo.
Giré sobre mis talones
y corrí hacia la luz, hacia la puerta en medio de la nada.
Quizá había perdido
mis ahorros.
Pero aún no estaba
dispuesta a perderme a mí.
Y no sólo por el
momento, sino por mucho tiempo me negaría a perderme a mí mismo. No sería el
personaje de una historia sin terminar.
Y de alguna manera o
de otra lucharía por obtener algo fuera de lo común, alguna forma de
inspiración. Tal vez la música escuchada, que recordaba con toda precisión
podía ser un principio.
Cuando el protagonista
huye del pianista y vuelve hacia la luz, descubre que la puerta ha
desaparecido. En su lugar aparece un paisaje que reconoce vagamente, como si
fuera un sueño. Entonces comprende que no está en un mundo mágico, sino dentro
de la memoria de alguien más.
Una voz desconocida le
revela que no entregó su futuro, sino su historia, y que este lugar solo existe
porque él está dentro. El entorno empieza a fragmentarse mostrando escenas que
no recuerda haber vivido.
Aparece una niña con
un cuaderno. En sus páginas hay dibujos de la puerta, del pianista y del propio
protagonista, pero más joven. Ella le explica que este sitio es un archivo de
recuerdos perdidos, y que él ha venido a recuperar una parte de su vida que había
olvidado.
Fue así que recordó las palabras anteriores: Aquí solo entra quien está dispuesto a perderse para encontrarse. Pero encontrar ¿qué?, aún su cabeza daba vueltas con tantas posibilidades y se esforzó en hallar el sentido de aquella puerta y de aquel mundo al que había ingresado. ¿De quién era esta memoria si no era la suya? ¿Acaso era de su abuela?
Había algo de
siniestra en la niña, como en la voz que escuché, narrando mi historia.
Me dejaron
desorientado, pensando en mi abuela, muy joven para hacerlo. Muy transgresora y
apasionada por el ajedrez.
Recordé que me había
presentado a ella, a quien amé. Aunque no podía recordar su nombre tuve la
necesidad de buscarla.
Y ahí estaba frente a
un tablero de ajedrez, enfrentando a un extraño jugador.
Junto a ella había una
mujer fatal, que se identificó como Charlotte.
-Por fin llegaste.
No sé si ganar la
partida me devolverá a la realidad porque todo esto me parece tan onírico que
no consigo controlar visiones y Apariciones. ¿Y esta Charlotte le dará suerte a
mi extraño jugador? ¿o por el contrario me la dará a mí? Mis dedos temblorosos
realizan un movimiento seguro, mantengo la mirada de mi rival, pero es ella la
que hace un gesto de aviso. No logro descifrarlo. Este movimiento me deja
expuesto. Estaré más atento a Charlotte, creo que pretende ayudarme o tal vez
sea una treta para hundirme. El sonido de una pieza hace regresar mi atención,
la risa de Charlotte me desarma no tanto como su frase:
Charlotte parecía ser
muy leal a mi novia de la adolescencia pero no eran claras sus intenciones
conmigo. Tal vez yo sólo era una pieza a sacrificar, ante un rival difícil.
Casi estaba seguro de
que me había desviado del viaje, en el que había invertido tanto.
Aunque había algo
positivo en eso. Y debía aprovecharlo.
La tomé de un brazo a
ella, la acerqué a mí y le hablé en el oído.
-Tu nombre es
Elizabeth Harmon. Estuvimos muy cercanos.
Fue algo idílico lo
que sucedió, a la vista de Catherine.
Y entonces algo me
interrumpió.
-¿Vas a hablar con tu
dama o vas a jugar? -dijo el sombrío rival- Ya no seré tan considerado.
El rival avanzó una
pieza con una seguridad que me heló la sangre.
El sonido del golpe
contra el tablero resonó como un portazo en un pasillo vacío.
Charlotte dejó de
reír.
Elizabeth —mi
Elizabeth, o la sombra de lo que recordaba de ella— no apartó la vista del
tablero, pero su mano tembló apenas, como si aquel movimiento hubiera alterado
algo más que la partida.
—No deberías haber
dicho mi nombre —susurró ella sin mirarme—. Aquí los nombres pesan.
Tuve la sensación de
que la historia estaba por llegar a su fin, certero o ambiguo. Y que había
mucho en juego, en más de un sentido.
Miré a Elizabeth o a
su recuerdo fantasma, la atraje hacia a mí. Y le dije;
-Por supuesto que los
nombres tienen peso.
Miré nuevamente al
rival, con seguridad. Y moví la pieza, con un movimiento agresivo.
-¡Defensa Siciliana!
Yo estaba dispuesto a
darlo todo. Por Elizabeth, por mí y tal vez por Catherine.
Eso fue un inicio de
jugadas arriesgadas, rápidas de parte de los dos. La partida fue haciéndose
ventajosa para mí.
Pude decir.
-¡Mate!
Mi rival reaccionó
pero ya estaba perdido. Así que exclamé:
-¡JAQUE MATE!
Oscuro y misterioso,
mi sombrío rival tuvo una reacción muy humana, de mal perdedor. Arrojó el
tablero, con todas las piezas.
Y se esfumó.
Catherine me dio un
beso en la boca y luego retrocedió.
-Muy bien, jugador.
Ganaste y tendrás un premio. Pero habrá una decisión. Inevitable y difícil.
Catherine señaló hacia
una puerta, que había aparecido.
-Podrías volver al
punto de partida. Con un lindo recuerdo y triunfar como compositor.
Luego señaló a Elizabeth,
quien parecía estar a punto de esfumarse.
-O podrías quedarte
con tu amada, aquí donde las sombras son reales.
Pausa.
-Pero la puerta
desaparecerá. Tendrás que quedarte casi tanto como una eternidad.
No vacilé. Abracé a
Elizabeth, quien correspondió a mi abrazo.
-Elegiste bien- dijo
Catherine y se fue por la puerta, que desapareció.
Desde entonces,
Elizabeth y yo estamos en este plano de la existencia, en que el tiempo es una
ilusión. A veces me dedico a componer música, que otros soñarán y creerán haber
creado.
-¿No estás
arrepentido? -Me pregunta mi amada.
-Nunca.

Y descubrirás que hay que hacer caso -siempre,- a los impulsos. Si es un demonio lo enfrentamos juntas, que para eso son las amigas.
ResponderEliminarUn relato que activa la imaginación; y abre la puerta a un mundo sorprendente.
Esos impulsos que siempre nos tienden puentes 😉
EliminarY esa es mi intención, Maia; que la imaginación también abra sus propias puertas 😊
Muchas gracias por pasarte y dejar tu sentir 🙏
Un abrazo, y muy feliz marzo 🌿🪻💙
Por lo pronto no había demonios del otro lado, sino una luz brillante que parecía emitir una música envolvente y que atraía. Qué puede haber de malo en una luz que se siente tan agradable?. Di un paso, no sin cierta prudencia, luego otro y sin darme cuenta, ya había recorrido varios metros.
ResponderEliminarUna figura luminosa se acercó, y aunque no tenía rostro, sintió que observaba con una atención antigua.
ResponderEliminar—Crees que pagaste con dinero —dijo la voz—, pero ese metal no tiene valor aquí.
Frunció el ceño.
—¿Entonces qué he entregado?
La luz vibró, como si dudara en responder.
—Has entregado aquello que te mantenía atado a tu mundo. Lo que te hacía sentir seguro. Lo que te impedía moverte.
Sintió un nudo en la garganta.
—¿Mi futuro?
—Tu idea de él —corrigió la voz—. Aquí solo entra quien está dispuesto a perderse para encontrarse.
El paisaje cambió a su alrededor, la luz se abrió en un sendero que parecía latir.
—Ahora debes decidir —continuó la voz—. Puedes avanzar y descubrir qué has venido a buscar… o quedarte aquí, donde nada duele, pero nada cambia.
No sabía qué había al final, pero por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a curiosidad… o a miedo.
Quizá eran lo mismo.
Proseguí casi sin dudarlo, mi curiosidad no me daba tregua.
ResponderEliminarUn paso y luego otro, el camino parecía tan agradable de andar, casi como si volase a ras del sendero... y qué preciosa música se escuchaba, con acordes de carrillon chino, sonaba una melodía tan-tan romántica... a lo lejos avisté al pianista ¡tocando un singular piano de cola verde fosforito! ¡Qué fachón y qué virtuosidad!
Me dejé guiar por la música, mis emociones se habían nublado por ese sonido que me tenía embelesada, hice caso omiso a esa vocecilla interna que me pedía que me detuviera, que no siguiera por ese camino, pero la música era tan atrayente que me fue imposible razonar.
ResponderEliminarLas manos alargadas y suaves del pianista parecía que lanzaban hechizos, me acerqué tanto que pude sentir su calor, un calor quemante, abrasivo, me miró; y en sus ojos había un abismo ...
…un abismo que no reflejaba mi imagen, sino mis deseos.
ResponderEliminarIntenté apartar la mirada, pero el pianista sonrió sin mover los labios. Sus dedos no tocaban ya las teclas: las acariciaban como si fueran recuerdos. Cada nota que brotaba del piano verde fosforito arrancaba algo de mi pecho, una certeza, una duda, un miedo.
—La música no es mía —dijo sin voz—. Es tuya.
Entonces aquel carrillón lejano, aquella melodía romántica, no era más que la suma de mis anhelos no cumplidos. La casa que no compré. La vida que no viví por prudencia. El amor que no me atreví a nombrar.
El calor se volvió insoportable. Sentí que si permanecía un segundo más allí, terminaría por consumirme en una versión perfecta y estática de mí misma. Sin riesgo. Sin pérdida. Sin regreso.
La vocecilla interior regresó, más firme.
Di un paso atrás.
La música desafinó.
Otro más.
El pianista alzó la vista, y el abismo en sus ojos se resquebrajó como un espejo.
Giré sobre mis talones y corrí hacia la luz, hacia la puerta en medio de la nada.
Quizá había perdido mis ahorros.
Pero aún no estaba dispuesta a perderme a mí.
Y no sólo por el momento, sino por mucho tiempo me negaría a perderme a mi mismo. No sería el personaje de una historia sin terminar.
ResponderEliminarY de alguna manera o de otra lucharía por obtener algo fuera de lo común, alguna forma de inspiración. Tal vez la música escuchada, que recordaba con toda precisión podía ser un principio.
Cuando el protagonista huye del pianista y vuelve hacia la luz, descubre que la puerta ha desaparecido. En su lugar aparece un paisaje que reconoce vagamente, como si fuera un sueño. Entonces comprende que no está en un mundo mágico, sino dentro de la memoria de alguien más.
ResponderEliminarUna voz desconocida le revela que no entregó su futuro, sino su historia, y que este lugar solo existe porque él está dentro. El entorno empieza a fragmentarse mostrando escenas que no recuerda haber vivido.
Aparece una niña con un cuaderno. En sus páginas hay dibujos de la puerta, del pianista y del propio protagonista, pero más joven. Ella le explica que este sitio es un archivo de recuerdos perdidos, y que él ha venido a recuperar una parte de su vida que había olvidado.
Fue así que recordó las palabras anteriores: Aquí solo entra quien está dispuesto a perderse para encontrarse. Pero encontrar qué?, aún su cabeza daba vueltas con tantas posibilidades y se esforzó en hallar el sentido de aquella puerta y de aquel mundo al que había ingresado. De quién era esta memoria si no era la suya?. Acaso era de su abuela?
ResponderEliminarHabía algo de siniestra en la niña, como en la voz que escuché, narrando mi historia.
ResponderEliminarMe dejaron desorientado, pensando en mi abuela, muy joven para hacerlo. Muy transgresora y apasionada por el ajedrez.
Recordé que me había presentado a ella, a quien amé. Aunque no podía recordar su nombre tuve la necesidad de buscarla.
Y ahí estaba frente a un tablero de ajedrez, enfrentando a un extraño jugador.
Junto a ella había una mujer fatal, que se identificó como Charlotte.
-Por fin llegaste.
No sé si ganar la partida me devolverá a la realidad porque todo esto me parece tan onírico que no consigo controlar visiones y Apariciones. Y esta Charlotte le dará suerte a mi extraño jugador? o por el contrario me la dará a mí? Mis dedos temblorosos realizan un movimiento seguro, mantengo la mirada de mi rival, pero es ella la que hace un gesto de aviso. No logro descifrarlo. Este movimiento me deja expuesto. Estaré más atento a Charlotte, creo que pretende ayudarme o tal vez sea una treta para hundirme. El sonido de una pieza hace regresar mi atención, la risa de Charlotte me desarma no tanto como su frase:
ResponderEliminarCharlotte parecía ser muy leal a mi novia de la adolescencia pero no eran claras sus intenciones conmigo. Tal vez yo sólo era una pieza a sacrificar, ante un rival difícil.
ResponderEliminarCasi estaba seguro de que me había desviado del viaje, en el que había invertido tanto.
Aunque había algo positivo en eso. Y debía aprovecharlo.
Tomé de un brazo a ella, la acerqué a mí y le hablé en el oído.
-Tu nombre es Elizabeth Harmon. Estuvimos muy cercanos.
Fue algo idílico lo que sucedió, a la vista de Catherine.
Y entonces algo me interrumpió.
-¿Vas a hablar con tu dama o vas a jugar? -dijo el sombrío rival- Ya no seré tan considerado.
El rival avanzó una pieza con una seguridad que me heló la sangre.
ResponderEliminarEl sonido del golpe contra el tablero resonó como un portazo en un pasillo vacío.
Charlotte dejó de reír.
Elizabeth —mi Elizabeth, o la sombra de lo que recordaba de ella— no apartó la vista del tablero, pero su mano tembló apenas, como si aquel movimiento hubiera alterado algo más que la partida.
—No deberías haber dicho mi nombre —susurró ella sin mirarme—. Aquí los nombres pesan.
Tuve la sensación de que la historia estaba por llegar a su fin, certero o ambiguo. Y que había mucho en juego, en más de un sentido.
ResponderEliminarMiré a Elizabeth o a su recuerdo fantasma, la atraje hacia a mí. Y le dije;
-Por supuesto que los nombres tienen peso.
Miré nuevamente al rival, con seguridad. Y moví la pieza, con un movimiento agresivo.
-¡Defensa Siciliana!
Yo estaba dispuesto a darlo todo. Por Elizabeth, por mí y tal vez por Catherine.
Muchísimas gracias a todos 🙏
ResponderEliminarComo siempre os digo, estas historias encadenas están abiertas para cualquier otro final que queráis darle, o para seguir con la historia si así lo deseáis.
Por mi parte, no puedo más que agradeceros de todo corazón, vuestra fiel y bonita compañía, así como vuestras valiosas plumas.
¡¡Feliz abril!! 🌿🪻💙
Eso fue un inicio de jugadas arriesgadas, rápidas de parte de los dos. La partida fue haciéndose ventajosa para mí.
ResponderEliminarPude decir.
-¡Mate!
Mi rival reaccionó pero ya estaba perdido. Así que exclamé:
-¡JAQUE MATE!
Oscuro y misterioso, mi sombrío rival tuvo una reacción muy humana, de mal perdedor. Arrojó el tablero, con todas las piezas.
Y se esfumó.
Catherine me dio un beso en la boca y luego retrocedio.
-Muy bien, jugador. Ganaste y tendrás un premio. Pero habrá una decisión. Inevitable y díficil.
Catherine señaló hacia una puerta, que había aparecido.
-Podrías volver al punto de partida. Con un lindo recuerdo y triunfar como compositor.
Luego señaló a Elizabeth, quien parecía estar a punto de esfumarse.
--O podrías quedarte con tu amada, aquí donde las sombras son reales.
Pausa.
-Pero la puerta desaparecerá. Tendrás que quedarte casi tanto como una eternidad.
No vacile. Abracé a Elizabeth, quien correspondió a mi abrazo.
-Elegiste bien- dijo Catherine y se fue por la puerta, que desapareción.
Desde entonces, Elizabeth y yo estamos en este plano de la existencia, en que el tiempo es una ilusión. A veces me dedico a componer música, que otros soñarán yy creerán haber creado.
-¿No estás arrepentido? -Me pregunta mi amada.
-Nunca,
FIN
Magnífico cierre, querido amigo.
EliminarSois unos auténticos tejedores de historias.
El ajedrez dio para mucho y muy bueno; así como esa puerta.
Gracias y mil veces gracias a todos 🙏