Acalorados, cabreados
y desorientados por culpa del GPS, creímos llegar a nuestro destino. Aquella
playa paradisíaca, recomendada por unos amigos, resultó ser una modesta cala,
tranquila y poco transitada, por algunos visitantes completamente desnudos. Un
viejo cartel con letras desteñidas anunciaba lo evidente: Nudista.
Mi pareja durante
treinta años, poco amigo de imprevistos, probar cosas nuevas y que creía
conocer bien hasta ese momento, se giró con una mirada pícara preguntándome:
—Ya que estamos aquí,
nos quedamos ¿no?
Me cayó el mundo
encima. Estaba agotada de nuestra interminable excursión y lo único que deseaba
era soltar todos los bártulos y darme un chapuzón.
Nunca había estado en
un lugar similar, y estar rodeada de gente desnuda por todas partes me
incomodaba. Mirara donde mirara, hombres y mujeres, jóvenes y maduros: todos
desnudos.
A su difícil pregunta
solo pude contestar con media sonrisa incómoda, que interpretó como un sí.
Sorteando toallas y
parasoles, llegamos a un claro donde instalarnos. Nunca he tardado tanto en
colocar toallas, parasol y quitarme la ropa doblándola cuidadosísimamente. Solo
faltaba quitarse el bikini, cuando comprobé sorprendida que mi pareja estaba
instalada sobre su toalla, completamente desnudo y aplicándose generosamente
protector solar donde nunca le había dado el sol.
Me sentí una intrusa,
siendo la única “vestida” de toda la cala. Hice un enorme esfuerzo quedándome
en “Top Less” pero fui incapaz de ir más allá. Para esconder mi “no desnudez”
decidí meterme en el agua, tenía un calor insoportable y no solo era debido al
inclemente sol.
Desde allí observaba
cuerpos peludos y perfectamente depilados, carnes apretadas y colgantes, pieles
tersas y arrugadas, bronceadas y níveas, todo un catálogo de cuerpos de lo más
normales. Ninguno sería portada de revista, pero todos orgullosos de compartir
su desnudez con el mundo. Me hizo pensar que le damos más importancia de la que
realmente tiene, por la vulnerabilidad e inseguridad que la acompañada, cuando es
algo tan natural.
Algo hizo click en mi
cabeza y como una Venus salí de aquellas aguas con mis braguitas en la mano. Un
gesto imperceptible para el resto de bañistas, pero gigantesco para mí. Una
sensación refrescante de libertad que os recomiendo.
(Clifton R. Adams,
National Geographic)
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia༄Variétés: “La fotografía”)
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