(Autor:
©Necco)
Todo estaba listo. La
felicidad del momento me había llevado a la euforia y ésta a la temeridad:
escribiría sobre mí mismo. La hoja blanquísima, y sin ni una sola arruga o
imperfección, estaba sobre una mesa en la que el orden habitual de los
elementos que sobre ella normalmente descansaban parecía rayando la perfección
bajo la abundante luz solar que la bañaba. La agradable temperatura y el
silencio que me envolvían completaban el marco ideal para que mi felicidad se
plasmase indeleblemente en el tiempo; sí, inmortalizaría la felicidad que
sentía en aquel momento dejándola por escrito. Me sentía bien, muy bien. Me
sentía poeta.
Y comencé a escribir. ¿Cómo describir lo que sentía? Mi mano bailaba sobre la hoja y, a cada paso, a cada giro, brotaban incontenibles las palabras que, como notas musicales, creaban algo que era más que un reflejo de mí mismo. Todo mi ser y mis esperanzas y todos mis deseos estaban fluyendo con la tinta que convertida en ola de mar bañaba incesantemente la playa de mi hoja de papel. Y la cabeza me daba vueltas y el corazón me latía fuerte, muy fuerte dentro del pecho. Me sentía arrebatado por la experiencia de mí mismo. Mi conciencia apenas era capaz de seguir el ritmo de mi mano convertida, ahora, en bailarina que danzaba sobre el mar. ¡Qué magnifica experiencia! Cuando la danza cesó, tuve que esperar unos instantes a que mi agitada respiración se normalizase antes de comenzar a leer lo que, sin duda, sería lo mejor que hubiese escrito nunca pues, allí, en aquella hoja que era playa de blanquísima arena, estaba yo mismo de mi puño y letra.
Temblaba emocionado cuando mis ojos comenzaron a pasar por las frases que acababa de escribir. Y cuando terminé la lectura estaba pálido, frío, pues todo el calor que hasta entonces había inundado mi eufórico pecho había desaparecido como desaparecido había la imagen que yo creía haber plasmado en aquel papel. ¿Quién era el que estaba allí dibujado? ¡No podía ser yo! Mi mano culpable arrugó con rabia y lanzó lejos de sí el retrato del extraño al que había dado vida y, de un salto, me puse de pie. Sentía miedo, un miedo como el que nunca soñé que podría llegar a sentirse. No podía explicarme lo que había pasado. ¿Dónde estaba yo? Miré la bola de papel con aquellos trazos garabateados que estaba en el suelo justo en frente de mí, y el tiempo se detuvo cuando, abatido, desarrugué la hoja y la leí de nuevo.
No sé cuánto tiempo estuve allí, arrodillado, llorando con la hoja de papel en la mano; no lo sé. Pero cuando por fin me puse de pie, ya había comprendido que las palabras que ahora ardían en la chimenea, eran el real reflejo de mí mismo, una simple caricatura de lo que yo pensaba ser.
En las cenizas aún podía verme a mí mismo de mi puño y letra.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)


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