Ester tenía 16 años y
estaba convencida de que su madre había sido puesta en la Tierra con una única
misión, complicarle la existencia. No importaba si era un cambio de ropa que su
madre consideraba inapropiado, una decisión aparentemente sin sentido sobre su
futuro, o su tendencia a encerrarse en su cuarto con los auriculares como única
barrera entre ella y el mundo. Su madre siempre tenía algo que decir, y ella
siempre tenía algo que protestar.
Pero había algo que
Ester no podía negar, su madre era su mundo. No porque fuera perfecta ni porque
siempre tuvieran razón la una sobre la otra, sino porque, de algún modo
inexplicable, su madre entendía lo que ni siquiera ella misma lograba
comprender.
Como aquel día en que
volvió a casa después de suspender un examen de matemáticas. Ester había
ensayado su discurso de excusas en el camino a casa, pero no lo necesitó. Su
madre la miró, le sirvió un chocolate caliente y dijo:
—Tener un mal día no
te define, lo que haces después de él sí.
Y así, sin más, Ester
soltó un suspiro que llevaba horas guardando en su pecho y dejó que el
chocolate hiciera su magia.
Luego estaban los días
en que su madre hacía el ridículo solo para hacerla reír. Como cuando intentó
aprender las coreografías de las canciones de moda para "conectar con los
jóvenes" y casi se dislocó un tobillo en el proceso.
—¿Te das cuenta de que
estoy poniendo en riesgo mi integridad física solo para entretenerte? —dijo su
madre, medio cojeando.
Ester se echó a los
brazos de su madre, y terminó riendo. Porque si algo era cierto, es que su
madre tenía un don para sacarla de sus propios pensamientos.
Con el tiempo, Ester
se dio cuenta de algo. No era que su madre quisiera complicarle la vida, sino
que quería asegurarse de que estuviera lista para enfrentarla. Con su humor,
sus frases sabias de madre y su amor infinito disfrazado de discusiones, su
madre era su brújula, incluso cuando Ester quería navegar por sí misma.
Reflexión:
A veces, en la
adolescencia, sentimos que nuestros padres están ahí solo para cuestionarnos.
Pero, en realidad, están tratando de enseñarnos a vivir en un mundo que aún
estamos descubriendo. Son los primeros en poner límites, pero también los
primeros en levantarnos cuando caemos. Y aunque no siempre lo vemos, son la red
que nos sostiene en el caos de crecer.
El texto es un poco
real, otra poca ficción y otra poca magia del teclado ajajá, algo si es verdad
verdadera, mi Madre lo fue todo y de algún modo ella siempre está presente en
mí.
Y sí, la adolescencia
es complicada, pero qué lindo es sentir como descubrimos cada sentimiento de la
vida.
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