(Autora:
©Campirela)
Aquel cuadro era más que un rostro o trazo de líneas de colores, allí desde mi perspectiva veía algo más que un hombre.
Lo encontré una noche deambulando por la ciudad, estaba postrado sobre una pared, al lado de enseres que aguardaban al camión de la basura.
No me lo pensé dos veces, miré a ambos lados de la calle y como aquel que va a robar algo lo cogí y lo metí entre mi abrigo, no lo estaba robando, allí lo habían abandonado.
Cuando llegué a mi apartamento, lo dejé sobre la mesa, lo miré y observé, aquel cuadro tenía algo especial, cada línea, cada trazo representaba años de su propia vida.
Me preguntaba por qué su dueño lo habría dejado expuesto para que fuera mutilado en ese camión de la basura.
Tal vez fuera un autorretrato y no se veía reflejado, o tal vez cuando se lo entregaron no le gustó, o simplemente algo más fuerte que su ego le hizo hacer tal barbaridad.
Sus colores me daban serenidad, sus líneas en su rostro marcaban una vida vivida, la seriedad tal vez, una desgracia en su pasado, y sus ojos eran tristes, diferentes de color, pero ambos hablaban de dolor.
Trazos de una vida, reflejados en un tapiz donde quien lo pintó no vio un rostro, sino un alma de sentimientos.
Solo me pregunté ¿quién sería ese hombre, y si existía?
Algo en él me decía que necesitaba compañía...
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)



No hay comentarios:
Publicar un comentario