Y yo que empecé aquel
grado sin motivación alguna. Una clase mixta era lo que menos esperaba
encontrar. Ocurre que, el primer día por culpa de mi apellido me situaron al
final del aula, junto a los Quijada, los Sánchez y los Rodríguez, sí, he dicho
los. Entonces llegó él, su apellido comenzaba por Z, y mis nervios se
dispararon en cero coma segundos. Me quedé embelesada en el rizo de sus
pestañas, nunca hasta entonces había visto unos ojos tan oscuros y bonitos.
Contarle a mi madre mi
comienzo de curso no pintaba bien, sabía de antemano lo que me diría: “No me
digas más, te han mirado y te has enamorado”. Cómo decirle que en esta ocasión
era distinto. Se trataba de mi compañero de clase. A Jackie se lo podía contar
todo, nunca juzgaba mis argumentos, ya sé que un gato no cuenta como asesor
sentimental. Era el único con quien podía abrirme sin encontrar miradas
reprobatorias, él y mi amado diario, donde cada noche confesaba mis
pensamientos, las ideas locas que me acechaban cuando Z se dirigía a mí con esa
sonrisa perfecta.
El curso avanzaba y
con él las prácticas sanitarias en la gran sala donde teníamos todo tipo de
material. Finalmente, agradecí a mi apellido que en casi todas ellas
estuviésemos de compañeros. No podía disimular la agitación que me causaba cada
vez que rozaba o tocaba alguna parte de mi cuerpo. El corazón se me salía del
pecho. Maldito tensiómetro que, cierto día, delató mi estado de taquicardia. O
aquél, cuando en pleno vendaje el globo de la venda cayó de mis manos
provocándonos un ataque de risa. Creo que Jackie me dedicó una sonrisa mientras
se lo relataba. Lo sé porque sus bigotes se movieron rítmicamente.
La clase de gimnasia
era otro momento para disfrutar de su cercanía. Lo curioso es que creo que él
también disfrutaba de la mía. Estoy segura de que la química jugó una buena
parte. La complicidad se mantuvo durante todo el curso. Las bromas nos tuvieron
ocupados gran parte del tiempo.
Yo no era ninguna
Esther, aunque viviera en mi mundo, cómic que me encantaba en aquella época,
pero un día me sentí tan desdichada como ella lo estaba por Juanito. Alguien me
reveló que Z tenía novia, la cual durante un recreo visitó las inmediaciones
del instituto para comprobar si las habladurías eran ciertas.
Hasta aquí duró
nuestro juego de complicidades. El por qué nunca me habló de ella me reafirma
en que la química y la física la teníamos de sobresaliente, pero la fórmula
tenía un componente de más y el resultado siempre daría error.
El próximo curso
contará con un aliciente menos, o quien sabe, ya tendré 15 años.
Millones de gracias, mi querida amiga. La imagen me encanta, me lleva a otro momento donde la felicidad tenía un nombre.
ResponderEliminarMil besitos con abrazos llenos de cariño y muy feliz julio 🧡
Qué bonito lo que dices, mi preciosa Ana... Feliz de que así sea 😊
EliminarGracias inmensas por ser y estar, siempre... 🙏
Abrazos y cariños enormes, y muy feliz verano 🤗💙