Lucía tenía 16 años y
la certeza de que sus padres no la entendían. Aquella noche, mientras el enfado
se disipaba por las escaleras de su casa, se encerró en su habitación. No la
dejaron ir al concierto de su banda favorita, Los Hijos del Eclipse. El primer
concierto en la ciudad en años, y justo ella, que había contado los días como
si fueran caramelos, no podía ir.
Encendió la televisión
solo para no mirar el techo. En las noticias, un presentador se refería a una
curiosa noticia.
"Una familia
asegura haber visto un objeto volador no identificado sobrevolando las afueras
de la ciudad.” Las autoridades aún no confirman nada, pero..."
Lucía abrió los ojos y
subió el volumen. Las imágenes eran borrosas, pero algo brillante giraba en el
cielo, lanzando destellos verdes y púrpuras. Se mordió el labio.
—Ojalá pudiese irme en
un platillo volante a conocer mundo —murmuró, cruzando los brazos con
frustración.
El zumbido llegó
primero. Agudo, creciente, como el sonido que haría un enjambre si cantara
ópera. Luego, una luz pulsante atravesó la ventana, envolviéndola. Lucía apenas
tuvo tiempo de gritar antes de que el suelo desapareciera bajo sus pies.
Cuando abrió los ojos,
ya no estaba en su habitación.
Estaba de pie en una
cabina circular, con paredes que parecían respirar y botones que brillaban como
luciérnagas. Frente a ella, dos seres delgados y plateados la observaban con
ojos enormes, sin párpados.
—¿Tú lo pediste? —dijo
uno de ellos con una voz que sonó directamente dentro de su cabeza.
Lucía tardó unos
segundos en entender.
—¿El… platillo? ¿Esto
es un platillo volador?
—Una nave de
exploración cultural intergaláctica, —respondió el otro ser, cruzando los dedos
como si eso fuera un saludo.
Lucía miró por una
ventana: las nubes pasaban como algodón espeso y las luces de su ciudad se
hacían pequeñas.
—¿Me están… llevando?
—Dijiste que querías
conocer mundo.
Y así empezó su viaje.
Visitó planetas donde
los árboles hablaban en verso, ciudades que flotaban sobre océanos de cristal,
mercados donde se vendían recuerdos en frascos. Aprendió a decir “gracias” en
cuarenta idiomas estelares y a bailar como se hace en Neptuno.
Pero cada vez que una
estrella nueva aparecía en el horizonte, pensaba en su casa. En su madre
cantando mientras cocinaba. En su padre explicándole las letras de las
canciones antiguas. En la perrita que dormía junto a su cama.
Una noche (o lo que
parecía noche en ese rincón del universo), les preguntó a sus anfitriones si
podía volver.
—¿No te aburrías allá?
—preguntó uno de ellos.
—Sí. Pero es mi
aburrimiento. Y a veces… también hay conciertos.
Los alienígenas
asintieron con comprensión.
La devolvieron a su
habitación un minuto antes de que todo comenzara. Al mirar el reloj, aún faltaban
dos horas para el concierto. Sobre su escritorio, una pequeña esfera flotante
brillaba con una nota:
"Un pase, por si
algún día quieres volver. —Tus amigos intergalácticos."
Esa noche, sus padres,
sorprendidos por el súbito buen humor de Lucía, accedieron a dejarla ir al
concierto. No sabían, claro, que su hija ya había bailado bajo mil lunas.
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