Entre la bruma...
En el claroscuro de
una mañana entintada de bruma, deambulaba entre árboles que susurraban con
hojas de plata y aire que parecía hecho de recuerdos evaporados. Aquel instante
no era tiempo, era una interludia, una grieta entre los segundos donde el alma
podía hablar sin que el mundo la interrumpiera.
La niebla se enroscaba
en sus tobillos como memorias que se niegan a desprenderse. Caminaba solo,
aunque acompañado por una legión de pensamientos impronunciados, esos que nunca
encuentran voz pero pesan como maletas llenas de ausencias.
En su mano, un maletín
viejo —no de cuero, sino de añoranza endurecida—, guardaba no documentos, sino
los trozos dispersos de su historia: una carta sin destinatario, una pluma sin
tinta, una fotografía que ya no mostraba rostros sino sonidos visuales de lo
que fue.
La luz caía oblicua,
tajante, como si el cielo mismo intentara cortar la realidad en dos: lo vivido
y lo que queda por vivir. Y en ese intermedio, en esa interlucidez entre
sombras y soles, Silvio sintió el peso de lo efímero. No como carga, sino como
revelación.
La vida —comprendió en
esa marcha suspendida— no es una línea recta, sino un mapa de atardeceres sin
brújula, una sucesión de instantes embriagados de belleza que solo pueden verse
con los ojos cerrados y el pecho abierto.
Así siguió caminando,
no hacia el futuro, sino hacia sí mismo. Porque a veces, el verdadero destino
no es un lugar, sino una epifanía en la niebla. Y ahí, donde todo parece
perderse, a veces, uno se encuentra.
*
EL PÁJARO SIN PLUMAS
En una estancia con
techo de terciopelo y paredes de mercurio líquido, dormía una mujer sin rostro.
Su piel era translúcida como la cáscara de un huevo de obsidiana, y su
respiración parecía una sinfonía de relojes que chirriaban. No tenía nombre,
pero cada noche soñaba que subía a la cumbre, atrapaba un pájaro y luego volvía
con el pájaro a su hogar. Sus horas morían absorta en el espejo de su
habitación, como si algo desde el otro lado llamara su atención.
El tiempo en esa
estancia no caminaba: reptaba. Las horas se deslizaban como babosas de humo por
las rendijas del suelo, mientras una lámpara invertida colgaba del suelo y
emitía luz hacia abajo, iluminando el cielo. En un rincón, un gramófono
reproducía el canto de una lengua muerta, y los sonidos se aferraban a las
paredes como mariposas clónicas.
Una figura emergió
entonces de un espejo derretido: era el pájaro sin plumas, construido con
engranajes de relojería y ojos de obsidiana líquida. En lugar de alas, tenía
párpados, y al parpadear, llovían retratos de manos que escribían cartas a
nadie.
—He venido a
devolverte tu sombra —dijo el pájaro con una voz que olía a alcanfor.
La mujer se incorporó
sin moverse, como si el gesto fuese un pensamiento. Bajo su pecho palpitaba un
corazón encerrado en una campana de cristal, y cada latido exhalaba vapor de
biblioteca. Sus dedos eran lápices de carbón, y con ellos dibujó una puerta en
el aire. La puerta gruñó, suspiró y se abrió hacia una escalera que descendía
hacia el cielo.
—Mi sombra fue
devorada por la lógica —respondió ella, con un aliento de heliotropo.
Juntos, descendieron
por la escalera, pisando nubes de mármol y pensamientos fosilizados. A medida
que bajaban, el mundo se descomponía en fragmentos de sueño: relojes rotos,
peines que lloraban, y ojos flotando en frascos de formol.
En el último peldaño,
hallaron un océano hecho de tinta seca. El pájaro sin plumas alzó su mirada
hacia la mujer sin rostro y dijo:
—Aquí termina el
sueño. Lo que sigue es el recuerdo de algo que nunca sucedió.
La mujer asintió, y se
deshizo como una palabra olvidada. Solo quedó el pájaro, quieto, con sus alas,
párpado, cerradas, esperando el próximo desvarío.
*
La playa de los Lirones de agua
Nadie sabe con certeza
dónde se halla la Playa de los Lirones de Agua. Algunos dicen que aparece una
sola noche cada siete lunas llenas, justo donde un río se olvida de ser río y
sueña con ser mar. Ella hace ese mismo recorrido cada siete lunas atraída por
la fascinación del lugar.
Se sienta en las
arenas que no son doradas ni blancas, sino de un azul opalescente, como si
estuvieran hechas de cristal pulverizado por los suspiros de las ballenas. Allí
habitan los lirones de agua, criaturas del tamaño de un coco, con ojos de
obsidiana líquida y aletas transparentes como burbujas. Duermen suspendidos en
el aire, meciéndose en las corrientes del viento marino, y roncan melodías que
hacen florecer conchas en la orilla.
Cuando la marea sube,
emergen también los calamares lumínicos, que bailan tangos en el fondo del
océano con pañuelos de algas. Hay también caballitos de coral, que te permiten
montar sobre su lomo si les ofreces una risa sincera.
Pero la criatura más
extraña es la sirena sin voz, una figura de humo que te observa desde el
horizonte. Dicen que perdió su canto en un pacto con la luna, y que cada
visitante que la mira con ternura le regala una palabra. Cuando haya reunido
mil, podrá volver a cantar el amanecer. Ella aún no ha logrado oírla, pero
sueña con el lugar en el que le gustaría evaporarse para siempre.
Solo puedes llegar a
esa playa si no la buscas, si caminas descalzo y sin prisa, y si en el bolsillo
llevas una piedra que te contó un secreto. Pero cuidado: si decides quedarte
demasiado, los lirones podrían adaptarte como uno de los suyos, y dormirás
durante siglos sobre el viento, soñando con océanos que aún no existen.
Ahora ella espera
paciente, en su bolsillo guarda la piedra, está descalza y reza para que por
fin el lugar la acepte entre sus brazos porque ella desea seguir soñando
mientras flota con el viento.
(Relatos pertenecientes a la propuesta de Serendipia༄Variétés: “La fotografía”)
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