LOS ÚLTIMOS INVITADOS
―¡Pero ¿qué has hecho, grandísima hija de
puta?! ―gritó Ramsés con la mirada, aunque en egipcio antiguo. Lisa no entendía
el egipcio antiguo pero sí las miradas―. Has matado a mi dueña, la que me daba
de comer y… ―pensó un ratito y no encontrando otra salida concluyó― …de beber.
―Con el tema de las miradas, aunque son bastante claras, se pierden matices de
la comunicación, de modo que a Lisa le pareció una reacción exagerada, aun habiendo
perdido los matices―. ¿Es que porque creas, te crees con poder de vida y muerte
sobre los seres vivos? ¿Crees que te codeas con Bastet?
―… ―contestó sin tener demasiado claro de
qué se la acusaba.
La reacción de Ramsés, lejos de haber
alcanzado su zénit, seguía aumentando, y entonces pasó a la fase en que a uno
se le acaban los argumentos, pero no la rabia. Dispuesto a hacer justicia, se
lanzó sobre la cara de Lisa que no tuvo tiempo de reaccionar. Aprovechando
todos los recursos a su alcance, rodeó con el sobrante de su pellejo la cabeza
de la pintora, a fin y efecto de dejar las garras libres para producir el
máximo daño posible. Y fue a por los ojos claro, inconsciente de que en una pintora,
el daño que iba infligir, quizás excedía el que incluso él mismo pensaba que
merecía.
Una especie de silicona parecida a la del
perro andaluz se derramó sobre su regazo mientras ella gritaba e intentaba
despojarse del gato cuya piel se ceñía de tal modo a su cara que actuaba como
una bolsa de plástico y estaba empezando a asfixiarla. Cuando lo consiguió, lo
lanzó de vuelta al interior del cuadro. Ramsés, no contento, aún azuzó a sus
compañeros:
―Id con la pintora a comer proteínas, que
comiendo dulce aún os vais a quedar ciegos ―ordenó en egipcio antiguo.
El pajarillo y el lagarto, que entendían
perfectamente el idioma, obedecieron y fueron a dar buena cuenta de los ojos
licuados.
En aquel momento, la
supuesta occisa comenzó a moverse, a abrir la boca tanto como sus mandíbulas le
permitían, y a estirar hacia arriba sus brazos hasta casi dislocarlos.
―Ups ―dijo Ramsés antes de saltar de la
mesa y desparecer de escena.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Fugarse”)
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