"Esta imagen pertenece a un cuadro de Rosa Fernanda Sánchez,
mi hermana y una magnífica artista con un talento que lo abarca todo.
El cuadro representa la visión de Rosa sobre la leyenda del
diamantista".
(Autor: ©Marcos)
Graciela vestía con flores y guirnaldas elaboradas con
hierbas y plantas sedosas que recogía cerca de la ribera del río, en forma de
ramos que sujetaba a su fina cintura con zarcillos de la misma orilla. Su
cuerpo teñido por la luz del crepúsculo vespertino había florecido con los años
y la había transformado poco a poco en una perla de agua dulce, embebida en una
concha espléndida que era la casa de su padre, la casa de un orfebre de
especiales habilidades manuales y creativas entregadas a la muy apreciada labor
de tornear soportes de metales preciosos, moldeándolos con finas herramientas
de tacto sutil.
El diamantista observaba las evoluciones de su hija en torno
a la ribera del río Tajo, cuyas aguas surcaban melosas, envolventes, la
imperial Toledo. Eran tiempos de reinas como María Cristina de Nápoles y María
Teresa de Hungría, cuando se tejían complejas estrategias de Estado y arduas intrigas
flotaban por la Corte.
Hubo una leyenda que afirmaba que María Cristina encargó al
diamantista una corona para la gala de coronación de su hija Isabel II, pero
esa está escrita en la memoria de las gentes. Yo traigo hasta aquí una pequeña
historia inspirada en esa adolescente que saltaba entre olmos, chopos lombardos
y plátanos. Ella recogía enebro, sabina y boj. Los quejigos se mezclaban, no
lejos, en el sotobosque, con agracejos y guillomos. Los antiguos sabinares
poblaban el entorno como guardianes de la pequeña fortaleza que para Graciela
suponía aquel caserón de su padre construido en época indeterminada.
Espliego y Tomillo completaban la recolecta que ella llevaba
a cabo con esmero, sin olvidar las puntas de retama, para coronar su linda
cabeza de jovencita que aspiraba a transformarse en breve en mujer.
En esta ocasión, en lugar de duendes del río que confeccionasen
una corona real, como ha contado siempre la tradición del pueblo, su padre
necesitaba otra cosa y era la capacidad de convencer a la Reina María Cristina
de que en la fiesta de bodas de su hija Isabel, lo que necesitaba de verdad no
eran joyas que engalanaran el ilustre busto de la sucesora de su difunto padre
Fernando VII. La reina insistía, pero más de diez años atrás, la corona real
más fastuosa de todos los tiempos ya había salido del talento del mejor orfebre
tras mucho esfuerzo y penurias para conseguir las joyas más resplandecientes.
María Cristina incitó al diamantista a que propusiese qué
evento especial podría ocurrírsele como colofón a la fastuosa boda real de una
adolescente Isabel II. Ni corto ni perezoso, el orfebre pensó en su propia hija
Graciela, ataviada con sus amados trajes de flores, que gustaba de vestir tan
solo en la intimidad de su casa, junto al río Tajo, lejos de miradas furtivas.
Era allí, a la sombra del cerro del Bú, junto al embarcadero del río y de una
hacienda envuelta en la leyenda y el misterio, donde ella jugueteaba con las
orquídeas y respiraba con gozo el aroma de la flora con la que rodeaba su
cuerpo.
A veces su padre pensaba que había nacido como ninfa del río.
Su madre ya notaba en su vientre y en su pensamiento que su niña era de otro
mundo, estaba conectada con ella, podía entender lo que le transmitía: que su
niña iba a llegar a este mundo con un propósito, una secreta misión.
Pero esa madre no llegó a sobrevivir debido a una
complicación en el parto que provocó su muerte tras dar a luz a Graciela. Esta,
ya convertida en una joven de espléndido porte amante de la floresta, las
luciérnagas y las aves nocturnas, se encontraba ajena a las conversaciones
entre la reina María Cristina y su padre, disfrutando de su entorno mágico
junto a la casa del río sin que, por cierto, ni estudios ni formación académica
obstaculizaran su deseo de vivir en comunión con la naturaleza. Por suerte,
llegar hasta el centro de enseñanza no requería ni un kilómetro caminando junto
a la ribera.
Pero cuando su padre regresó de la Corte, ella lo notó
preocupado. Una sombra de inquietud cruzaba su rostro.
—Mira, Graciela, debo comentarte algo importante. La reina
quiere añadir algo especial a la ceremonia de bodas de Isabel. Y yo, pues, no
se me ha ocurrido otra cosa más cabal que proponerle que… —Su azoramiento era
más que evidente, pero para su sorpresa ella reaccionó posando sus manos sobre
sus hombros y sonriendo.
—Lo sé, padre, sé que has acordado que yo esté presente en
palacio, y no de cualquier manera, sino vestida como a mí me gusta, de ninfa
del río y los bosques que lo circundan. Acudiré, acudiré a la llamada…
Las palabras de Graciela resultaban enigmáticas para el
orfebre, que se hallaba confundido sin emitir vocablo alguno. Al cabo de unos
segundos consiguió deshacer el nudo de su garganta.
—Cómo, ¿Cómo has sabido…? – La confusión había comenzado a
dar paso a la admiración y esta lo indujo a abrazar tiernamente a la joven–?
Eres tal como te describía tu madre cuando aún no te había alumbrado, un ser de
luz que venía hasta nosotros con una misión que cumplir.
—No te preocupes por lo que has sugerido sobre mí a la reina,
no la defraudaré.
—Pensé en ti porque de inmediato una imagen cobró forma en mi
mente, como si la voz de tu madre me recorriera por dentro, trayéndome a la
memoria su premonición sobre tu futuro. Y lo peor es que desconozco lo que
significa.
Ambos permanecieron abrazados en instantes donde se mezclaban la confusión de él con la esperanza de ella, recelos ante lo inesperado y certeza de ella sobre su destino.
El día de la boda de Isabel, casi dos centenares de carruajes
se concentraron ante las puertas de palacio, en el más ostentoso desfile que se
recordaba desde hacía décadas. Embajadores de otras tierras y de países más
cercanos presentaban sus credenciales en un desfile que parecía no tener fin
ante el suntuoso salón del trono. Nada más terminar el ritual, la joven Isabel
emitió un largo bostezo. Su madre lo interpretó como una señal inequívoca de
que debía empezar aquel evento especial del que había hablado con el
diamantista. Tras unas palmadas que su ujier principal entendió al instante, un
conjunto de sirvientes ataviados de gala precedió la aparición de Graciela.
Los vestidos relucientes exhibidos por los lacayos
contrastaban con el sencillo esplendor de la naturaleza en forma de una segunda
piel que recubría el cuerpo de Graciela, quien ejecutaba una danza de las que
habitualmente solía hacer gala en la soledad de la casa de su padre el
diamantista. Hubo exclamaciones de admiración. Un minuto más tarde, las nobles
damas sollozaban y los ilustres caballeros sentían cómo un extraño júbilo y una
incipiente lujuria se adueñaban por igual de sus mentes.
La orquesta interpretaba la “Sinfonía Pastoral” de Ludwig van
Beethoven, desgranando acordes perfectos en alianza con la melodía que parecía
estar interpretando la propia Graciela.
La joven danzaba con evoluciones lentas al principio, como si
quisiera preparar a todos para algo mucho más elevado; daba pasos de baile como
nunca habían contemplado los presentes, sus saltos sucesivos la dejaban medio
suspendida en el aire, en un efecto óptico que los presentes celebraban con múltiples
aplausos y expresiones congeladas en un ¡Oh!, y un ¡Ah!, seguidas de más
aplausos.
Gabriela bailaba como si brazos invisibles procedentes de la floresta que llevaba encima la hicieran flotar sobre el escenario, convertido ahora en un largo pasillo delimitado por los asistentes al evento, que cada vez se encontraban más cerca de dejarse llevar por un trance convulsivo.
Girando en una espiral desenfrenada, la hija del diamantista
se elevó sobre el linóleo de la enorme sala plagada de gente y esta vez voló
literalmente sobre sus cabezas y más allá, difuminándose en el éter, pues su
cuerpo era ya nada más que una bruma disipándose a toda prisa.
Ninguno de los presentes supo dar una explicación,
perturbados por el inesperado fenómeno que inundó la sala de turbación,
desconcierto y miedo. Los miembros de la orquesta fueron cesando en su
actividad unos detrás de otros, convirtiendo la dulce sinfonía en una suerte de
chirridos indescifrables.
La reina no quiso jamás hacer mención de lo ocurrido, y fielmente
la imitaron todos los asistentes al acto. El padre de Graciela permaneció
quieto, mirando hacia la nada en que quedó convertida su hija mientras él se
rompía por dentro.
Cuando hubieron desalojado a todos los presentes, los
sirvientes acompañaron a la salida al desolado orfebre, quien fue llevado en un
carruaje hasta su casa junto a la ribera del río, allá donde el espíritu de
Graciela había sido transportado por un oculto designio que tan solo su madre
pareció entender antes de que la ninfa del río llegara a este mundo.
(Relato perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)



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