Era un domingo
primaveral. Ginebra había quedado con su excéntrico amigo Chema para ir a ver
una exposición de cuadros de temática marina.
Ginebra no pasaba por
su mejor momento anímico. La noche anterior había estado leyendo una novela gráfica
sobre la Edad Media, concretamente sobre los viajes en barco en aquella época.
Ella pensó: “Si la vida medieval era dura de por sí, no quiero ni imaginar cómo
sería para quienes viajaban por mar”.
Como no lograba
conciliar el sueño, Gin dio un vistazo a las redes sociales. Vio una publicación
sobre la leyenda del hilo rojo que une a dos personas que están predestinadas a
encontrarse, y se preguntó: “¿Habrá algo de verdad en eso, o será sólo una
muestra más de la moda positivista que nos invade?”.
Poco a poco se le
fueron cerrando los ojos, y se recostó sobre la cama sin ponerse el pijama ni
taparse...
*****
Gin y Chema ya estaban
en el interior del museo. Los cuadros eran de una calidad artística indudable,
pero resultaban algo tétricos. Muchos de ellos mostraban el mar revuelto bajo
un cielo oscuro, con algún que otro barco navegando en condiciones de riesgo.
Eso sí, se trataba de
épocas posteriores a la Edad Media, ya que entonces no existía el concepto de
perspectiva en la pintura, los cuadros eran muy ‘planos’. Por el contrario, los
que estaban viendo tenían un efecto tridimensional muy logrado. Casi te sentías
dentro de aquellas tempestades.
Ginebra de repente se
sintió teletransportada a una roca llena de picos y salientes, que se clavaban sobre
sus pies descalzos. Había perdido los zapatos. Entre sus manos tenía el famoso
hilo rojo, que se había quedado enredado en la roca. En el extremo del hilo que
ella sostenía no había nadie, y el otro extremo era imposible de encontrar.
Se encontraba sola,
Chema y todos los visitantes y personal el museo habían desaparecido. Era como
si se hubiera trasladado a otra dimensión. No sabía si seguir el rastro del
hilo, o si huir de allí nadando...
*****
Entonces sonó el
despertador. Gin estaba sobre su cama, con el chándal y los calcetines
taloneros que llevaba en casa. Se había quedado dormida, y había tenido una
terrible pesadilla.
Se duchó y desayunó. A
las 11 había quedado con Chema en la puerta del museo. Esperaba que la visita a
exposición en la realidad fuera una experiencia más agradable que en el sueño
de la pasada noche.
Cuando vio a Chema en
la puerta, se saludaron con dos besos.
–¿Cómo vas, Gin? ¿Has
dormido bien hoy?
–Bueno, así así...
–respondió ella–. Esperemos que no haya cuadros sobre hilos rojos enredados en
rocas.
–¿Cómo...? –se extrañó
Chema.
–Nada, nada, cosas
mías.
*****
La exposición fue una
bonita experiencia para ambos. Gin anotó ideas que le sugerían los cuadros, y
que usaría para sus poemas. Chema grabó un breve vídeo para su paciente y leal
amiga catalana.
Después fueron a tomar
un café a una terraza cercana, y se estuvieron contando sus penas y alegrías.
Tanto Gin como Chema sabían que todas las emociones juegan un papel en la vida.
Al igual que los colores fríos y cálidos en la paleta de un pintor/a.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia༄Variétés: Las nubes pasan)
No hay comentarios:
Publicar un comentario