(Autora: ©Tracy)
Me estoy
viendo a mí misma adolescente, en el dibujo de Esther: con ese camisón tan mono
de tiras bordadas, cuyos tirantes se anudaban con un lazo en el hombro, sentada
cómodamente en mi cama escribiendo mi Diario
y pensado como describir mis días, por si lo perdía, que nadie se enterara de
los secretos tan tremendamente importantes que yo guardaba en él.
El diario
era un vademecum, de las hazañas que
hacíamos las niñas y los niños de mi pandilla y los enredos que montábamos para
llegar más tarde a casa o irnos a bañar en las siestas tórridas del verano,
mientras que nuestros padres creían que estábamos en casa de alguien de la
charpa.
Eran
amistades endogámicas porque los que nos juntábamos éramos hermanos, primos y
vecinos, lo que quería decir que estábamos controlados en nuestra adolescencia
por nosotros mismos.
Pero eso que
tanto temía... sucedió, me cogió una monja del colegio el Diario y se lo dio a
mi madre, menos mal que mi madre era más moderna de lo que correspondía a la
época y la cosa quedó en tablas, pero se enteró que estaba enamoradísima de Juanito, el hermano de mi amiga La leo compañera del cole, cuyos padres
eran amigos de los míos. En fin que las dos familias hicieron sus comentarios,
cosa que a él y a mí, nos ponía de los nervios, la cosa fue a más hasta el
punto de que mi abuela tomó cartas en el asunto y le dijo a mi madre, delante
de mí:
- A ver si
la cosa progresa y tengo una bisnieta con mi nombre.
Me callé
porque no me interesaba estar a mal con ella, que era la que intercedía para
que me levantaran todos los castigos que me ponían, que no eran pocos. Mi padre
le decía "la abogada de causas perdidas". Realmente lo era y lo fue
hasta que se marchó a cuidarme desde la otra orilla.
¡Qué tiempos
aquellos!
¡Qué no
daría yo por empezar de nuevo!, como canta RocíoJurado.
©Tracy
(Relato
perteneciente a la propuesta de Serendipia༄Variétés: “Pura adolescencia”)



No hay comentarios:
Publicar un comentario