SOÑADORA
Siempre había sido una
soñadora pero nunca le había ido mal: siempre se las había apañado para que sus
sueños se hicieran realidad. Tampoco eran unos sueños disparatados pero de
todas maneras había sido bonito hacerlos realidad.
El año pasado se había
encontrado con él: era perfecto, casi un sueño. Por muy soñadora que fuera,
siempre pensó que era demasiado bonito para ser verdad. Pero, por otro lado,
siempre le había costado enamorarse porque siempre pedía demasiado. Sin
embargo, en aquella ocasión, había sido ver la sonrisa de él y saber que su
vida nunca volvería a ser igual. Prácticamente, desde el principio empezaron a
hablar de matrimonio. Sus amigas le dijeron que no era necesario que se dieran
tanta prisa.
Pero ella soñaba con
la vida juntos. Comenzaron a buscar piso y ella incluso buscó por su cuenta en
ratos libres. Llevaban tres meses saliendo y ella simplemente quedó con sus
amigas un día en el que él no estaba por un viaje de negocios. Habían ido a un
café muy elegante del centro y habían tomado café de especialidad con leche de
barista y una selección de tartas variadas. Rieron y bromearon durante un largo
tiempo e hicieron planes para quedar periódicamente a partir de ese momento.
Se despidieron en la
puerta y ella echó a andar feliz por la calle: hacía una tarde preciosa, la
vida la sonreía y no podía si no disfrutar de ella. Y, entonces, fue cuando le
vio: iba empujando una sillita con un bebé e iba del brazo de una señora muy
arreglada que llevaba de la mano a una niña pequeña. Desconcertada, se escondió
detrás de un árbol y sacó el móvil de su bolso: tomó varias fotos y después se
fijó en que llevaba anillo de casado. No parecía triste ni arrepentido.
Miró a su alrededor:
el día seguía siendo el mismo pero ella ya no lo era. Se dirigió a la parada de
taxis y tomó uno hacia su casa. Cuando llegó, se cambió a algo mucho más cómodo
y luego puso la TV mientras se hacía la cena. El teléfono sonó pero ella, por
primera vez, no contestó. Lo dejó sonar simplemente y siguió con sus tareas
domésticas.
ME HICE UNAS ALAS
Cuando terminó, fue a
su despacho y cogió todas las cartas y las postales que él la había mandado.
Primero, pensó que debía arrojarlas a la chimenea; después, pensó que quizás
era mucho mejor para todos que ella las conservara, por lo que las metió en un
caja y las puso en su trastero. Después, le bloqueó en el móvil, se lavó los
dientes y se fue a dormir.
Al día siguiente, se
sentía ligera: parecía que se había liberado de todo aquello. Sintió que
aquella noche le habían crecido alas y que el encantamiento simplemente había
desaparecido. Pensó en los cuentos de hadas, sólo que él nunca tendría un
puesto relevante: no era el brujo perverso, simplemente era un mentiroso
compulsivo. Aquello le pareció ridículo: decidió que no iba a perder más
tiempo.
El sol había salido y
el día era precioso. ¿Por qué desperdiciarlo por alguien así?
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia: “Fugarse”)
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