Estaba dando una
vuelta por el parque del Retiro, un sábado por la tarde. Me senté en un banco
de la plaza del Ángel Caído, y saqué de mi mochila la novela que estaba
leyendo, ‘la hermandad de las malas hijas’ de Vanessa Montfort.
Tengo cierta habilidad
para leer con atención, y al mismo tiempo fijarme en las escenas cotidianas que
suceden a mi alrededor. Además, he comprobado que recuerdo mejor los capítulos
que he leído en el transporte público, en la sala de espera del centro de
salud, en un banco del parque... que aquellos leídos en mi habitación. Eso no
quita para que mi ritual de leer en la cama por la noche mientras tomo una taza
de leche con cacao sea sagrado.
El caso es que,
mientras veía pasar a familias, grupos de amigos, parejas y almas libres como
yo, estaba leyendo un pasaje algo “picante” de la novela antes mencionada. En
realidad me resultaba más cómico que otra cosa, ya que las chicas protagonistas
usaban unas expresiones que me hacían pensar: “¡esta novela me da a mí que no
la venden en las librerías del Opus!”.
De repente, el cielo
se oscureció y desapareció toda la gente que había alrededor. Sin saber cómo,
tenía a mi lado al Ángel Caído, que había cobrado vida. Miré el pedestal de la
escultura, y estaba vacío.
–¿Qué, leyendo libros
adultos, eh? –me dijo, socarrón–. Si hubieras leído algo así en tu época
adolescente, habrías tenido que confesarte después.
–¡Pero esta novela no
va de eso! Además, yo ya estoy curado de espanto. –me defendí–. Si un libro trae algún pasaje
subido de tono, pues bienvenido sea, pero no es algo que influya a la hora de
elegir mis lecturas.
–¡Ya lo sé, hombre!
Pero te he visto y he querido aprovechar la ocasión para dejar claras algunas
cosas. Me han echado la culpa a mí de todos los supuestos pecados que podáis
cometer los humanos, porque al parecer os hago caer en la tentación.
–Ahora ya sé que eso
es un cuen...
–¡Déjame terminar!
–exclamó–. Los ángeles, tanto los buenos como los caídos como yo, podemos hacer
muchas cosas, pero no leer vuestros pensamientos ni comunicarnos con vosotros
mentalmente. Y en el tema que tanto te preocupaba de los deslices nocturnos en
plena adolescencia, no era yo el que te “tentaba”.
–Ya, en esa época de
la vida se tienen las hormonas revolucionadas...
–¡Claro! Era tu
cuerpo, que Dios lo hizo así. La pulsión sexual en la pubertad es algo contra
lo que no se puede luchar. Hace falta más información y menos amenazar con el
infierno.
Me quedé pensando en
esas últimas palabras, y cuando me quise dar cuenta, el sol había vuelto a
salir y los viandantes habían regresado. Se veían las típicas escenas de
siempre: un niño que pasaba montado en bicicleta me miraba, su madre le decía
que no fuera tan rápido; una pandilla de adolescentes reían recordando alguna
anécdota de su instituto; y una chica le hacía una foto con su móvil a la
fuente del Ángel Caído.
Entonces caí en la
cuenta. Miré el monumento central de la fuente, y el Ángel Caído había vuelto a
su lugar. Lo que había ocurrido hace unos instantes, ¿fue sueño o realidad?
Se me ocurrió que
podría grabar otro vídeo junto a la fuente, relacionando el agua en movimiento
con algún tema de matemáticas. Pero, por alguna razón, no me atreví. Aquella
tarde ya había cubierto mi cupo de sobresaltos... En lugar de eso, saqué el
móvil y miré el foro naranja, a ver si mi amiga escritora había respondido o
reaccionado a alguna de mis bobadas.
©Chema
©Patrizia Burra
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Aimie-Lee Bliem
Textos del reto de junio «Fluir»:
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Lunaroja/ Auro/ Nuria de Espinosa/ Dulce/
Chema/ Dafne Sinedie/ Mujer de Negro/
Tracy/ Volarela/ Milena/ Erik/ Ginebra.
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