«Este camino
nadie ya lo recorre,
salvo el crepúsculo».
Matsuo Bashō
Haiku
El pato estaba ahí, en
su dibujo. Lo había detenido en cuatro trazos apasionados sobre el papel. Pero,
afuera, frente a él, el ánade seguía deslizándose por el agua de colores de
aquel atardecer, moviendo su colita graciosamente y dejándole en el alma un vientecillo
de plumas, ligero y feliz.
Al joven pintor del
siglo XX le parecía que la realidad escapaba siempre más allá, que era
imposible detener tanta belleza con sus pinceles. Todo era matemáticamente
perfecto en aquel jardín japonés, entre aquellas aves que se miraban, se
llamaban, se unían o separaban bajo un mandato amoroso, profundamente poético y
simple. El chico quería reflejar eso mismo: captar los móviles colores del
animal, atrapar la ligereza de esa inocencia derrochada por los espejos de la
tarde. Pero su impaciencia emborronaba el papel; su arte era torpe,
precipitado. Aun así, tenía que insistir. Pintar era su particular ikigai, el
sentido de su vida.
El ave salió del agua
y se le acercó, tambaleando su cuerpo regordete e inseguro sobre tierra firme.
Con la osadía de los niños, comenzó a mirarle inquisitivamente, con plena
tenshinranma, una inocencia pura.
El artista pensó en
sacarle un pedazo de pan de su mochila. Para cuando lo tuvo en la mano, el
tiempo había pasado misteriosamente. El espacio se llenó de una textura
brillante, blanquecina y acuosa, similar a la de una marina acuarelada. Los
patos habían desaparecido. En su lugar, una luna gigantesca se vertía sobre el
paisaje, abrillantando de plata líquida todo lo que tocaba, incluido el cuerpo
de una bella mujer.
El silencio era casi
absoluto, tan calmado como el de una estrella solitaria en la negrura. Las olas
murmuraban algo inaudible antes de morir, y eso era todo. La muchacha se
mostraba de espaldas a él, goteando frescura, recogiéndose una larga cabellera
negra y empapada. Ningún sonido había entre ellos; solo una especie de cordón
violeta, apenas visible, brotaba de la melena de ella y parecía unirse al
cabello del pintor.
Inesperadamente, los
ojos de la mujer penetraron los suyos, sin mediar espacio, ni tiempo, ni palabras.
El joven artista creyó
ver su vida entera desfilar por aquellos ojos negros que parecían conocerle
desde siempre. La calidez que le transmitían era de una comprensión sin
límites. Él, casi paralizado por la magia onírica de la vivencia, sintió el deseo
de esbozarla rápidamente; pero sabía que ocurriría lo mismo que con el pato. Su
pasión destrozaría el instante.
De pronto, de los
brazos de la mujer salieron ondas de agua que llegaron hasta las manos del
acuarelista. Le hizo sentir que buceaba por inmensos océanos: olas de vida
azules que le cubrían de serenidad y le hablaban de orden, de creatividad y
armonía. Delfines, ballenas e infinidad de seres marinos transparentes y llenos
de colorido bailaban sobre él a cámara lenta. Cada trazo de la luz del océano
ondulaba los cuerpos con matices diferentes. Todo cambiaba, móvil, reflejando
un espectro de colores infinito.
Entonces comprendió a
fondo el arte de sus antepasados. Aquellos paisajes antiguos no nacían de
copiar lo que veía el ojo, sino el alma. Pintar era un momento sagrado e
irrepetible; la concentración de un instante depurado en la pincelada
imborrable, espiritualizado en la serena meditación. Pintar era conocerse a sí
mismo, controlar el flujo de su ki a voluntad, fluir sabiamente con su propia alma
unida al aliento del mundo.
Desde el fondo del
agua, a contraluz, reconoció las patas de las ánades reales que antes
observaba, y sintió el corazón de las aves en el juego incesante de su sigiloso
vivir. Comprendió que eso era shiawase*, la pequeña felicidad de sentir el
instante que se abre y se cierra con la brevedad de las flores. Al detener su
propio pulso, enlentecer su respiración y fluir en armonía con la vida, notó
que se llenaba profundamente de experiencias, como si viviera por todos y con todos.
Entonces sonrió.
Había estado con los
ojos cerrados todo lo que duró el abrazo de la mujer de las ondas azules. Por
ello, cuando los abrió, el regreso a la belleza cotidiana del lago fue
repentino. El pato le seguía mirando, expectante, brillando envuelto en gotitas
iluminadas por el sol del ocaso. Le parecía que aquella pequeña mirada le
sonreía. Él se rió y le dio un trozo de pan. En el acto acudió toda la bandada
con alegre algarabía parleante, pues la fiesta ahora estaba en tierra.
Sonriendo aún más,
cerró su cuaderno y recogió sus pinceles. El día no podía haber sido más
dichoso en inspiración, aun cuando no hubiera dibujado nada. Atrás dejó la
laguna, los patos, la mujer de plata y los cuadros de sus antepasados… Pero
dentro los llevaría durante mucho tiempo, inundándole de una profunda kōfuku*
que iría desgranando a lo largo de los días, en su pequeño estudio,
convirtiéndolos en los más preciosos cuadros.
Kōfuku: la «felicidad»
en un sentido casi filosófico o espiritual, como un estado de plenitud
duradero.
Shiawase: felicidad
cotidiana de las pequeñas cosas de la vida
Fluir: El término fue
popularizado por el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi; y se refiere a un estado
de concentración plena y disfrute en el que la persona se encuentra totalmente
inmersa en lo que hace.
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia༄Variétés: «Fluir»).
Qué maravilla, Volarela, con tu relato nos llevas a ese fluir... fluimos con esta preciosa historia donde el Arte es protagonista... uno se vuelve agua y penetra en lo profundo para ser pura emoción... Fluir y felicidad son quizás lo mismo, ambos conceptos detienen el tiempo, hacen que uno se convierta en instrumento divino... uno respira plenitud: y es plenitud.
ResponderEliminarMi admiración siempre, Volarela, besos mil
La admiración es mutua, Gracias Mil. (Te respondí en mi wordpress)
ResponderEliminarQué exquisitez por favor!
ResponderEliminarUn trabajo pleno de elegancia, de color, de sensaciones y sobre todo,como si nos acariciara una seda suave y fresca.
Qué maravilla!
Un besazo!
¡Lunaroja! Cómo se echan a faltar tus estimulantes comentarios, la precisión que sabes darle, las sensaciones tan auténticas que sabes trasmitir...
EliminarPero es que no podía ser de otra manera, siendo tan poeta y tan profunda a la vez.
Miles de gracias, me dejas encantada...
Un besazo y un espléndido verano para ti, lleno de creatividad y paz :)
Manet, solía pintar una y otra vez una tela porque la luz cambiaba , repetía una y otra vez la misma montaña, la misma flor.... cuando murió dejó la fruta en su mesa sin moverla hasta que esta se pudrió, muchos de sus cuadros fueron quemados por su propia mano. Van Gogh, lo hizo con los girasoles... y aunque nunca sintieron lo que era perfecto, siguieron pintándolo y hoy lo disfrutan nuestros ojos, sin siquiera mirar la luz.... ¿sería necesario tanta perfección?
ResponderEliminarabsolutamente, si no, nunca hubiésemos disfrutado su pintura, ni ellos permanecer en el tiempo... Muchas pinturas de miguel ángel fueron pintadas sobre los sexos por orden de un papa, hasta que otro reconoció que el secreto estaba en la original, he hizo repararlas, pero algunos mantuvieron su pañal porque el tiempo había hecho lo suyo... Miguel Ángel habría vuelto a morir si lo hubiera visto con sus ojos.