(Autora: ©Nuria de Espinosa)
Los trazos que el lienzo de la vida dibujó en mi camino
parecen hilos efímeros, pero en realidad son eternos, tejidos por las manos
invisibles del destino que desafían la linealidad de la existencia. Son tan
quebradizos, que recorren mi rostro y lo cruzan en espirales, fragmentando el
tiempo y el espacio. En esas líneas finas y enredadas percibo la caducidad de
lo cotidiano, qué inasible se despliega con una agitación casi fractal.
Cada línea es un vestigio, un destello de lo vivido, o tal
vez lo que no ha de venir. Mi rostro, en
su quietud melancólica, parece resistir el oleaje de los trazos que lo
circundan. Como si se debatiera entre la permanencia y la disolución, entre la
añoranza y la melancolía. Mis ojos están cargados de una fatiga mustia, que
sugiere el peso de lo transcendental que gravita sobre mi pensamiento.
Los trazos crepitan con una delicadeza casi exangüe, como
cicatrices del alma sobre recuerdos de tormentas internas que, aunque
invisibles al ojo desnudo, han dejado sus huellas. La vida, en este sentido, es
un palimpsesto de emociones, donde cada trazo se sobrepone al anterior, sin
borrar lo que una vez fue. La turbación aparente es solo la forma en que el
cosmos dialoga con nuestras incertidumbres, entre trazos, que más que límites,
son ventanas: portales a la infinitud de nuestra fragilidad, a la rareza de
existir en un mundo que se disuelve y se reconstruye en un ciclo de finitud
perpetua, donde la guadaña espera. Ssss, sisea la serpiente en la puerta.
(Texto perteneciente a la propuesta de Serendipia: “Trazos”)



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