¡Cómo me meto en estos
líos!
Recibí la invitación
de aquel extraño, al que solo conocía por mesenger y por facebook, y aunque me
había llamado la atención desde el principio, por su simpatía pero sobre todo
por la autenticidad que percibía en sus palabras, y porque se mostraba sincero
a la hora de hablar de sus preferencias y de sus necesidades, así como se
interesó por las mías, que nunca antes había hecho una cosa así.
Tener una cita con
alguien desconocido, para tener solo sexo.
Un pellizco en mi coño,
me alertaba de que algo sabroso, algo placentero, podía esperar de aquel
encuentro.
Solo me había pedido
una cosa, solo una.
_¡Quiero que te pongas
estos zapatos en el primer encuentro!—me dijo—por mesenger y me envió una foto
de los mismos.
Eran unos zapatos de
aguja, que me hacían tener el pie totalmente inclinado desde el empeine.
_Espero que no tenga
que andar mucho con ellos—pensé—aunque eran extremadamente bonitos, muy finos y
elegantes.
Además me pidió
también que me pusiera unas anillas de cuero en los tobillos, que se ajustaban
a los mismos, con unas correas. En la foto además se podía apreciar que las
anillas estaban cogidas por una cadena según se veía en la foto, de tal manera
que cuando quisiera andar de pie, me costaría harto trabajo.
Pero era tal el
pellizco en el coño... Que me subía para arriba, que hasta la vulva se me
hinchaba nada mas de pensarlo, estar ante él, desnuda, en una habitación de
hotel, a merced de un hombre al que no conocía casi de nada. Ufff, la emoción
me podía más que el temor que sentía al mismo tiempo.
Y luego estaba lo del
candado. ¿Qué significaba? ¿Qué me lo pondría y me lo quitaría a voluntad?
Bueno no quería pensar
en ello.
Al cabo de pocos días
recibí un paquete grande. Me apresuré a abrirlo nada más llegar a casa. Allí
estaban los zapatos, eran preciosos, finos, altivos, en el fondo yo también me
veía así, a veces, jejeje... Y le acompañaban las tobilleras de cueros. Me los
puse, caminé un ratito con ellos. También me coloqué las tobilleras, eran de
piel fina, como de cabritilla, no me molestaban en absoluto. Me mire al espejo
y me sentí muy sexy y muy excitada también, lo reconozco...
Llegó el día de la
cita. Me preparé, me puse guapa, atractiva, muy sexy, me coloqué unas medias
cogidas con un liguero, para que mis pies se parecieran a los de las foto y un
corpiño color carmesí ribeteado con un bonito encaje, nada de bragas, prefería
tener mi coño peludo, negro color azabache, al aire, nada de sujetador, mis
tetas al aire y solo cubiertas por un hermoso abrigo tres cuartos, que dejaba
mis piernas al aire. Me dirigí al hotel que habíamos reservado, pedí la llave
en recepción, subí hasta la habitación, me acomodé y me dispuse a esperar. La
excitación mojaba ya mi entrepierna.
Cuando sonó el teléfono
lo cogí al instante, estaba deseosa, y totalmente lubricada ¡No me lo podía
creer lo que me excitaba toda aquella situación!
—¿Sí?
—¡Hola! ¡Estas ya ahí
supongo!
—Sí —me apresuré a
contestarle en seguida.
—Bien, estoy en
recepción, subo enseguida, cojo el ascensor y llamo a la puerta.
Nada más oír el timbre
de la puerta me apresuré a abrir. Y allí estaba él, de pie, elegante, vestido
con unos vaqueros, una camiseta por fuera y una chaquetilla de lino, abierta,
sin abotonar.
Nos besamos
tímidamente en las mejillas, pasamos adentro, directos a la habitación que
tenía preparada con todo lujo de detalles, las velas, el incienso, una luz
tenue, una temperatura ideal para poder permanecer desnudos...
Así lo habíamos
pactado, nada de preámbulos.
Enseguida reparó en
mis pies.
—A ver, déjame que te
vea —me dijo— quiero comprobar cómo te quedan. Estas realmente magnífica toda
tú. Eres verdaderamente hermosa y estoy ansioso por nadar sobre tu cuerpo.
Me invitó a recostarme
en la cama. Me despojé del abrigo de tal manera que quedé desnuda con los
zapatos puestos, con las dos tobilleras puestas, las medias y el liguero, sin
bragas con mi pubis al aire todo el desmelenado, y mis tetas al aire también,
aunque pequeñitas, bien erguidas y con los pezones de punta, totalmente
erguidos por la excitación.
Se dirigió con
decisión a mis pies, acarició los zapatos, que fue quitándome con suavidad,
acarició mis pies a continuación, los acarició sumamente por encima de la
media, aspiró su olor (menos mal que estaba recién duchada), subió sus manos
hacia arriba y hacia abajo deslizándolas por mis medias. La piel se me erizaba
bajo el tacto de sus manos. Desabrochó un liguero, y retiró delicadamente la
media que cubría esa pierna. Acto seguido hizo lo mismo con la otra media. Todo
muy despacio, como si de un ritual se tratase. Acariciando la piel al tiempo
que deslizaba hacia abajo la media. Como adorando un templo sagrado, el de mi
cuerpo.
Cogió un pie entre sus
manos, y empezó a chuparme el dedo gordo, despacito, como el que chupa un chupa
chups con deleite, ensalivando poco a poco, y dando pequeños muerdos al mismo,
de tal manera que provocaban en mí, una intensa excitación. Mis jugos vaginales
empezaban a deslizarse por la entrepierna, detalle que no le pasó
desapercibido.
Siguió deslizando su
lengua por todo la planta, luego dedo a dedo, dándome pequeños mordisquitos en
cada uno de ellos, prosiguió con el talón, los tobillos y comenzó a deslizar su
lengua por la pantorrilla y por el interior de los muslos, entre ambas piernas,
de tal modo que su cabeza quedo entre mis muslos. Mi excitación estaba
alcanzando un torrente poderoso, unos movimiento y una convulsión que no sabía
si podría aguantarme más, antes de estallar.
Sinuoso como una
serpiente se movía de manera ascendente y descendente, y también me mordía en
el interior de los muslos, hasta que oía un lamento y quejido mío, que
interpretaba como señal para que continuara ascendiendo.
Cuando llegó a la
altura de mi vulva con su lengua, yo ya estaba chorreando, mis labios estaban
carnosos y jugoso, mi clítoris, estaba prominente, diciendo ven cómeme.
Y pareció oír la
llamada, porque enseguida se aplicó sobre él. Despacio, como todos sus
movimientos, dando vueltas sobre el mismo, deslizando la lengua arriba y abajo,
de lado a lado, chupando de manera rítmica, succionándolo y luego soltando, y
volviéndolo a coger otra vez. Luego mordiéndolo, incrementando la intensidad y
el ritmo del movimiento.
No pude contenerme más
y estallé en convulsiones que me hicieron levantar mis caderas apoyando los
pies en la cama, elevándome y hundiéndome repetidamente mientras él se afanaba
por no soltar mi vulva, dejando el coño totalmente arriba para luego hundirme
en lo más profundo de la cama, llevándome las manos hasta la vulva, acariciando
los labios, el pubis, el clítoris, retorciéndome de gusto, delante de aquel
hombre, expuesta, desnuda, entregada...
Cuando me repuse un
poco, me besó despacito, con besos pequeños, jugosos, siguiendo un caminito
desde mi pubis, pasando por mis tetas hasta llegar al cuello, las orejas y
finalmente los labios...
—Quiero más —me dijo—
esto solo ha sido el aperitivo. Pero ahora quiero que me des permiso para
colocarte la cadena atando tus tobillos.
Un escalofrío de
pasión volvió a recorrer mi cuerpo desde lo más profundo de mis entrañas.
Había gozado tanto que
estaba dispuesta a experimentar todo el gozo del mundo con aquel hombre. Tal
era la fascinación que ejercía en mí.
©Raphael Coquine
©Patrizia Burra
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Aimie-Lee Bliem
Textos del reto de junio «Fluir»:
Chica/ Roselia Bezerra/ Campirela/ Gustab/
Lunaroja/ Auro/ Nuria de Espinosa/ Dulce/
Chema/ Dafne Sinedie/ Mujer de Negro/
Tracy/ Volarela/ Milena/ Erik/ Ginebra.
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