Azucena y yo estábamos
sentados juntos en clase de matemáticas aplicadas. El profe se había tenido que
ausentar por unos minutos, y nos había dejado haciendo un ejercicio que
resolvería en la pizarra cuando volviera.
“Calcular el área de
una corona circular de radio interior r y radio exterior R, integrando en
coordenadas polares”.
Mi amiga lo hizo muy
rápido, yo tardé un poco más.
–¿Cómo la has hecho,
Azu? –le pregunté.
–He integrado el radio
vector ρ (ro) entre r minúscula y R mayúscula, y el ángulo de rotación φ entre
0 y 2π. De esa manera, obtenemos directamente la expresión π·(R 2 –r 2 ).
–¡Vaya, creo que yo me
he complicado más la vida! –dije riendo. He calculado el área del círculo
grande, integrando ρ entre 0 y R minúscula, y φ entre 0 y 2π. El resultado es π·R
2 . El área del círculo pequeño tendrá la misma expresión, pero cambiando R
mayúscula por r
minúscula. Por último, el área de la corona será la diferencia de áreas: la del
círculo grande menos la del círculo pequeño.
Al final del horario
de clases, Azucena me propuso ir a merendar a su apartamento.
–Te enseñaré la
guitarra que he comprado con mis ahorros –me dijo.
–¿Una guitarra? ¡Qué
pasada! ¡Estoy deseando verte tocar algo! –respondí.
Su apartamento estaba
en uno de esos edificios de dos plantas en la zona antigua del distrito Tetuán.
Ella se descalzó al entrar en su pequeño hogar y yo hice lo mismo.
–Siéntate en el sofá
mientras preparo algo de café –propuso.
Cuando volvió con las
tazas, le dije:
–Azu, estaba pensando
en que hay algunas canciones que hablan sobre círculos.
–¿Todavía estás dando
vueltas al problema que hemos hecho hoy en clase? –respondió riendo–. ¿Y
supongo que querrás que te toque alguna de esas canciones “circulares”? ¡Ahora
vengo!
Entonces fue
rápidamente a su habitación a por su guitarra.
–¡Qué chula!
–exclamé–. Sé que tocas genial, ya recuerdo lo bien que lo hiciste en la fiesta
de fin de curso del año pasado.
–¡Es verdad! Pero fue
con una guitarra prestada, ahora tengo la mía propia. Puedo escuchar una
canción, anotar los acordes principales y luego intentar tocarla por ensayo y
error. ¿Qué canción me propones?
–A ver... –pensé en
voz alta–. Se me ocurre ‘circle of life’ de Elton John, pero esa canción es más
de piano que de guitarra.
–Efectivamente.
–¿Quizá ‘circle in the
sand’ de Belinda Carlisle? No, demasiado “moñas” para ti, tú eres una chica
dura.
–Oyeee, ¡que yo tengo
mi corazoncito! –protestó entre risas.
–¡Ya lo tengo! La
canción ideal es ‘the circle game’ de Joni Mitchell –le propuse–. Es una
cantautora que cambió las reglas de la música en los años sesenta y setenta, y
ese tema tiene una letra filosófica sobre el ciclo de la vida.
–¡Buena elección! Me
gusta Joni Mitchell y esa canción es muy bonita –dijo palmeando y con una
sonrisa satisfecha–. Pero te voy a pedir algo a cambio.
–¡Claro, lo que
quieras! –respondí intrigado.
–Quiero pedirte que
cuando escribas un relato con una protagonista femenina, varíes un poco con los
nombres, ¡que siempre las llamas Azucena, hijo mío!
(Relato perteneciente
a la propuesta de Serendipia༄Variétés: «Surrealismo»).
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