Aquella llamada no sólo fue inesperada, sino que cruzaba todos los límites de la lógica. La voz que se escuchaba al otro lado del auricular, parecía proceder del más allá. Ese lugar al que Susana nunca puso en duda, dadas las experiencias familiares, y el contrato que tenía en su poder desde el fallecimiento de su padre; pero nunca pensó que llegaría tan pronto, ni a través de un hilo telefónico.
Había llegado la hora…
El mensaje de su padre
estaba claro…
Susana cuando colgó el
auricular se quedó petrificada por unos segundos, pero sabía que esa llamada
algún día llegaría.
Fue a la cómoda, saco
el contrato y allí en el silencio de la casa familiar leyó uno por uno los
puntos de cada cláusula.
Cogió su celular y
marco una tecla al otro lado, una voz neutral solo la citó para el día
siguiente...
Suzana, como sempre o
fizera, desejava aquilo de pronto resolver e apesar de ter postergado enquanto
vivo era, agora tinha pressa em sua vontade satisfazer...
A la mañana siguiente,
Susana llegó al lugar indicado diez minutos antes. Era un edificio antiguo, de
fachada gris y ventanas estrechas, que parecía llevar años esperando a alguien.
En la puerta no había ningún nombre, únicamente un número metálico: 17.
Llamó.
Un hombre vestido de
negro abrió sin pronunciar palabra y le hizo un gesto para que entrara. Susana
reconoció inmediatamente aquella mirada. La había visto en una fotografía que
su padre guardaba bajo llave.
—¿Quién es usted?
—preguntó, intentando disimular el temblor de su voz.
—Alguien que conoce el
contenido de ese contrato mejor que usted.
Susana apretó el bolso
contra el pecho.
—Mi padre dijo que
debía cumplirlo.
—Su padre no dijo toda
la verdad.
El hombre señaló una
habitación al fondo.
Sobre una mesa
descansaba una caja de madera, idéntica a la que Susana recordaba de su
infancia. Sintió un escalofrío.
—Ábrala.
Dentro había una
fotografía, una llave y una segunda copia del contrato. Pero aquella copia
tenía una cláusula que no aparecía en la suya.
Susana comenzó a leer.
Entonces palideció.
—Esto no puede ser...
El hombre sonrió con
tristeza.
—Sí puede. Su padre no
murió dejando una deuda.
Hizo una pausa.
—Dejó un heredero.
El hombre repitió-
-Dejó un heredero.
Silencio incómodo.
-No me mire así, soy
sólo quien se encarga de que se cumpla el contrato -argumentó- Sí. Es hijo de
otra mujer, de identidad secreta, por el momento. Pero los documentos son
válidos.
Un heredero mayor que
ella. Se abrían muchas preguntas, pero decidió olvidarse de todo, decidió que
todos se olvidaran, que nunca había ocurrido, el heredero no tenía que existir,
no solo en el contrato, literalmente no tenía que existir. La identidad de la
mujer era un problema, pero…
… no podía enterrar un
secreto así. Se subió al coche pensando en por qué su padre no le había contado
todo aquello en vida, qué motivos habría tenido para solo revelarlo una vez
muerto. Se hizo tantos cuestionamientos y todos sin una respuesta. La única
certeza era que recibiría esa llamada algún día.
Llegó a casa y se
preparó un café, sentada frente al amplio ventanal de su casa y casi con la
mirada perdida, sostenía el contrato en su mano y frente a ella la caja con la
llave y esa fotografía de aquel hombre que mientras más miraba le resultaba
familiar. ¿Dónde había visto ese rostro antes?...
